DÍA 149

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-Mario Mejía-

Día 149
Enero 31 de 2023, martes.




Pasadas las 7am se despidió Sebastián. Se dirigía a Capurganá, donde embarcaría hacia Triganá para pasar sus últimos días antes de retornar a su ciudad de residencia, Medellín.
Un rato después llegó Gino. Trabajamos en la adecuación de dos viejos refrigeradores que, totalmente fuera de funcionamiento, se convertirían en improvisadas terrazas para la siembra.
—Estuve muerto. El ángel de la muerte cabalgaba sobre un enorme semental negro. Se acercó a mí y puso una mano glacial sobre mi coronilla. Sentí que atravesaba el umbral y, súbitamente, el arcángel Gabriel me sujetó del brazo, impidiendo que me arrastrara al más allá. —relató el africano en tanto movíamos uno de los derruidos frigoríficos y miraba moverse sobre la tierra lo que me pareció era un ciempiés de buen tamaño, artrópodo al que, personalmente, le temía sobremanera.
Añadió que Gabriel, del hebreo, גַּבְרִיאֵל, “fortaleza de Dios”, mencionado en el Antiguo, el Nuevo Testamento y en el período intertestamentario -en el cristianismo, el tiempo entre los dos anteriores-, es un arcángel a través del cual Dios ejerce una suerte de influencia sobre determinadas personas.
Tal vez un par de horas más tarde, luego de tomar nuestro desayuno, vi a Gino en la sala. Se encontraba absorto observando un globo terráqueo ubicado sobre un anaquel. Me pregunté si extrañaba su lugar de origen.
—¡Mario, mira, aquí está la Isla Mauricio! —profirió con la actitud de satisfacción que podría adquirir aquel cuya búsqueda inquieta encuentra al fin resolución.
De aquella región insular al este de Madagascar, en el Océano Índico, era oriundo. Recordé que en alguna ocasión señaló que su familia lo quería lejos de allí.
—¿Qué tú tienes ahí tatuado? —me preguntó en su mal español, y le expliqué a grandes rasgos el porqué convergían en mi espalda los trazos de mi columna vertebral y un búho en cuyo interior confluían un bosque y un arroyo, y cómo mi padre confería coherencia a ese conjunto.
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Esa tarde visité por segunda vez el corregimiento panameño La Miel. Michelle y su mamá nos pidieron a Gino y a mí las acompañáramos en la calurosa expedición caracterizada por ser un soberbio deleite visual.
A poca distancia del muelle visitamos una austera caseta de público acceso en la que, según me enteré en ese momento, pasaba las noches Gino, tendido en una hamaca que pendía de dos de los travesaños de la decrépita construcción.
“[…] Sé porqué es así. No es el vino que bebí ayer, ni que haya dormido en una mala cama, ni tampoco el tiempo lluvioso. Han aparecido unos demonios y han desafinado una por una todas las cuerdas de mi ser. Ha vuelto el temor, el miedo de las pesadillas infantiles, de los cuentos, del destino de los colegiales, el acoso de lo inalterable, la melancolía, el tedio.
¡Qué insulso es el mundo! ¡Qué horrible tener que levantarse mañana, volver a comer, volver a vivir! ¿Por qué hemos de vivir? ¿Por qué es el hombre tan tímido y bonachón? ¿Por qué no yacemos desde hace tiempo en el mar?
Ni siquiera ha crecido la hierba. No se puede ser vagabundo y artista y al mismo tiempo un burgués sano y cuerdo. Si quieres embriaguez, ¡acepta también la resaca! Si quieres sol y bellas fantasías, ¡acepta también la suciedad y el hastío! Todo está dentro de ti, el oro y el barro, el deleite y la pena, la risa infantil y la angustia moral. ¡Acéptalo todo, no te aflijas por nada, no intentes rehuir nada! No eres un burgués, tampoco eres un griego, no eres armónico y dueño de ti mismo, eres un pájaro en plena tormenta. ¡Déjala rugir! ¡Déjate llevar! ¡Cuánto has mentido! ¡Cuántas miles de veces, incluso en tus libros y poesías, has fingido ser el armonioso y sabio, el feliz, el iluminado! ¡Lo mismo han fingido ser los héroes al atacar en la guerra, mientras las entrañas temblaban! ¡Dios mío, qué simiesco y fanfarrón es el hombre, sobre todo el artista, sobre todo el poeta, sobre todo yo!”
Recordaba ese extracto de [El caminante], una relevante composición del ya citado y entrañable Hermann Hesse que rondaba mi mente mientras reflexionaba sobre las renuncias que me habían permitido -por citar algún ejemplo- supernovas sensoriales como aquella en la que mi necesidad de vivir impetuosamente permaneció suspendida mientras nuestra excursión caribeña duró.

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