DÍA 148

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-Mario Mejía-

Día 148
Enero 30 de 2023, lunes.




—Todos los días una parte de nosotros debe morir y nacer de nuevo siendo una versión mejorada. —exclamó, adoptando cierto tono de solemnidad, Gino Syed, el africano que mi amiga Greiffenstein me presentó un mes atrás. Juntos apoyaríamos a Michelle en la jardinería y otras tareas propias del hostal.
Gino sostenía un taladro con firmeza mientras perforaba una pieza metálica.
—Espera, te voy a prestar unas gafas de protección, así evitamos que una partícula pueda lastimar uno de tus ojos. —Inquirió mi amiga.
—No es necesario, Jesús está cuidando mis ojos. —espetó él.
Me pregunté dónde y de qué manera obtuvo mi amigo su celestial póliza premium de seguros y me dije que por más fe que alguien tuviera, no estaba de más usar las gafas, pues nadie estaba exento de una contingencia. El mismo Gino había confirmado en carne propia que a Jesús no le daba abasto para estar pendiente de tanta cosa cuando su autocaravana ardió en llamas un par de años antes con sus pertenencias adentro.
Aquella fue solo la primera manifestación de la acérrima lealtad por el ser superior en el que creía. Antes de ingerir nuestro almuerzo, acompañados de la anfitriona y su madre, compartió una fervorosa y respetuosa oración de agradecimiento que duró aproximadamente siete minutos, y que comprendí tan solo a medias a razón de la llamativa mezcla de inglés, francés y español que me parecía advertir en su hablar.
Paulatinamente, fui dándome cuenta de que Gino era un hombre obstinado, inclusive un poco extremista, pero noble, trabajador y divertido. Me habló con entusiasmo y enarbolado orgullo acerca de sus peripecias mientras atravesó, durante años, más de una docena de países australianos, europeos y americanos.
En las horas de la tarde, recorrí los cinco o seis minutos que separaban el hostal de la costa y me sustraje del sol ardiente por espacio de más o menos media hora, siempre cauteloso frente a la presencia de posibles corrientes insurgentes que pudieran hacerme pasar un mal rato.
—¡Ey, sube ahora para que hablemos, hubo un cambio de planes! —me gritó Diego Molina desde la playa.
Desde el punto en el que nadaba le hice saber que así sería.
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Finalizando la tarde, después de dar una mano repisando las capas de arena, pasto seco, cáscaras y demás recursos orgánicos que componían el compost, realizaba una instalación eléctrica sencilla en el hostal y entró en la propiedad Kelly Mora. La acompañaban dos hombres, uno de tal vez treinta años, fornido, moreno y estatura promedio de nombre Sebastián, y el segundo, Alejandro, quizá diez años menor, de piel oscura, constitución delgada y dreadlocks a la altura de los hombros. Consumieron un poco de cerveza que Michelle les sirvió mientras departían en el amplio jardín y la decadencia solar anunciaba una oscuridad calmosa.
Ascendí a Casa Mola en miras de averiguar qué tenía por decir Diego, pero en el deck, con la imponente y crepuscular vista de fondo, constaté que no hubo novedad. A grosso modo, en vista de que no había podido establecer contacto con Kelly, y habiendo desistido de tomar el voluntariado allí disponible una alemana con la que había llegado días antes a un acuerdo, consideró hacerme una propuesta. Empero, cuando cruzó Playa Bonita y me gritó al verme dentro del agua unas horas antes, ese era el estado de las cosas, mas poco después de que llegó a su propiedad Kelly se comunicó con él para retomar un pacto que habían dado por sentado previamente, consistente en relevarlo mientras él viajaba a México a resolver un asunto. Alejandro, el chico que aquella me presentó un rato antes en La Gata Negra, por su parte, llevaría a cabo el voluntariado que la europea decidió desdeñar a último momento. En conclusión: la situación de cara a una posibilidad de efectuar actividad alguna en el hostal de Ramiro y Diego Molina retornó a la conversación que al respecto sostuve con el segundo dos noches antes, al reencontarme con él en el comedor del hospedaje a cargo de Michelle.
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Aves e insectos, embajadores sonoros de la tiniebla reinante, ofrecían su ópera nocturna. Situado en el gran mesón de la Gata Negra, me ocupaba de adelantar mis escritos y nutrir mi nuevo recurso digital, mi blog, que constaba de cuatro módulos, a saber:
[3 6 5], en el que poco a poco comencé a linkear, uno a uno, los textos que de mi libro homónimo al módulo había escrito hasta la fecha, y que en ese momento ascendían a ciento cuarenta y ocho. A ese día había publicado tan solo diez en el blog, ya que el considerable lapso que cada uno implicaba; la redacción de los nuevos, y de aquellos en los que tenía un retraso; y la resolución de mi siempre novedosa e imprevisible cotidianidad, eran factores que no me permitían avanzar al ritmo que hubiese querido.
[Décimas], en el que proyectaba postear parte de las numerosas piezas que había construido cumpliendo las reglas métricas y rítmicas que vertebraban aquella figura literaria.
[Sonetos], donde incluiría mis composiciones enmarcadas en ese modelo clásico.
Y [Otras prosas], sección destinada a socializar una cantidad importante de monólogos, cuentos y otros relatos que tenía desperdigados, como señalé anteriormente, en diversas ubicaciones digitales.

Obedeciendo a mi propósito de conseguir avances al respecto, un rato después de charlar y compartir un té con Kelly, Alejandro y Sebastián, que nos visitaron finalizando la jornada -el tercero se hospedaría esa noche en lo de Michelle-, decliné su invitación de ir al muelle en plan de una serena tertulia, y en lugar de eso continué en mis actividades hasta pasadas las 2am del día siguiente. 

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