DÍA 23

365

-Mario Mejía-


Día 23

Septiembre 27 de 2022, martes.



Isabel, Ondina y yo atravesamos la pista de aterrizaje y tomamos la trocha que conduce al "Cielo", una reserva de la que escuchamos comentarios positivos, y que decidimos visitar.

No obstante, se acercaban las 3pm, y en vista de que en pocas horas iba a tocar en la pizzería; de que el solo tramo de ida a la reserva era de casi una hora, y del considerable atraso que tenía en los escritos que estaba adelantando -y que cada vez cobraban mayor importancia para mí-, me despedí de ellas en un punto aleatorio del sendero y decidí sentarme bajo la sombra de un árbol para procurar avanzar con respecto al tercer punto.

Tal vez una hora más tarde, presencié una escena que me cuestionó sobremanera: se trataba de un grupo de migrantes de varias nacionalidades que ascendía por el camino de tierra. Aquel cuadro me hizo recordar una experiencia similar, vivida en febrero del año 2021, mientras caminaba con un grupo de compañeros desde Sapzurro hasta Bahía Aguacate.

Sabía que no era algo nuevo, pero, sin duda, presenciar una minúscula porción de esa cruda realidad, aún en una etapa incipiente de la titánica travesía que llevaban a cabo, me tocó de forma más directa.

Miles de personas abandonaban sus hogares en Haití, Cuba, Brasil, Venezuela, Bangladesh, Ecuador, Senegal, entre otras naciones, con el fin de viajar a países del norte, como los Estados Unidos y Canadá.

Llegaban a Capurganá con el propósito de sortear una de las rutas más intransitables de América Latina, a saber, el Tapón del Darién -llamado también "El infierno Verde"-, una región fronteriza, selvática y pantanosa de aproximadamente 575.000 hectáreas de extensión entre Colombia y Panamá. 

Se calculaba que más de 133.000 personas lo atravesaron en el 2021 con fines migratorios. 

Se le conoce como "Tapón", dado que interrumpe la Ruta Panamericana, un sistema de carreteras de aproximadamente 17.978  km de longitud, que vincula a casi todos los países del continente americano con un tramo unido de calzada.

Aspiraban llegar al pueblo de Canaan, en el extremo sur de Panamá, para continuar ascendiendo por centro y Norteamérica.

Un velo mortal revestía este complejo escenario.

Se estimaba que en 2021 más de doscientos menores de edad cruzaron solos la franja selvática luego de que sus padres murieran.

Las bajas obedecían a múltiples factores. Uno muy común eran las crecientes fluviales. Los migrantes establecían sus campamentos en las riberas de los ríos, siendo súbitamente arrastrados, víctimas de las inundaciones.

Los "Coyotes" o "Polleros" jugaban un papel determinante, para bien y para mal. Eran contrabandistas de personas que, a cambio de retribuciones económicas, ayudaban a los migrantes a atravesar ilícitamente territorios y fronteras.

Muchas de esas personas, en miras de ahorrar el poco dinero con el que usualmente contaban, pagaban sumas más asequibles para que los coyotes los transportaran de Necoclí a Capurganá en embarcaciones pequeñas cuyo nulo equipamiento de seguridad redundaba en eventuales naufragios.

En el marco del descrito cruce marítimo, existía otro escenario permeado de una fatal perversidad. En algunas ocasiones, mientras tenía lugar dicha transacción ilegal entre aguas antioqueñas y chocoanas, los coyotes se percataban de la cercanía de las unidades de guardacostas del Golfo de Urabá. En caso de ser sorprendidos en flagrante delito, debían rendir cuentas a la justicia, así que se lavaban las manos tirando a los migrantes por la borda, condenándolos a morir ahogados.

Fatiga extrema, hiperventilación, fallas cardiorrespiratorias, hambre, deshidratación, consumo de agua contaminada, mafias, enfermedades como la malaria y el dengue, lesiones personales, animales salvajes, extravíos, entre otras adversidades, acababan con la vida de familias enteras, por lo que era usual que los sobrevivientes hallaran cuerpos sin vida en el camino.

