DÍA 1

 365

-Mario Mejía-


Día 1

Septiembre 5 de 2022, lunes.


















Necoclí.

Descendí del autobús a eso de las 3:45pm.

Moverme, ataviado con guitarra al hombro, pesadas valijas y la tarde ruborizada por el sofoco, se dificultaba.

Me procuré lo que creía llamaban allí un "Tuk Tuk", o moto-carro, que alivianó mi llegada, conduciéndome hasta el Hostal La Mariápolis, con dicha propietaria, Ángela, había acordado, antes de salir de Medellín, el tema del hospedaje.

Ángela era una mujer de unos mal contados treinta años, de mediana estatura, trigueña. 

Mi primera impresión frente a su actitud fue favorable.

Me enseñó el lugar, una prístina y bonita construcción ubicada a unos quinientos metros del parque principal, al lado de la playa.

Me instalé en la habitación designada y caminé hasta la parte trasera del hostal, un balcón cuya vista imponente invitaba a pasar ahí un buen rato.

Pude ver un mar sereno enmarcado por palmeras que se agitaban tenuemente, movidas por una brisa ligera.

Me hallaba enajenado por el paisaje y escuché voces provenientes del comedor, indicando que estaba a punto de iniciar "el ensayo".

Minutos después, convergían en el balcón un grupo de unas diez personas, hombres y mujeres, interpretando y bailando Bullerengue, un género musical muy propio de la Costa Caribe colombiana.

Semejante comunión me alentó, y se me antojó pensar que constituía para mí una especial bienvenida.

Terminada esa práctica, decidí bajar las escaleras que conectaban el benévolo balconcito con el agua salada en la que desemboca el Río Atrato, tercero más navegable del país después del Magdalena y el Cauca, tiñendo parcialmente el mar con sus sedimentos.

Me interné en el agua hasta donde la prevención digna del mal nadador me lo permitió.

Abrazado por la serena inmensidad que la tarde me brindaba, reflexionaba sobre mi viaje, y los enrojecidos arreboles del ocaso simbolizaron un titán de fuego que me dictaba que con tal intensidad debía perseguir mis objetivos.

Allí permanecí unos treinta minutos, después de los cuales decidí regresar al interior de la construcción. 

En uno de los descansos de las escaleras, sentada en una banca de cemento, se encontraba Nathalia, una chica de veintidós años que, según señaló, culminaba dos semanas de voluntariado en La Mariápolis.

Se trataba de una mujer delgada, ligeramente rubia y elocuente que, entre otras cosas, me dijo que prefería que se refirieran a ella como "Mechita", o "Mechi", dado que su nombre de pila constituía una suerte de conflicto de identidad, arguyendo que "no le decía nada".

Nacida en la capital colombiana, y residente en Medellín, me contó que, aunque disfrutaba enormemente de lugares como ese, de alguna manera no podía vivir sin la ciudad, argumentando que, finalmente, terminaba por echar de menos el caos inherente a ella.

Un par de meses antes de su viaje a Necoclí, sufrió una fractura de radio, luego de que una peatón coincidiera infortunadamente con su trayectoria, ocasionando una caída mientras llevaba a cabo una de las actividades que disfrutaba mucho en Medellín, a saber, andar en bicicleta.

Por otra parte, anotó que poco a poco estaba recuperando su voz, condición que no obedecía a una gripa o enfermedad alguna, sino más bien a lo que denominó "un llamado a poner en standby su avezada costumbre de hablar caudalosamente, y en lugar de eso, darse un tiempo importante para escuchar".

Con respecto a su brazo, adujo que ir allí fue algo así como "reencontrarse con él" después de que le retiraran el yeso.

Habló con especial sensibilidad sobre la gran conexión que tuvo con las dueñas del hostal -Ángela y su hermana, Sofía- , al igual que con dos o tres huéspedes con quienes se estableció también un nexo valioso e inolvidable.

Me instó a que, como recién llegado, disfrutara al máximo de mi estadía, como de la afable compañía de las habitantes de La Mariápolis.

Posteriormente, me puse ropa seca y pasé el resto de la noche sentado en una de las mesas del balcón, escuchando las olas batirse, adivinando formas en la oscuridad y contemplando numerosos relámpagos que partían las nubes en dos, anunciando lo que Ángela, presta a descansar, prescribió como una probable tormenta.

Casi al punto de optar por dirigirme al dormitorio, se acercaron a mí, como a dar las buenas noches, dos gatas, "Coco", y su hija, "Cocada", regocijándose la segunda con mi mano acariciando su lomo y su cabecita.


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