LLAMA LA CONCIENCIA - monólogo

LLAMA LA CONCIENCIA
Mario Mejía

Personajes:

Anastasia (bióloga)






La escena representa el jardín de una clínica de reposo donde hay numerosos pasajes con una amplia variedad de flores, árboles, un lago naturalmente ornamentado con nenúfares, cuatro bancas de madera y una fuente.

Aparece en escena Anastasia, una mujer de cincuenta y tres años, vestida con la bata blanca característica de los pacientes del centro; corre tras una mariposa creada por su imaginación.

Posteriormente, extenuada a todas luces, se sienta en una de las bancas y entabla sin más una conversación con otra paciente, al igual que la mariposa, producto de su mente.


ANASTASIA:  —¡Ah!, Braulio, mi alba y mi ocaso. No se alcanza a imaginar usted, Berenice, las incidencias de este hombre en mi vida. Recuerdo el día en que lo conocí: yo, una joven entusiasta, ávida de conocimiento, de experiencia, sedienta de vivir; él, ya maduro, muy dueño de sí mismo, seguro, con un vasto dominio y una propiedad indiscutible en su materia: la misma que a mí me apasionó siempre.

Conducía una charla de biofísica. Si usted lo viera, cuánta elocuencia, cuánta vehemencia en sus discursos; sus palabras se presentaban ante mí como poesía, como coronas de flores y chocolates de formas caprichosas, seduciéndome y declarando que de ahí en más mi vida no iba a ser la misma.

A diferencia de los demás asistentes, me parecía comprender mucho de lo que decía, así que no perdí la oportunidad —cada vez que mi entendimiento lo permitió— de llamar su atención agregando algún comentario o idea, por más ínfima que pareciese.

Mi torpe intento de hacerme ver dio sus frutos y terminada la sesión me llamó, justo en el momento en el que yo guardaba en mi mochila el cuaderno de notas y demás utensilios de la manera más lenta pero poco evidente posible. Sentí palidecer cuando se acercó sonriendo, puso una mano pesada sobre mi hombro y ensalzó mi notorio interés por el curso.

La conversación fluyó caudalosamente y sin darnos cuenta transcurrieron unos treinta y cinco minutos. Seguíamos en el aula y el instante en que nos percatamos de que el tiempo se nos escurrió así fue un tanto intimidante para ambos. No obstante, yo, decidida e intrépida como siempre fui, le propuse ir a cenar esa misma noche.


Horas más tarde nos hallábamos en un modesto restaurante del pueblo. La austeridad del lugar era directamente proporcional a su calidez. Tres hombres mayores ambientaban la velada interpretando el son.

Comimos y bebimos generosamente. Conversamos acerca de diversos temas que adquirieron matices más despreocupados a medida que apurábamos copas y copas de un vino tinto de mediana monta.

A eso de las 11pm todo empezó a darme vueltas a una velocidad que mi juicio reprobaba, así que me puse de pie para marcharme al hotel. Ambos somos de Bogotá. El seminario tuvo lugar en Choachí, a escasos 45 kilómetros de la capital, pero él, adoptando una actitud caballerosa a todos los efectos, dejó claro que no era buena idea el irme sola, se puso al día con la cuenta y me acompañó hasta el hospedaje.

Camino al hotel, anduvimos inhabitadas calles revestidas por una gélida y densa niebla, hicimos un fugaz y alicorado recuento del curso y platicamos sobre la rapidez con que pasó el tiempo durante la cena, al igual que esa tarde, cuando hablamos por vez primera después de la sesión.

Llegamos a destino. Una mirada fervorosa nos encontró y un agudo magnetismo fue el autor de un primer beso, espontáneo, apasionado e ineludible, como ineludible me resultó invitarlo a subir a mi habitación.

Nos disfrutamos tanto que la noche no bastó y el último clímax fue aclarado por los primeros rayos plateados de un tímido sol que se abrió paso a través de las minúsculas rendijas de las cortinas.

Después vinieron dieciséis años de conocernos, de intercambio personal, afectivo, pasional e intelectual, de amistad y complicidad incondicional, de noches de baños lunares y estelares, de un amor filoso y una felicidad sustancialmente auténtica: imperfectamente perfecta.


