DÍA 37
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-Mario Mejía-
Día 37
Octubre 11 de 2022, martes.
Como empezó a hacerse habitual, mi reciente escolta fiel, el insomnio, me acompañó esa noche.
Poco antes de las 4am salí de la habitación del hostal y me senté en su mirador para ponerme al día con mis textos.
No había transcurrido media hora, cuando una pareja se aproximó a mí.
Cada vez era más recurrente que surgiera algún distractor o inconveniente cuando me ocupaba en escribir, situación que suscitaba un atraso cada vez mayor.
Buscaban una habitación, así que, siendo la única persona despierta en aquel momento de la madrugada, los ubiqué.
Una mujer de cuarenta y tantos años, aparentemente alicorada, ingresó rápidamente en la alcoba. El hombre se presentó como Gonzalo Rey, señalando que la recién dormida era su esposa. Me preguntó si podía sentarse conmigo en el mirador para platicar, y aunque mi finalidad era avanzar en los escritos, no quise responder con una negativa.
Se trataba de un señor que rondaba los cuarenta, quizá un poco más; de aire bonachón, piel morena, cabeza rapada, estatura promedio y una panza contundente.
Tenía en su mano una botella de whisky llena a la mitad, y mientras se servía tragos cortos en una copa plástica, me habló desprolijamente de su profesión de abogado, de su vida en la ciudad de Bucaramanga y de una cabaña que tenía en Capurganá, y que por esas fechas hacía las veces de un albergue para los ya mencionados migrantes, en un incipiente estadio de su carrera mortal a través de la selva del Darién.
Me ofreció algunos sorbos que, alentado por un amanecer de una belleza sorprendente a razón de sus copiosos tonos pastel, disfruté como nunca antes, tratándose de ese licor particularmente poco llamativo para mí.
Conversábamos y, súbitamente, empezamos a escuchar unos fuertes ronquidos. Miramos alrededor y pudimos ver, justo al lado de la caseta del bar de Fercho, a un hombre que dormía profundamente tendido en el suelo. Lo alumbramos con la linterna de mi teléfono y cuando su rostro se iluminó, Gonzalo gritó que era amigo suyo, agregando que la noche anterior estaban bebiendo licor, pero en un momento de la noche él y su esposa lo habían perdido de vista.
Tratamos de despertarlo, pero su sueño era pesado, así que, como pudimos, lo levantamos y lo llevamos hasta el cuarto del hostal que les había designado.
Charlé un rato más con Gonzalo, que, finalmente, bromeó diciendo que no olvidara incluirlo en el libro que tenía la intención de publicar.
Siendo las 6 pasadas de la mañana, se despidió y se fue a dormir al lado de su compañera.
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Ese día viajaría con mi amiga Tífany a Medellín, que retomaría al día siguiente su realidad citadina.
Por mi parte, decidí recoger mi bicicleta en casa de mi madre y llevármela para Capurganá, pues iba a resultarme muy útil cuando me instalara al pie de la selva, pudiendo desplazarme en ella al hostal de Fercho -ya fuese a tocar, o a saludarlo a él, a Mar y a los demás-, y al pueblo en general, pedaleando a través de trochas de tierra y piedra. Además, andar en bicicleta era una de las pocas actividades que realmente disfrutaba al final de mi estancia en Medellín -y que hasta ese momento, no podía llevar a cabo en Capurganá-, y a decir verdad, era lo único que empezaba a echar de menos.
Debía resolver, además, un asunto odontológico, y entre otras cosas, comprar una carpa, efecto imprescindible en la realización de mis planes inmediatos.
Abordamos la lancha que nos llevaría hasta Necoclí a las 12pm.
Sin novedades distintas a los siempre hermosos paisajes, llegamos a destino pasada la 1pm.
El autobús hacia Medellín saldría de la terminal a las 5:45pm, así que decidimos visitar a Ángela y Sofía Escobar, las hermanas Mariápolis, propietarias del hostal homónimo donde me alojé los primeros días de mi viaje.
Las saludamos y les costó un poco reconocerme al principio, pues más de un mes antes me conocieron con el pelo largo y una barba más prominente. Aquella tarde, en cambio, veían a un tipo de cabello recortado.
Lo mismo me sucedió con Sofía, que también se despojó de su cabello largo y ahora lo llevaba, inclusive, más corto que el mío.
Fue muy grato visitar de nuevo ese espacio donde todo empezó, percibiendo una intrínseca atmósfera de acogida y estimulación en una fase tan temprana de mi aventura incierta. Saludarlas una vez más fue también sobrecogedor.
Caminé a mi lugar favorito del hostal, su balcón con vista al Mar Caribe. De inmediato, llegaron a mi mente flashes de imágenes y sonidos que tuvieron lugar allí durante mi primera visita: el tañido de los tambores; la voz y el baile de las cantaoras; una tormenta azotando el mar, la costa y el mismo balcón; la elocuencia de Mechi batallando contra su disfonía; el cantar de Sofía que me acompañaba mientras interpretaba en mi guitarra canciones del uruguayo Jorge Drexler, tan querido por ambos; Coco y Cocada -los gatos de La Mariápolis-; mi primer saludo y entrada al océano y los ardientes arreboles que replicaban sus colores encendidos sobre las aguas, clausurando mi primera tarde en ese sitio mágico.
Pasamos allí poco más de dos horas, conversando con sus anfitrionas, escuchando buena música y tomando cerveza y guarapo en miras de mitigar la sed ocasionada por el calor sofocante de esa tarde.
Nos despedimos de las hermanas Escobar y mencioné la posibilidad de pasar allí una noche más, al emprender mi viaje de regreso al Chocó dentro de unos pocos días.
Tifany y yo tomamos un Tuk Tuk hasta la terminal, y muy puntualmente, quince minutos antes de las seis, partió nuestro bus con rumbo a la tierra que quería dejar atrás: Medellín.

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