DÍA 41

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-Mario Mejía-


Día 41

Octubre 15 de 2022, sábado.



Me reencontré con mi tío Jorge, a quien visité en su casa un par de meses antes en el municipio de Tocancipá, en Cundinamarca, luego de la partida de Natalia y las niñas hacia New York.

Tenía unos cincuenta años, baja estatura, ojos claros, cabello corto y buen sentido del humor.

Cristian, el hijo mayor del tío, mi primo, radicado hacía unos años en Melbourne, la capital costera del estado de Victoria en el sureste de Australia, estaba tan lejos de su padre que corría quince o dieciséis horas delante.

Yuliana, su hija menor, adelantaba estudios en química en Akron, una ciudad situada en el condado de Summit, en el estado de Ohio.

Adriana, quien fue su esposa durante treinta y cinco años, también corrió lejos.

A ambos les hablé muchísimo del otro mientras estuve en Cundinamarca, así que propicié entre ellos un corto pero afable saludo virtual en el que mi amiga, mediante una nota de voz, le prometió visitarlo en Tocancipá cuando realizara un próximo viaje a la casa de su papá en Tenjo.


Caminé con él hasta el centro. Él visitaría a un viejo amigo. Yo necesitaba tramitar el tema odontológico.

Esa misma mañana tuvo lugar la primera intervención de lo que llamé mi "reconstrucción dental".

El especialista me indicó que tomaría aproximadamente una semana concluir el tratamiento, noticia que no me hizo mucha gracia, dado que quería regresar pronto a Capurganá. No obstante, materializar ese asunto me reportaba mucho bienestar, ya que quería mirar a la muerte directa y gravemente a los ojos y enseñarle los dientes.

Del consultorio salí a comprar mi primera casa -una carpa- y unas aletas de bodyboard que Fercho me encargó.

En mi cabeza rondaban algunas nociones budistas que insistían en orbitar alrededor de mis charlas con Natalia: "no hay nada que sea permanente" / "creer que las cosas lo son, desemboca en apego y sufrimiento" / "todo en la vida es efímero".

A propósito de lo transitorio, movido por cierta incertidumbre, le hice a Natalia una petición muy especial, a saber, que si era necesario, recopilara en un archivo de Word los textos que día a día estaba escribiendo, posteando y socializando a través de algunas redes sociales, a lo que accedió de inmediato, añadiendo que mis palabras la habían sensibilizado bastante.


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En la noche me reuní con Felipe, Esteban y Johan, primos.

Felipe era alto, blanco, cabello corto, muy serio y contaba veintiocho años.

Esteban, su hermano mayor, tenía quizá un año más que él. Era moreno, un poco más bajo, actitud a veces reservada, otras no tanto.

Johan, por su parte, era unos meses mayor que Esteban, y era el más alto del grupo, musculoso y sonrisa jovial. Llevaba barba.

Los cuatro nos pusimos un poco al tanto de la vida.


Más tarde, mi cabeza explotó / la vida no alcanzaba / enloquecí / estallé / grité / me decía que la pequeña porción geográfica en la que crecí limitó mi visión y me privó de la Inmensidad / había sido una jaula / mi familia había sido una jaula / los vecinos habían sido una jaula / yo era mi propia jaula / si decidí escribir lo que vivía; reportar la información que personas interesantes me transmitían en el camino, documentar los nuevos lugares que conocía y describir su encanto, moriría, indefectiblemente, en el intento, porque el tiempo era implacable, el reloj despiadado y el calendario opresor / decidí ser menos prolijo y abarcar más. Abarcarlo con la fuerza exacta para no apretar poco / un molesto dolor de espalda me seguía sin falta, de la mano de mi insomnio, desde hacía más de un mes / pensé que estaba cargando con mucho / grité como nunca antes / gritar actuó como analgésico / fue mi catarsis / fue mi terapia / hijos míos, estaba ahí para enseñarles, y para que -le rogaba a la Divina Providencia- me enseñaran lo que más pudieran / pero la vida no alcanzaba, y aún así invertían tanto tiempo en cocinar / la carne se comía cruda / yo era un animal / lo gritaba / todos eran animales / “¡MIS DIENTES SON MÁS FUERTES QUE LA CARNE!”, gritó Rebecca, mientras comía un trozo / eran más que palabras graciosas / era más que eso / tenía contenido / era una máxima / era una filósofa de tres años de edad / al pisar suelo paisa, sentí la misma pasión que me producía cocinar / les asustaba lo que estaba escribiendo, temiendo quizá que, finalmente, me declarara perdedor / soñé que era salvaje / soñé que era un animal / era un animal / me los podía comer a todos, si quería / era un animal y al fin entendí porqué me los iba a comer a todos / no era gratuito que meses antes gritara en la calle / no era gratuito que gritara en las Torres de Bomboná: ¡me los voy a comer a todos! / nadie lo entendía / yo no lo entendía / Natalia era mi polo a tierra / me aparté por un momento / me aparté de todos y de todo. Por mi bien. Por su bien / estaba fuera de mí / estaba muy dentro de mí / no podía dormir / ¿dormir o vivir?, era un dilema / era una noche de sábado / faltaban pocos minutos para las cero horas / yo estaba muriendo / ¿domingo de resurrección? / poco a poco me perdía más y más / perdía registro de mi ubicación / despertaba en las madrugadas sin saber dónde me hallaba; sin saber si estaba en una cama, en un deck, acostado sobre el césped, o flotando en el océano / perdía coordenadas / me perdía a mí mismo / perdía todo / perdí mis lentes / pero mi visión era veinte veinte / podría mirar a la muerte a los ojos / estaría una semana más en Medellín / ese lapso duraba el tratamiento odontológico / quería enseñarle los dientes a la muerte / ya no necesitaba lentes / era poco lo que había por ver. Era insultante / lo reconozco, era muy “Björkiano” / ¡SOY UN ANIMAL! / grité hasta que mi voz se agotó / disfonía / me urgía tomar agua / sentí mucha sed / extrañaba el mar / bebí un vaso con agua / bebí dos vasos con agua / bebí varios vasos con agua / nunca me gustó el agua / pero al fin lo entendí / necesitaba el agua para recuperar mi voz / necesitaba el agua para poder hablar / sonreí para mí mismo / recordé algo que me dijo esa noche Felipe, mi primo: “eso que estás escribiendo es una genialidad” / me sentí orgulloso / agradecí su halago / por supuesto, existían aliados y detractores, y era lo más natural. De lo contrario, la vida sería aún más tediosa / yo estaba bien / Felipe leía un libro / era del alemán Charles Bukowski / nunca había leído a Bukowski / leí, por primera vez, algunas de sus páginas / no me mató / captó un pedacito de mi atención / pensé -basándome en lo que recién leí- que le faltaba profundidad / se acercaban las 2:30am / mis párpados empezaron a pesar / funciones teatrales con nombres de mujeres / al fin hubo un silencio absoluto / empecé a escuchar el minutero de un reloj en el cuarto / el transcurrir del tiempo y la somnolencia me alejaban de absorberlo todo /

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