DÍA 42

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-Mario Mejía-


Día 42

Octubre 16 de 2022, domingo.



Me quedé dormido a eso de las 3am. Abrí los ojos tres horas después. Sentía un taco en el pecho. La vorágine de la noche anterior terminó en llanto. Esa mañana, de forma natural, tuvo continuidad, al parecer, porque horas antes estaba demasiado cansado para llorar. Estaba cansado de pensar y de fingir.

El llanto cesó y las lágrimas parecieron limpiarme un poco por dentro.

Un rato después tomé café negro con Felipe, e hicimos una fugaz recapitulación de la noche anterior.

Poco antes del mediodía, previo acuerdo, emprendimos ruta hacia Girardota, un municipio antioqueño al norte del Valle Aburrá. 

Allí, en una vereda de nombre Manga Arriba, una hermana de mi madre, Cecilia, tenía una casa de campo muy agradable en la que el tío Jorge, hermano de ambas; la dueña de la propiedad y otras dos o tres personas habían pasado la noche.

Por mi parte, viajé con mi mamá; Mauricio, hijo de Cecilia; Carolina, mi hermana, y Margarita, también una tía materna.

Era domingo, y seguramente porque al día siguiente era feriado, había mucho tráfico, por lo que tardamos más de dos horas y media en llegar.

Miraba un video de mi amigo Juan Esteban Ramírez en mi móvil. Interpretaba "¿Hasta cuándo?", una de las composiciones musicales que iba a ser parte de su primer álbum discográfico. 

Con su guitarra siete cuerdas en mano, cantaba:


"¿Hasta cuándo? Pasan las sirenas, se oyen los tiros, salen las madres llorando.

Se lava la sangre con los cepillos de la impunidad sagrada.

Bendecido el ciego que está dispuesto a usar sus manos pa’ matar.

Señalamiento para el que piensa que es posible hacer la paz.

Y ¿hasta cuándo vamos a aguantar? 

Y los medios dicen: 'fueron los vándalos, los guerrilleros, los venezolanos', pero son los paras, la policía, es el ejército, la fiscalía, la marioneta y el genocida, nuestra ignorancia, la hipocresía.

Son los banqueros que hacen mendigos, que roban tierras de los campesinos; son los de ahora, son los de antes, son los que vienen, repugnantes.

Pongo leña al fuego y llamo a mi pueblo, llamo a mis ancestros, ¡necesitamos su canto, necesitamos su canto!

Y ¿hasta cuándo vamos a aguantar?".


Se lo enseñé a mi hermana, preguntándole si recordaba a Juan. Sí se acordaba de él, y al señalar porqué lo hacía, me puso al tanto, de paso, de que yo había perdido registro de aquel motivo de recordación.

Ella siempre quiso tatuarse la melodía de una canción en particular. Se trataba de un pedacito de "Nuevo", de Fito Páez: 


"No creo en casi nada que no salga del corazón", decía una de sus frases.


Fue justamente Juanes quien escribió dicha melodía en un pentagrama, para que, posteriormente, un artista de la tinta calcara el esquema y lo plasmara en su piel para siempre, a manera de pulsera, en una de sus muñecas.

Mi hermana contaba treinta y cuatro años, estatura promedio, robusta, cabello largo castaño oscuro y carácter complejo.

Realizó estudios de pre y postgrado en Contaduría, y después de trabajar durante varios años para algunas compañías, decidió crear -en sociedad con dos o tres colegas- su propia firma de audiencias contables, asesorías, etc.

Llegamos a destino. Además de los ya mencionados, estaba Clara, hermana de los demás; su esposo Elkin; mi primo Johan, hijo de estos dos; y Beatriz, madre de Esteban y Felipe, con quienes pasé unas horas la noche anterior. Unos hacían alguna preparación en la cocina; alguien llevaba a cabo -o al menos eso pretendía- una reparación eléctrica, y los demás, simplemente, disfrutaban de aquel espacio apacible y de la generosa vista que ofrecía

Se erigía allí una casa de una planta, muy espaciosa, que constaba de numerosas y amplias estancias dotadas de camarotes y muebles, como de magníficos corredores frontales y laterales que invitaban a la lúdica y la tertulia. El frente de la construcción consistía en un patio extenso cuyos bordes se enmarcaban por barandas de loza blanca frente a las cuales se desplegaba una panorámica adorable que cobijaba veredas, árboles, fincas y, en sí, una vasta sección de aquel territorio del norte de Antioquia.

En uno de los corredores frontales, vi a mi primo Mauricio. Contaba veintiocho años, robusto, moreno, pelo negro muy corto y maneras selectivamente reservadas o no.

Estaba sentado, entregado placenteramente a la lectura de un voluminoso libro. Presa de la curiosidad, me acerqué para averiguar qué leía, y comprobé que se trataba de un ejemplar que yo le había prestado poco menos de un año antes. Disfrutaba de un texto llamado “Un Mundo sin Fin”, la segunda parte de una magnificente trilogía del escritor británico de novelas históricas Ken Follett.

Dos años antes llegó a mis manos la obra que daba inicio a dicha trilogía, a saber, “Los Pilares de la Tierra”, que -como solía describirlo- partió en dos mi vida como lector. 

Tal vez factores como mi edad, el bagaje literario hasta ese momento, una construcción revestida por la lectura de muchos otros títulos, autores y estilos desde la adolescencia, una nítida y muy personal proclividad al máximo detalle, entre otros, tenían mucho que ver con mi percepción: en aquel libro hallé una inequívoca genialidad, tanto en términos de forma como de contenido. La narrativa era brillante y seductora; el ritmo, deliciosamente atrapante; la información histórica, cultural, antropológica que el autor ofrecía en su obra era precisa, contundente y detallada. 

La trilogía en boga se componía de:

Primera parte. “Los Pilares de la Tierra”, recreada en La Edad Media, puntualmente en el siglo XII, en el marco de una fase de guerra civil conocido como Anarquía Inglesa, entre el hundimiento del White Ship real y el homicidio del arzobispo Thomas Becket.

Segunda parte. “Un Mundo sin Fin”, ambientada 200 años después de la primera, y cuyo hilo conductor fue notablemente influenciado por la llegada de La Peste Negra al continente europeo.

Tercera Parte. “Una Columna de Fuego”, enmarcada en la Guerra de Religiones que tuvo lugar a mediados de los 1500, como en la sanguinaria incidencia de la Santa Inquisición Medieval en miras del cumplimento de su objetivo sustancial: aniquilar la herejía.  

Me encontraba ante un escritor de los grandes, y fue algo que confirmé tras leer los tres excelsos volúmenes que sustentaban su primera trilogía. 

Su estilo estaba cargado de exquisito contenido y de una profundidad que, personalmente, cada vez me costaba más hallar en escritores “modernos”, y que, por tanto, valoraba especialmente.   


Pasé el resto de la tarde escribiendo, apoyado por la computadora portátil de mi hermana, que oportunamente puso sobre la mesa tal propuesta, apuntando con cabal acierto que digitar todo aquello que trataba de adelantar en mi teléfono móvil debía ser, por mucho, un suplicio.

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