DÍA 150
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-Mario Mejía-
Finalmente, me propuso quedarme una noche más en La Gata Negra y apoyarla en algunos pendientes de jardinería en el día, y al caer la tarde, con el llenado de los tanques.
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Ya había hablado del peculiar Perseo. Me agobiaba verlo intentando maullar sin emitir sonido alguno, en virtud de una seria lesión que un gato vecino le propinó en la garganta. Recordé que cuando vivimos bajo el mismo techo parecía querer expresar algo todo el tiempo mirando fijamente a los ojos de los humanos y mayando con frecuencia, e imaginé la impotencia que debía sentir ante semejante abolición de su elocuencia.
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Mientras ayudaba a mi amiga con la recepción de su mercado -acostumbraba a pedirlo desde Turbo- en el pequeño muelle auxiliar de Playa Bonita, me habló sobre un curioso fenómeno que, según explicó, era bastante común en la región. Se trataba de la manigua, cuya definición frecuente y literal era la de espesura, o “maleza”. Ya había escuchado decir a varias personas no oriundas que llevaban un lapso importante en aquellas tierras, que era pertinente salir periódicamente a las ciudades, o en fin, a otros lugares -normalmente lo hacían cada dos o tres meses-, argumentando que, como sucedía con muchos lugareños, se podía ser absorbido por la manigua, que metafóricamente consistía en que el cerebro era “invadido por el rastrojo de la selva”, ocasionando una suerte de estupidez crónica, como la que caracterizaba -por recrear solo un ejemplo acorde a la actividad que mi amiga y yo desempeñábamos en ese momento- a los astutos funcionarios de supermercados que empacaban al bulto, y sin tener precaución alguna, canastas de huevos que sabían iban a viajar en lanchas cuyas sacudidas acabarían por hacerlos tortilla.
Me dije que debía existir también una palabra para designar la idiotez ocasionada por el cemento en la metrópoli, pues, ciertamente, aquel no era un lastre exclusivo.
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Tras el ocaso, con la ayuda de Michelle, inicié el bombeo del agua. Consistía en llenar un primer tanque de 1000 litros ubicado a pocos metros de la entrada del hostal, que, mediante la intervención de un primer motor conectado a la tubería madre, cerca de la playa, abastecería, con la ayuda de una segunda máquina, otros dos de 2000 litros que yacían sobre una plataforma establecida en la parte trasera de la construcción principal -la de las habitaciones-. No obstante, a mitad del proceso una de las cisternas de mayor capacidad se rebosó, provocando el derramamiento del preciado líquido que debía fluir hacia la segunda, pero que, obedeciendo al desperfecto de una de las válvulas del sistema de tuberías, imposibilitó el término satisfactorio del procedimiento.
Averías como la que truncó nuestro cometido; los desplazamientos entre los puntos de conexión; la separación de las uniones en las mangueras a razón del uso de accesorios inadecuados, y en sí, el atávico sistema de abastecimiento, eran razones de sobra por las que muchos de los propietarios y administradores de establecimientos públicos y pobladores en general hacían un consciente llamado al ahorro del recurso hídrico.
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Al día siguiente regresaría a Capurganá, así que, en vista de que no sabía cuándo tendría acceso nuevamente a una red wifi, decidí avanzar en mis redacciones y aportes al blog hasta donde mi estado de vigilia me lo permitiera.
Trabajé hasta pasadas las 2am del jueves y mis esfuerzos fueron productivos.
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“[…] Lloraba y sollozaba tanto que se pasó la salida correcta en la autopista. Pisó a fondo el freno y un Mercedes-Benz la embistió por detrás. Gracias a Dios nadie se hizo daño, pues los dos conductores llevaban puestos los cinturones de seguridad, ¡gracias a Dios!, ¡gracias a Dios!
El Mercedes solo perdió un faro, pero la parte de atrás del Cadillac se convirtió en el sueño húmedo de un taller de chapa y pintura. El maletero abierto parecía la boca del tonto del pueblo explicando que no sabía nada de nada. El tubo de escape se había quedado en el suelo. La conductora del Cadillac apagó el motor, pero luego se desplomó sobre el volante y la bocina sonó sin parar. La encontraron inconsciente, envenenada por monóxido de carbono. Estaba de color azul celeste. Una hora después estaba muerta: es lo que hay”. Leí mientras luchaba por sostener mis párpados, que pesaban más que eso que nunca se supo cómo resultó porque se dejó de hacer, y me pareció que aquella noche me quedé dormido saboreando una sonrisa originada a partir del cóctel de sátira y comedia negra presente en aquel fragmento de [Matadero cinco] -o [La cruzada de los niños]-, una novela del escritor estadounidense Kurt Vonnegut enmarcada en la última etapa de la Segunda Guerra Mundial.

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