DÍA 147
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-Mario Mejía-
Día 147
Conversé con Michelle, Juan y Liliana en el comedor aledaño al frondoso jardín. La pareja -en especial Juan- había dedicado sus últimos años al estudio y a la comunión con plantas medicinales y ancestrales. El primero habló sobre niveles de consciencia que la ayahuasca, por ejemplo, ayuda a promover, pero que la especie humana por sí sola puede alcanzar, haciendo un énfasis muy especial en su proclividad a un uso cuya frecuencia no derive en dependencia.
Mientras tomaba un trago de café negro con una ligera adición de cardamomo -una hierba aromática también llamada grana del paraíso-, escuché que se refirieron a Tacarcuna -así se llamaba el gran hotel en Capurganá propiedad de Héctor Palacio, y, a decir verdad, no conocía la palabra- como un gran cerro en el Darién. Leí luego que ubicado en Panamá, muy cerca de la frontera con Colombia, y con 1875 metros sobre el nivel del mar, es la máxima altura en la serranía.
Esa tarde visité una vez más La Diana, el oasis de agua fresca y dulce situado a bocas de la selva, muy cerca de la inmensidad salada. De camino hacia allí, acompañado de Michelle, su madre y la siempre fiel Rita Mayonesa, nos saludó Gabo, que conducía la guianza de un grupo de turistas que se alojaban en La Posada del Gecko, en Capurganá. Me sorprendí cuando en la conversación surgió el tema de algunas lanchas que se habían volcado en fechas recientes, yendo a parar al agua tripulantes, e inclusive, un capitán. No obstante, no hubo pérdidas humanas.
Tan excitado y jadeante estaba el mar que un andén que recorrí el día anterior, y en el cual había observado normalidad, aquel día estaba cubierto de rocas de gran tamaño que el oleaje había expulsado con severidad.
La economía de Sapzurro se sustentaba principalmente por el turismo y la pesca, pero sus habitantes eran ingeniosos cuando de hallar otras alternativas se trataba, y en esa ocasión llamó mi atención lo que podría llamarse una “peluquería ambulante”.
Aunque el trayecto entre el hostal y La Diana era relativamente corto, el calor abrasador promovió el hecho de que nuestra llegada a la dadivosa caída de heladas aguas se constituyera como una recompensa perfecta.
Poco antes del anochecer caminamos de vuelta a lo de Michelle, donde dimos cuenta de una sabrosa cena compuesta de pastas, vegetales frescos y especias preparada por ella.
Esa noche concluyó de manera atípica, al menos para mí. Desde mi llegada a esas tierras había perdido contacto con la televisión y el cine -lo segundo lo echaba mucho de menos-, y atendiendo a la sugerencia de nuestra anfitriona ubicamos en la sala de estar del hostal una pantalla de generosas proporciones y reprodujimos un largometraje -que daba mucho de qué hablar por esos días- del productor, novelista y director mexicano Guillermo del Toro.

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