( Las palabras de Anastasia dejaron de fluir a causa de los penosos lamentos de un paciente que se altera notablemente cada vez que ve al sol hundirse en el horizonte.

Giró en busca del personaje, y al no ubicarlo, dirigió de nuevo su mirada al otro lado de la banca, y prosiguió )


Fue para mí, por mucho, la época más intensa y feliz, hasta un domingo de febrero en que, sentados a la mesa, me dijo que se marchaba de casa dado que hacía siete meses tenía historia con Eloísa, quien fuera mi mejor amiga. Se enamoraron y decidieron hacer vida juntos.

Sí, mi señora Berenice, como dice la canción: “nadie detiene al amor en un lugar”, y, claramente, fue mi caso, pues por más entregada, afectuosa y leal que fui con Braulio, no logré conservar su amor y su atención, y mire adonde fueron a parar.

La noticia me atravesó como una daga, nubló mi juicio y me quitó el aliento —en ese momento y por los diez meses siguientes—.

Como lo oye, Berenice, por más que él insistió en que hablara, que lo insultara o golpeara si así lo deseaba —como si hacerme explotar en su contra pudiese expiar de alguna extraña manera su desamor y su abandono—, no modulé palabra tras su revelación.

Me ausenté del laboratorio y me enclaustré en casa. No hablé con nadie, no salí, me refugié en los libros y me entregué a interminables litigios mentales en torno a innumerables temas, en especial dos que claramente me competían y agitaban: la amistad y el amor, porque claro, fue para mí una doble pérdida, la de mi gran amor y la de mi amiga entrañable.

Con respecto a lo primero, la concepción que tenía de grandes amigos se esclareció con el transcurrir del tiempo, y en una estación de mi adultez, entre ires y venires, conferí decididamente mayor valor a la calidad que a la cantidad, reduciéndose así mi nómina de amistades cada vez a un número menor de personas, pero estableciendo vínculos más cálidos y genuinos.

Tras todo esto quedó Eloísa, la que siempre estuvo, la que nunca falló, la que tanto aprendió de mí, la que mucho me enseñó, la que dejó una huella imborrable, para bien y para mal.

Como le digo, mi señora, fueron diez meses de acerbo quebranto e introspección, de abandonarme y abandonar todo, de todo un poco, excepto de catarsis y desahogo, sino, por el contrario, de una ponzoñosa intoxicación psicológica y emocional.

Una noche no aguanté más, necesitaba oxigenarme, recorrer las calles, interactuar con otras personas; necesitaba que algo pasara, lo que fuera, pues el encierro, la monotonía y una legión de pensamientos cada vez más execrables comenzaron a aniquilar mi estima y mis exiguas pretensiones de salir del fango en el que me hallaba, y que en ese momento llegó justo a ras de mi cuello.

Salí a la calle y caminé sin rumbo fijo. Me sentí foránea en mi ciudad, aturdida por esa realidad con la cual perdí todo posible nexo.

—Necesito un trago —pensé, y me metí en el primer bar que encontré. Era un lugar a media luz, medianamente concurrido. Una vieja canción, Crawling the King Snake, de los Doors, reptó hasta mis oídos y fue la primera sensación de bienestar que experimenté desde el día en que Braulio hizo su confesión. Como movida por un impulso eléctrico avancé hasta una mesa ubicada en una de las esquinas, menos iluminada aun.

Una hora y media después había bebido una cantidad considerable de vodka, y su efecto, sumado a la música encantadora que ondulaba en el recinto, pareció sustraerme de mi amargura.

Caminé al cuarto de baño, y ya de regreso, se presentó ante mí un ruinoso cuadro. Sentí cómo un torrente glacial atravesó mi espina dorsal. ¡No podía ser lo que me pareció ver!

Regresé lo más rápido que me fue posible a mi refugio, a mi oscuro rincón, y me senté para aclarar mi mente y mi vista que, dicho sea de paso, estaba nublada notablemente por el licor. Recorrí el lugar con la mirada, ubiqué la mesa con exactitud: ¡allí estaban!, no cabía duda, eran Braulio y Eloísa. Platicaban, y mientras lo hacían, se miraban como lo hacen los enamorados, en sus ojos habitaba ese brillo característico mediante el cual resulta fácil discernirlo.

