DÍA 145

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-Mario Mejía-


Día 145

Enero 27 de 2023, viernes.



Habían pasado algunas semanas desde la última vez que amanecí en la tienda. Se sintió bien dormir arrullado una vez más por el bramido incesante del agua, y a una temperatura agradable derivada de la brisa siempre presente en esa zona.

Me ubiqué en el chiringuito y bebí café negro que Gloria me brindó. Mientras charlábamos, comprobé la conexión, pues todo lo que había escrito los últimos días permanecía confinado en el disco duro de mi ordenador. 

Como había señalado de forma reiterativa, uno de mis imperativos era que la palabra escrita cobra vida al ser leída, y la inercia de aquellos textos, su permanencia en una prisión magnética y la imposibilidad de divulgarlos como ya era en mí un hábito arraigado, me hacía concebirlos como palabras errantes que, buscando y necesitando un destino sin conseguir hallarlo, no conseguían tampoco hallar la paz.

En todo caso, continuarían vagando errantes, pues la red seguía dañada.

El oleaje era tan violento que el agua se volatilizaba, formando densas nubes blancas de una brisa muy fina que se propagaba por doquier.

Impedido por la ausencia de conexión, tomé rumbo al pueblo para preparar algo de desayuno. 

A mitad de camino, en Plan Parejo, decidí pasar a la finca de Pipe con el fin de averiguar si había tenido la facilidad de corregir el daño de mi bicicleta. Mientras tomamos una bebida fría y charlamos, ultimó algunos detalles como un ajuste en el tensor y lubricación de guayas, y aproximadamente en media hora mi medio de transporte estuvo listo.

Ya sobre dos ruedas llegué en breve hasta la casa de mi amiga, donde desafiando todo pronóstico cociné un poco de lentejas y arroz bastante decentes que compartí con Doralicia.


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Adelantaba labores en La Bohemia. Mientras escuchaba una canción que por el alto volumen llegaba desde lo lejos, de un misógino género musical que, tristemente, se había difundido por el mundo tanto o más que la pandemia del año 2020, recordé unas palabras del pianista y compositor estadounidense Herbie Hancock que había leído por esos días. Cuando un periodista le preguntó por qué el jazz ya no era parte de la escena pop, Hancock añadió: 


—Porque la música ya no importa. La gente ya no se preocupa por la música misma, sino por quién hace la música. El público está más interesado en las celebridades y en cómo cierto artista es más famoso que la música. Cambió la forma en que el público se relaciona con la música, ya no tiene una conexión trascendental con la música y su calidad, solo quiere el glamour.

El jazz no quiere ser parte de ello ¿Sabes por qué?, no se trata de humildad, o arrogancia, ni de una postura de corte «no queremos ser famosos, somos underground», nada de eso. El jazz es sobre el alma humana, no sobre la apariencia. El jazz tiene valores, enseña a vivir el momento, a trabajar juntos, y sobretodo, a respetar el siguiente. Cuando los músicos se reúnen para tocar juntos, hay que respetar y entender lo que hace el otro. El jazz en particular es un idioma internacional que representa la libertad, por sus raíces en la esclavitud. El jazz hace que la gente se sienta bien consigo misma.


Me pregunté cómo iba a ser posible establecer un nexo trascendental con aberraciones “musicales” como la que llegaba hasta mí aquella tarde, y que inundaban los medios como una peste altamente contagiosa que proliferaba exponencialmente cobrando millones y millones de adeptos. 


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Era una noche de pocas estrellas. Mientras hacía un recorrido por el pueblo en mi bicicleta, puntualmente, en Hector´s House, me topé con Kelly, su primo Cristian y Paula Correa. Nos saludamos brevemente y proseguí. Pocos metros más adelante, cuando pasaba enfrente del Flamingo -el gran quiosco contiguo al acuario ya referenciado-, escuché —¡ey, Mario! Se trataba de Diego Restrepo. Nos pusimos al tanto de algunos asuntos y me contó cómo una presentación musical que efectuaría esa noche en The Rooftop -el bar de uno de los Palacio, ubicado privilegiadamente coronando el gran mural que se extendía a lo largo y ancho del prominente edificio anteriormente descrito-, se canceló en virtud de una rencilla que allí se había presentado minutos antes.

Me pidió que lo acompañara al lugar para gestionar un pendiente. Salvamos la escasa cuadra que nos separaba de la edificación, y después de dejar mi bicicleta en la entrada y cruzar los dedos para que no cayera en las garras de “Osquitar” -a quien no había tenido el gusto de conocer, pero del que mucho había oído hablar por tratarse del “bobo del pueblo”, que solía tomar cuanta bicicleta hallaba en su camino, dar vueltas en ellas y abandonarlas en los resquicios menos pensados-, ascendimos a la terraza cubierta. Me encontré allí con Doralicia y Fanny, que tomaban algo en una de las barras laterales, y de nuevo con Kelly y compañía, con quienes, finalmente, en vista de que aquel lugar cerraría sus puertas, pasé cerca de una hora platicando en Las Anguilas, un espacio fresco y espacioso situado a algunos metros del popular Macondo.

Cuando una fatiga generalizada acudió a nuestra mesa, nos despedimos. Mis tres compañeros de tertulia marcharon a la cabaña de Paula, donde pasarían la noche, y partí a La Bohemia.

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