DÍA 5

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-Mario Mejía-


Día 5

Septiembre 9 de 2022, viernes.



Contra mi tentativo pronóstico, conseguí dormir bastante bien. El cansancio acumulado a ese punto fue eficaz al respecto.

Eran las 8am cuando desperté. A mis pies dormía Cielo, una de las gatas de Checho.

Era un lindo animalito muy rubio y atigrado. Se retorcía de regocijo, frotando su cara contra la planta de uno de mis pies, buscando seguramente que lo acariciara, cosa que hice sin vacilar.

Luego de resolver un par de asuntos en casa de mi amiga, fui a la playa y pasé varias horas allí escribiendo.

De vuelta, me topé con Luis Ángel, un amigo de Johana con quien había cruzado un par de palabras en el Dock.

Moreno, de unos treinta y tantos años, "Lucho", como sostuvo que todos lo llamaban, era un joven de facciones hindúes y mirada curiosa.

Me contó que llevaba un tiempo en Capurganá, y que al día siguiente viajaría al Valle del Cauca, donde, por temporadas, practicaba la agricultura.

Mientras hablaba, fijó su mirada en la playa, ligeramente levantada hacia el cielo, y me preguntó si veía a los pelícanos y cormoranes sobrevolando la costa.

Asentí con la mirada y procedió a explicarme que los indios Guna y los Emberá llamaban "Bonanza" al mes de septiembre, siendo la época del año en que la sardina se acercaba a la playa, y con ella, los tiburones de arrecife, las mantarrayas y varias especies de peces, situación que constituía un delicioso festín para las aves pescadoras.

Me despedí de Lucho y seguí mi camino.

Dediqué un par de horas a estructurar un poco el repertorio de canciones que presentaría al día siguiente en Tres Soles, aprovechando que en ese caso, a diferencia a lo de The Dock, el toque fue acordado con antelación suficiente.

El océano devoró lentamente al Sol, sucediéndose la noche.

Deambulé por la playa, entre callejuelas y pasajes, en busca de algo para comer, y de identificar lugares que considerara viables para gestionar nuevas presentaciones.

Atravesé una callecita oscura con pocas casas y acabé por enterarme que era ciega, terminando en un terreno arbóreo, preludio de la selva, rematado por una cloaca donde los sapos y ranas ofrecían un estridente recital.

Di media vuelta y continué en mi búsqueda, recorriendo calles aún nuevas para mí.

Sentado sobre una chalupa varada en la playa se encontraba un joven de facciones indígenas, moreno, pelo indio, muy delgado.

Me acerqué preguntándole si podía sentarme allí con él.

Me presenté y él hizo lo mismo. De nombre Felipe Merchán, contaba veinticuatro años de edad, mexicano. Me contó que viajó durante varios días en bicicleta desde Bogotá hasta Turbo, donde se vio obligado a venderla, dado que debía pagar una fuerte suma para que le permitieran cruzarla hasta Capurganá en la lancha.

Emocionado, narró cómo durante su viaje se quedaba perplejo ante imponentes paisajes y vías que, tal y como describió, "se le antojaban habían sido pavimentadas por ángeles".

Partió desde Bogotá con una irrisoria suma de dinero, así que en repetidas ocasiones, agobiado por el hambre, se detuvo en tramos silvestres buscando palos de guayaba que devoraba con un inmenso placer.

En la capital colombiana estuvo con su madre.

La semana siguiente tenía proyectado viajar a Monterrey, México, para radicarse allí definitivamente con su familia.

Saqué mi guitarra, cantamos un par de canciones y, finalmente, me despedí para irme a procurar dormir tan bien o mejor que la noche anterior, pues me sentía cansado.

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