DÍA 151
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-Mario Mejía-
Día 151
Febrero 2 de 2023, jueves.
[Schadenfreude], una palabra prestada del alemán, sin una traducción puntual, aludía a la satisfacción, inclusive a la alegría proveniente de la adversidad, el fracaso, la humillación y la mala fortuna del prójimo.
“Sentir envidia es humano. Saborear Schadenfreude es diabólico”, afirmaba Schopenhauer.
Gino me habló de la envidia.
—A la gente no le gusta que yo esté contento.
Explicó que algunas personas -tanto connacionales como conocidos y “amigos” suyos en Sapzurro- le hicieron comentarios despectivos y malintencionados porque notaron que le iba medianamente bien, desempeñando trabajos de índoles diversas y ganando algo de dinero. Señaló que al compartir un par de fotos que capturó en la excursión que dos días antes hicimos a La Miel, Panamá, recibió alguna ponzoñosa acusación orientada a sugerir que si en lugar de estar adelantando algún trabajo, estaba de paseo, probablemente el asunto tenía que ver con dinero mal habido.
Conversamos sobre lo lamentable de ese fenómeno, que, en muchos casos, era producto del escozor de algunos frente al ruinoso cuadro de sus propias limitaciones, y a la consciencia de su escasez aptitudinal versus la constatación de que el foco de su envidia avanzaba por sendas -por mediocridad, pereza o incompetencia- impensables para ellos.
Planteaba Sócrates en el [Filebo] -diálogo platónico en torno al papel del placer y la inteligencia- que el envidioso, que siente una mezcla de dolor y placer ante lo que ve, es un ignorante porque vive bajo el engaño de no saber apreciar sus propias capacidades. Muy acorde con las palabras al respecto de Jackson Brown: “la envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento”.
Aristóteles, por su parte, describía la envidia no como un deseo benigno de lo que alguien más posee, sino como el dolor ocasionado por la buena fortuna de los demás.
Dicho malestar emocional, a menudo, derivaba en un sentimiento de maldad. No era una rareza, era una pasión generalizada. No era un episodio aislado, sino un hecho social.
La concepción kantiana de la envidia apuntaba hacia lo que algunos pensadores habían llamado “la cara benigna del Schadenfreude”, es decir, a la tendencia a ver con dolor el bien de los demás, percepción opuesta al imperativo categórico de amor entre los hombres, que el filósofo prusiano tradujo como “obra de tal modo que trates a la humanidad, en tu persona o en la de los demás, siempre y al mismo tiempo, como esperas que la humanidad obre contigo”.
“Hay un excelente proverbio que debemos seguir, y aconseja que vale más causar envidia que lástima. Causemos, pues, envidia hasta donde nos sea posible”, remataba Voltaire.
El mauriciano y yo estuvimos de acuerdo en que más triste aún era el hecho de que, muchas de las veces, quienes experimentaban esa tirria eran personas cercanas como familiares y, como era su caso, aquellos que llamaba viejos amigos.
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—De preferencia, el agua que adiciones a la harina debe estar tibia. —Me aconsejó Michelle. Quise comprobar si al adoptar su sugerencia correría con mejor suerte la próxima vez que moldeara mis arepas. Entretanto, saboreaba uno de los productos que a través de la ya mencionada Rueka había llegado a manos de mi anfitriona. Se trataba de la Tsampa, del sánscrito विद्युत्प्रकाशः, equivalente a "relámpago", una receta artesanal en polvo elaborada con intención y propósito a base de soja, lenteja, frijol rojo, garbanzo, maíz, trigo, maní, plátano y panela. Leí que era un alimento básico del Tibet, utilizado por monjes budistas para proveer energía durante largas caminatas a templos escondidos y usado por los sherpas -etnias del Himalaya- en extensos recorridos a través de las regiones montañosas de Nepal.
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El día anterior culminó la especie de voluntariado que realicé en La Gata Negra, así que esa mañana, después de consignar a mano una improvisada décima en una libreta que Michelle había designado para que los visitantes del hostal plasmaran sus pensamientos, me despedí de ella y de su madre y emprendí mi camino de regreso a Capurganá.
Atravesando el pequeño poblado de Sapzurro expresé mis mejores deseos a Gino Syed y avancé, avistando en lo alto de la montaña el extraordinario mirador que visitaría de camino -por supuesto- una vez más, y cruzando los andenes en los que un Mar Caribe aún desaforado se desparramaba en forma de olas salvajes.
La tórrida atmósfera me sugirió desviarme hacia La Diana, y obedecí. Me refresqué en sus aguas cristalinas y, finalmente, me interné para salvar el ascenso y posterior descenso de la montaña.
En la cúspide del mirador, respirando hondo, de cara a una inmensidad verde y azul, escuchaba “Atom Heart Mother”, una hipnotizante pieza instrumental de la legendaria institución británica Pink Floyd, y sentí que todo se conectaba en mi corazón.
Ya en la periferia capurganalera aconteció un grato evento. Me reencontré con el adorable Bruno, al que no veía desde hacía un buen tiempo. Alegre y convulso agitó su cola lo más rápido que pudo y me incliné para abrazarlo. Pasé unos minutos con él y proseguí, desconociendo cuándo coincidiríamos otra vez.
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Hostal La Bohemia.
Tras una breve conversación digital con Johana, acordamos los pasos a seguir, básicamente encauzados a la recuperación del jardín, o haciendo uso de términos recientes, a lo que la manigua había hecho con él.

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