Quise dirigirme a él y hablarle, pues al fin y al cabo me instó insistentemente a hacerlo el día en que me contó todo, pero algo me detuvo. Me temblaban las piernas, no sé si hubiera podido mantenerme en pie. Permanecí sentada y bebí más, mientras observaba cada uno de sus movimientos y gestos. Veía cómo la besaba y pensaba que así lo hacía conmigo, y sentí rabia, dolor, frustración. Sentí odio por los dos.

Me puse de pie, y aunque todo me daba vueltas, caminé hacia donde estaban sentados. Entretanto, bebía de mi botella y sentía parte de su contenido corriendo por mi mentón y cuello. Me paré en frente de ellos y me miraron, atónitos. Luego, sin decir nada, me senté a su mesa. Braulio me sujetó fuerte por el antebrazo diciendo que no tenía nada que estar haciendo ahí. Lo dejó tan claro o más que la primera noche que pasamos juntos, cuando no me permitió marcharme sola del restaurante. Me sacudí con cierta violencia buscando zafarme, levanté la voz diciendo que no me iba a ir y que había cosas que los tres debíamos discutir.

Exaltado, me apretó aún más, se puso de pie y me llevó fuera del bar. En el exterior me confrontó al fin, me dijo que los dejara en paz, y que de paso buscara la mía, que lo pasado era pasado y ahí debía quedar.

Presa de una mezcla de intenso dolor e ira, me abalancé sobre él, lo llené de injurias, le grité que no merecía lo que me hizo y lo abofeteé en repetidas ocasiones. Trató de sujetarme, pero la adrenalina me invadía y me otorgó la fuerza precisa para liberarme. Continué agrediéndolo, le golpeaba la cara y clavaba mis uñas en ella.

Noté cómo le contagié gran parte de mi ira, lo veía en su semblante, en sus ojos alienados. Por fin logró asirme por el cuello y ejerció una fuerza tal que sentí que me faltaba el aire, que la sangre cesaba de fluir a mi cerebro. Veía su expresión montada en cólera; me estrangulaba. Su imagen se distorsionó sucesivamente y perdí el conocimiento.


( Anastasia dejó de hablar, condujo una mirada perdida hacia el lago y unos segundos después miró nuevamente al lado de la banca. Continuó )


Abrí los ojos. Me ardían, estaban resecos, mi cabeza a punto de estallar. Miré a mi alrededor: estaba en mi casa. No recuerdo cómo llegué ahí. Tampoco sabía cuánto tiempo había pasado. Traté de repasar mentalmente los hechos: el bar, la música, ingerí bastante licor, los vi a ellos dos, me senté a su mesa... Braulio me sacó a regañadientes del lugar, discutimos de manera acalorada, lo agredí físicamente, forcejeamos y por alguna razón me desmayé...

Discúlpeme, Berenice, pero hasta la fecha no sé con exactitud qué pasó después, ni cómo llegué a casa.


( Se detiene una vez más. Se lleva las manos al rostro, se torna ansiosa )


... Él me sujetaba por el cuello, lo hacía con fuerza, me asfixió, me robó el aliento, y, mareada, me desplomé...

Después hubo ruido, caos, escuché gritos.., corría, huía de algo...


Sigo tendida en mi cama. Llaman a mi puerta. Yo estaba a punto de recordar.

Tocan insistentemente, debo atender. Me siento, debo ponerme de pie, abrir la puerta. ¡Estoy cubierta de sangre! Golpean la puerta con violencia, la abren por la fuerza. Hay dos hombres, son agentes de la policía, me acusan del asesinato de Braulio: impacté en su cabeza con la botella de vodka. Me sostienen con firmeza.


—¡Está arrestada! —profieren, pero me resisto, no entiendo qué pasó, ni cómo.


Trato de liberarme, en vano. Sus trajes son verdes. Me están sometiendo abruptamente. Sus trajes son verdes, blancos, verdes... Sus trajes son blancos.


( Dos enfermeros la toman por la fuerza, está notablemente alterada y agresiva. Uno de ellos le inyecta un tranquilizante.

Un par de minutos después, desmadejada, la retiran del jardín. Cae el telón )


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