Se hablaba de casos de niños cargueros a los que los migrantes, agobiados por el agotamiento, entregaban algo de dinero para que movilizaran sus maletas a través de la serranía hostil. 

Según la Cruz Roja de Panamá, entre el 10% y el 15% de los migrantes sufrió violencia sexual en el cruce de la selva del Darién. Niños, adolescentes, mujeres y hombres fueron sexualmente abusados en su dantesco recorrido por la selva. Inclusive, recomendaban a mujeres y niñas portar y hacer uso de métodos anticonceptivos y pastillas "post day", por si llegaban a ser violadas por grupos criminales.

Existían códigos de colores implementados por los migrantes, señalizando los troncos de los árboles con bolsas y prendas de vestir. El color azul era señal de que iban por el camino correcto. El rojo, por su parte, indicaba que había un cadáver en las proximidades. El negro alertaba sobre una zona potencialmente peligrosa.

Leí sobre un cruce fluvial en el que murieron tantas personas, que los migrantes lo llamaron “El Río Muerte”. Se trataba del Río Turquesa, donde era muy común que terminaran flotando los cadáveres de personas que se habían ahogado en el Darién.

Había testimonios de migrantes que pagaban dinero a guías que conocían las rutas idóneas para sortear la jungla y llegar hasta la frontera panameña. Algunos de esos guías los abandonaban a mitad de camino, o les daban falsas indicaciones que constituían para ellos una indefectible sentencia de muerte.

Las fuertes lluvias dificultaban las largas caminatas, acrecentando los ríos, y formando extensos pantanales en los que, a veces, sucumbían migrantes, presas de la debilidad. 

La densidad de la selva impedía ver dónde nacía o se escondía el sol, por lo que reportaban que transitar sin brújula o GPS resultaba imposible.

Una vegetación tan espesa como uniforme hacía que los puntos de referencia fueran muy pocos. Las personas locales aconsejaban no retirar las ropas ni enseres abandonados por los migrantes, pues servían como señales que podían evitar extravíos o trayectorias circulares.

La travesía de aquellos que conseguían cruzar la selva del Darién no concluía en Panamá. En el mayor de los casos, tenían la pretensión de llegar a Estados Unidos. Para lograrlo, debían continuar una ardua y extensa ruta por Costa Rica, Nicaragua, Guatemala, Honduras, Belice, México, lo que implicaba atravesar el Desierto de Sonora, o el Río Bravo, en el estado mexicano de Tamaulipas, expuestos ininterrumpidamente al peligro latente de violaciones, hurtos, violencia y tráfico de personas. 

Estas naciones exigían visas, apremiante situación que los llevaba a buscar soluciones ilegales mediante traficantes de personas.

El Tapón era, quizá, una etapa crucial entre otras no menos peligrosas de la migración ilegal en América.

Me remitiré al sitio y al motivo que desplegó mis divagaciones, nuestra marcha al "Cielo".

Supe que camino allí había una triple bifurcación. Uno de sus ramales conducía al "Cielo". Otro, a un resguardo de nombre "El Paraíso", del que también oí hablar. El tercero, era el ingreso al Darién.

Se decía que cerca de esa división de las tres sendas, iniciaba el infierno para los migrantes, por tratarse de un terreno empinado repleto de barro viscoso, del que en ocasiones tenían que sacar, con la ayuda de mulas, a las personas que vencidas por el cansancio y hundidas hasta la cintura, quedaban allí atrapadas.

Hallé bastante inquietante el juego de palabras "cielo", "paraíso" e "infierno", resultante de esa situación.

La negativa de amparo por parte del gobierno estadounidense a quienes completaban aquella carrera mortal, coronaba con espinas el siniestro panorama de aquellas personas.

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