DÍA 146
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-Mario Mejía-Día 146
Enero 28 de 2023, sábado.
Mi desempeño culinario fue de nuevo un desastre esa mañana. Amasé durante una hora sin obtener una óptima consistencia y terminé asando tres arepas deformes y resquebrajadas. Mi torpeza al respecto me producía un mal genio que disipaba mi exigua pretensión de reconciliarme con la cocina.
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“Nadie entra ni sale hoy de aquí”, decretó el señor de los señores: ese día prohibieron la circulación de embarcaciones en el golfo en virtud del mal carácter oceánico. Sentado en una playa con Doralicia me parecía constatarlo, avistando olas enormes que iban y venían en diferentes direcciones.
Mientras hablaba por videollamada con Juanes, cruzó caminando Gabo, y siendo también amigo del primero, fue un buen momento para una breve conversación de tres vías.
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Cierta incómoda situación que involucraba a terceros entorpeció la fluidez de mi acuerdo con Johana, así que, pretendiendo oxigenarme, de paso saludar a Michelle -a quien no veía desde comienzos de noviembre de 2022- y, finalmente, poner a circular mis contenidos con la ayuda de la red de internet implementada en La Gata Negra, me decanté por moverme a Sapzurro.
Mientras ascendía, las imponentes raíces de un árbol abuelo me hablaron de su antigüedad. Le devolví un respetuoso saludo mientras eché mi cabeza al máximo hacia atrás en miras de contemplar su copa.
Unos metros más adelante, un gato y un perro muy pequeños, gris el primero, café el segundo, jugaban, igual que mi ánimo de los últimos días, yendo inquietamente de arriba abajo.
En mi parada obligada de la ruta a pie Capurganá-Sapzurro, desde el mirador situado en la parte más alta de la montaña, observé, en Cabo Tiburón, una prominente sección de espuma blanca movida por olas indomables.
Como una hora después, sentado en uno de los pequeños negocios de la bahía, daba cuenta de un delicioso pan relleno de coco caramelizado. Luego, mientras escribía, sorprendido viendo cómo el agua llegaba muy cerca de mi mesa después de estrellarse violentamente contra las rocas de la orilla, me saludaron Edwin y Cristian, los pintorescos jóvenes que llevaron a cabo los trabajos de construcción y carpintería en la incipiente etapa de La gata Negra vinculada a la llegada de Michelle. Fue alentador comprobar que personajes como ellos, que arribaron en esas tierras remotas casi a la par conmigo, no hubieran aún desertado, como había ya sucedido con las figuras relacionadas en mis reportes previos.
Atravesando Playa Bonita -muy cerca al desvío al hostal-, me topé con Meggane. Fumaba sentada sobre la arena clara, aparentemente hipnotizada por el vaivén y el sonido de las olas. Las pocas conversaciones que habíamos tenido fueron eclipsadas tajantemente por la limitación de nuestro lenguaje, pero conseguí comprender que le entusiasmaba la reciente creación de un canal mediante el cual divulgaba videos en los que abordaba -como a grandes rasgos lo mencionó- el tema de “las energías”. Cinco minutos después, se acercó una mujer de unos treinta años, piel morena, cuerpo estilizado, cabello largo y oscuro, y una enorme sonrisa decorada por una brigada de dientes muy blancos. Se trataba de Sally, una mujer de nacionalidad belga que, a todas luces, había conocido a mi acompañante con anterioridad. La recién llegada puso de manifiesto su descontento frente al viaje de regreso a Bélgica, que se abrazaba estrechamente a los días subsiguientes. Platiqué con ambas por unos diez minutos más y salvé luego la poca distancia que me separaba de mi destino.
Convergíamos en la amplia y rectangular mesa de centro Michelle, doña Cecilia, Liliana, Juan, dos menores de edad y Diego, a quien había visto en el agasajo de cumpleaños de nuestra anfitriona. La segunda, madre de Michelle, era una mujer de unos setenta años, baja estatura y cabello grisáceo; Juan, colega y vieja amistad de mi amiga, contaba tal vez cincuenta, era delgado, tenía cabello un poco largo y enmarañado, y era compañero sentimental de Liliana, de tal vez cuarenta y cinco, de piel blanca, delgada y cabello muy corto; los dos pequeños eran producto de esta unión. De Diego me habían hablado un par de veces, y aunque charlamos, cantamos y reímos en la ya mencionada celebración, apenas esa noche me di por enterado de que era hermano de Ramiro Molina -a quien conocí durante mi última estadía en Sapzurro, en compañía de Laura Greiffenstein-; de que era propietario, en compañía de este último, del ya muy citado Hostal Casa Mola; y de que, de hecho, su apellido tenía una tenue incidencia en el nombre de aquel apacible lugar.
Como había reportado, un mes antes había quedado abierta -como resultado de una conversación con Ramiro- una posibilidad abierta de llevar a cabo un voluntariado en Mola, pero al conversar sobre el tema esa noche con Diego, me puso al tanto de que, justamente, estaban próximas a llegar las personas destinadas para ello.
Un par de horas más tarde, por invitación de este, marché con Michelle y su mamá a Casa Mola. Un pequeño grupo de personas departía en el benévolo deck. Conocí a Alejandro, un hombre de aproximadamente cuarenta y siete años, alto, fornido, moreno y cabello largo, y a su novia Lotte, una europea de unos treinta y cinco, de ojos muy claros, cabello rubio y muy delgada. Diego, Meggane y Sally -la chica a la que había conocido unas horas antes- también nos acompañaban.
Alejandro era procedente de la ciudad de Cúcuta. Supe que residía hacía varios años en Bonaire, una isla ubicada en el extremo sur del Mar Caribe, a unos 80 kilómetros de la costa de Venezuela, en la plataforma continental de Sudamérica. Había navegado con Lotte desde aquel municipio insular hasta tierras chocoanas pilotando su yate. Diego los acompañó en su último trayecto Cartagena-Sapzurro, que, haciendo algunas paradas, les tomó una semana. Refirió que ese día, en las horas de la mañana, una embarcación se desancló debido a las fuertes agitaciones y colisionó contra la suya, ocasionándole graves daños.
La noche discurrió alegremente entre conversaciones ligeras, numerosas canciones que Alejandro y yo interpretamos acompañados por la guitarra insignia del hostal, y algunas copas de ron que este y su novia compartieron con nosotros.
Pasada la medianoche, regresé a La Gata Negra con Michelle y doña Cecilia, y después de que fueron a su dormitorio, inicié con la ansiada liberación de mis textos.

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