DÍA 40
365
-Mario Mejía-
Día 40
Octubre 14 de 2022, viernes.
Ese viernes fue el primer día en casa de mi madre. Seguía pendiente la asignación de una cita para practicarme un tratamiento odontológico. Resuelto ese tema, viajaría nuevamente al Chocó.
Un escrito que socialicé el día anterior suscitó cierta polémica, derivándose un sano debate con algunas personas que estuvieron y no de acuerdo.
Hablé del asunto con mi siempre presente amiga Natalia; con el gran Juan Esteban Ramírez -anteriormente señalé que estaba radicado en Brasil-; con John, otro gran amigo que había conocido años atrás, tomando algunas clases de música, y que vivía hacía unos años en Montelíbano, un municipio situado al sur del departamento de Córdoba, en Colombia; al igual que con otras dos o tres personas de menor relevancia.
En términos generales, se dejó por sentado que lo que yo y cada quien hiciera con su vida, era válido, y un asunto de cada uno. Que si yo había decidido dar inicio a una vida aislada, de coloquial ascetismo, paulatinamente exenta del confort, de la dependencia material, ajena a la multitud y al ritmo lacerante de la ciudad y sus esquemas, en una búsqueda espiritual y muy personal, obedecía a mi modelo de pensamiento, como a un contexto que propiciaba la pesquisa de ese objetivo, considerando que no tenía hijos, una esposa, ni nada que me atara a mi antiguo estilo de vida.
Estuvimos de acuerdo en que toda autoconfrontación que pudiera tener lugar, ya fuera en el marco de un viaje, de un retiro orientado a la soledad, a la reflexión y a una dinámica contemplativa, o bajo el modelo que pudiera fijarse, muy probablemente, nos iba a mostrar aspectos de nosotros mismos que antes no habíamos identificado ni considerado siquiera, exhortándonos al replanteamiento de modelos que, consciente o inconscientemente, parecían estar tallados en piedra, inamovibles.
Me di cuenta que echaba mucho de menos a Natalia, Sarah y Rebecca, recreando el tiempo -tal vez corto, pero muy intenso- que compartimos en Santa Elena y Bogotá -puntualmente, en el municipio deTenjo-.
Me conmovió enormemente algo que Natalia me contó, y que respaldó enviándome una foto: refirió que recién habían hecho una llamada con su papá -radicado, como expresé en fechas anteriores, en Tenjo-, y que, al momento de despedirse de él, Rebecca cayó presa de la tristeza, llorando copiosamente y exclamando un desgarrador -y la citaré textualmente- "¡yo quiero a abuelito!".
Se trataba de una foto de la pequeñita de tres años en la que, claramente, noté que había llorado. En su mirada. En ese ojito que su hombro no alcanzó a eclipsar, pude reconocer una tristeza pura y sincera que, honestamente, me movió muchas fibras.
Era un hecho que, a pesar de la distancia, sentía algo diáfano, auténtico y muy especial por ella, por su hermana mayor, y por su mamá.
Tras haberlo hablado previa y reiterativamente con la madre de las niñas, encontraba alentador saber que a la vuelta de unos meses ese hondo extrañar sería tenuemente mitigado.
--- --- --- --- ---
Tífany me propuso ir esa noche al Museo de Arte Moderno -MAMM-, ubicado en una zona conocida como Ciudad del Río, situada en la Comuna catorce de Medellín, en el sector Barrio Colombia.
Iríamos a ver "Moonage Daydream", un documental de 2022 inspirado en el músico, escritor, escultor, pintor, actor y bailarín británico David Bowie, que fue escrito, dirigido y producido por Brett Morgen, un escritor, productor, editor y director estadounidense.
La impresión que me causó el reportaje fue tan inabarcable como el contenido del mismo.
Recuerdo algunos apartes.
Cuando en una entrevista le preguntaron a Bowie si creía en Dios, aportó una respuesta que me hizo pensar en el vago concepto que yo podía recordar del "Dios de Plutarco".
Al escuchar sus palabras, su interlocutor formuló una nueva pregunta: "¿usted le rinde pleitesía a algo?", a lo que David repuso: "a la vida".
Los que medianamente conocíamos a Bowie, algo sabíamos sobre su cronológica y camaleónica evolución, física, mental y artísticamente hablando.
Encontré interesante su apunte respecto de una de sus etapas, a saber, aquella fuertemente caracterizada por su parafernalia cosmética, agregando que era una suerte de estratégico intento de evocar -hablaba de sus adeptos- la multiplicidad, en miras de que personas homosexuales, transexuales, heterosexuales, bisexuales, etc., se autopercibieran como una minúscula parte de él.
Me encantó su locura estructurada, su inefable disciplina, sus conceptos visionarios.
Era deliciosamente incisivo al señalar una y otra vez su inmenso interés por la escritura, y por hallar nuevos modelos de hacerlo que le permitieran ir más allá en esa materia.
Me sentía muy identificado, en torno a eso, y con aseveraciones del tipo -y parafraseo a Bowie-: "[...] a veces me cuesta socializar, tener contacto con las personas..." / " [...] me gusta aislarme..." / [...] el aislamiento crea un micromundo de uno mismo. Habitándolo, propiciamos el autoconocimiento, encontramos respuestas, hallamos preguntas nuevas..." / "[...] odio las grandes ciudades..." / " [...] odio la ciudad de Los Ángeles, pero como para escribir algo trascendente, es preciso estar incómodo, me fui a Los Ángeles por un tiempo. Allí me sentí incómodo y escribí" / " [...] Un día coqueteo con el budismo. Dos días después me sorprendo leyendo a Nietzsche" / "[...] Todo es transitorio, efímero" -me pareció muy budista eso, y a propósito desarrollaba el tema -hasta donde mi corto entendimiento me lo permitía- en interminables conversaciones al respecto, con Natalia- / "[...] No puedo permitirme permanecer inerte, siempre tengo que estar en movimiento" -en este punto pensé en Jorge Drexler y su preciosa canción "Movimiento"- /
Se hizo una breve pero no menos importante mención de Terry, un medio hermano de nuestro protagonista. Bowie declaró que Terry lo educó en materia literaria, musical, filosófica, artística.
Este exhibió antelados atisbos de esquizofrenia que se agudizaron con el paso del tiempo. Terminó internado en un centro psiquiátrico.
Una sentencia de Bowie me hizo evocar un pedacito de una canción de Björk de la que hice una reseña importante anteriormente, "Wanderlust".
Bowie dijo algo como: "[...] En ocasiones infiero que tengo tantas capas, que me olvido de lo que hay en el interior".
Por su parte, la canción de mi amada islandesa decía: "[...] peel off the layers until we get to the core: pelar las capas hasta que lleguemos al núcleo".
Siempre me dije que Björk y David Bowie venían de un mismo planeta, uno habitado por una raza superior, y que no todos, y solo a veces, éramos dignos de ellos.
Me parece que al punto del cierre, el Artista -con mayúscula- apostilló algo del tipo: "desde mis dieciséis supe que un propósito sustancial en mi vida era aventurarme hacia una minuciosa exploración de parajes desconocidos e inhóspitos".
Me sentí inmensamente agradecido con Tífany por semejante invitación.

Comentarios
Publicar un comentario