DÍA 2
365
-Mario Mejía-
Día 2
Septiembre 6 de 2022, martes.
En efecto, llovió en la madrugada.
Como a las cinco y media estuve de pie en el tan mencionado balcón.
Creería que la prolongada lluvia ocasionó una "volatilidad acuática" del sedimento, tornando turbia el agua.
Pasé un rato saludando al Sol y al mar. Respiré hondo el alba.
Tiempo después fui al interior, al comedor, y tomé un desayuno delicioso y ligero, preparado por Ángela.
Durante una conversación medianamente jocosa con ella, reportó los mal contados treinta años que sugerí previamente, de manera tentativa. Tenía cuarenta y uno, edad que, definitivamente, no aparentaba.
Demandó mi atención una de sus declaraciones. Explicó cómo, cuando iba a fiestas, y a diferencia de la gran mayoría -la cito textualmente-, disfrutaba bailando a contratiempo.
En su momento, cuando el agua aclaró considerablemente, entré en ella y me dejé abrazar y limpiar. Cerré los ojos y me sentí suspendido en el tiempo y en el espacio.
Di la espalda a la inmensidad y miré hacia el hostal, puntualmente, al balcón, allí donde horas después advertiría un mar sucio, picado y cubierto de numerosos troncos y ramas de árboles, un Atrato hecho océano.
--- --- --- --- ---
En las horas de la noche, las hermanas Ángela y Sofía -como mencioné, propietarias de La Mariápolis- y Yuli, una residente del sitio -las tres con tambor en mano-, dieron paso a una calurosa sesión de ensayo percutivo que tuvo lugar en mi sección favorita del hospedaje, el balconcito encantador.
Mientras disfrutaba de los sonidos de las tamboreras, observé a Isabel, una nueva huésped, recostada en una de las barandas de madera.
Fumaba. Me acerqué para pedirle un cigarrillo y me dijo que no tenía. Me explicó que se trataba de un picadillo de lavanda y otras flores -no alucinógenas- que unas amigas suyas producían.
Al instante entendí de dónde provenía la exótica fragancia que allí pululaba, dicho sea de paso, completamente nueva para mí.
Di un par de caladas y me asombré con el sabor dulce, suave y muy agradable.
Ilustradora, de unos veintitantos años, de baja estatura, muy delgada, piel blanca, nacida en Medellín, residente en San Carlos -un pueblo en el Oriente Antioqueño-, me contó sobre su plan -ya en marcha- de trabajar de manera remota desde ese mágico lugar.
Terminado el ensayo, dimos pie a la longeva y grata conversación, la guitarra, el canto y compartimos algunas cervezas.
La tertulia avanzaba y fue Yuli la primera en irse a dormir. Luego Ángela, con unos ojos que revelaban su fatiga, fue quien nos dio las buenas noches.
Finalmente, Sofía y yo, atendiendo a la hora un tanto avanzada de la noche, y evitando alterar el sueño de los huéspedes, optamos por dar un descanso a la guitarra y a la interpretación apasionada de esas canciones que nos movían fibras importantes.
Platicamos largo y tendido. Supe que practicaba Ultimate profesionalmente -un deporte de equipo sin contacto, autoarbitrado, que se desarrolla con un disco volador-, habiendo participado en varios torneos mundiales.
Me habló del canto "godpiado" -tal cual lo escribió en mi bloc de notas-; de su experiencia en La Mariápolis, estableciendo un interesante paralelo con los hostales que conoció en otros países, y de otras cosas más.
Disertamos sobre el tema interminable de las inminentes repercusiones que conlleva hacer o no hacer, decir o dejar de hacerlo, virar a derecha o izquierda, entre muchos otros tópicos que se encargaron de consumir, minuto a minuto, una maravillosa noche que hizo las veces de mi despedida de ese lugar tan especial, y de Necoclí.
Una tormenta, previamente presagiada por incontables relámpagos y fuertes vientos, constituyó el cierre de la velada.
La tempestad fue cada vez más indómita. Agua arriba, agua abajo, me sentía pequeño e insignificante ante una misma masa hídrica envuelta por la tiniebla intermitentemente disipada por los frecuentes destellos.
-Mario Mejía-
Día 2
Septiembre 6 de 2022, martes.
En efecto, llovió en la madrugada.
Como a las cinco y media estuve de pie en el tan mencionado balcón.
Creería que la prolongada lluvia ocasionó una "volatilidad acuática" del sedimento, tornando turbia el agua.
Pasé un rato saludando al Sol y al mar. Respiré hondo el alba.
Tiempo después fui al interior, al comedor, y tomé un desayuno delicioso y ligero, preparado por Ángela.
Durante una conversación medianamente jocosa con ella, reportó los mal contados treinta años que sugerí previamente, de manera tentativa. Tenía cuarenta y uno, edad que, definitivamente, no aparentaba.
Demandó mi atención una de sus declaraciones. Explicó cómo, cuando iba a fiestas, y a diferencia de la gran mayoría -la cito textualmente-, disfrutaba bailando a contratiempo.
En su momento, cuando el agua aclaró considerablemente, entré en ella y me dejé abrazar y limpiar. Cerré los ojos y me sentí suspendido en el tiempo y en el espacio.
Di la espalda a la inmensidad y miré hacia el hostal, puntualmente, al balcón, allí donde horas después advertiría un mar sucio, picado y cubierto de numerosos troncos y ramas de árboles, un Atrato hecho océano.
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En las horas de la noche, las hermanas Ángela y Sofía -como mencioné, propietarias de La Mariápolis- y Yuli, una residente del sitio -las tres con tambor en mano-, dieron paso a una calurosa sesión de ensayo percutivo que tuvo lugar en mi sección favorita del hospedaje, el balconcito encantador.
Mientras disfrutaba de los sonidos de las tamboreras, observé a Isabel, una nueva huésped, recostada en una de las barandas de madera.
Fumaba. Me acerqué para pedirle un cigarrillo y me dijo que no tenía. Me explicó que se trataba de un picadillo de lavanda y otras flores -no alucinógenas- que unas amigas suyas producían.
Al instante entendí de dónde provenía la exótica fragancia que allí pululaba, dicho sea de paso, completamente nueva para mí.
Di un par de caladas y me asombré con el sabor dulce, suave y muy agradable.
Ilustradora, de unos veintitantos años, de baja estatura, muy delgada, piel blanca, nacida en Medellín, residente en San Carlos -un pueblo en el Oriente Antioqueño-, me contó sobre su plan -ya en marcha- de trabajar de manera remota desde ese mágico lugar.
Terminado el ensayo, dimos pie a la longeva y grata conversación, la guitarra, el canto y compartimos algunas cervezas.
La tertulia avanzaba y fue Yuli la primera en irse a dormir. Luego Ángela, con unos ojos que revelaban su fatiga, fue quien nos dio las buenas noches.
Finalmente, Sofía y yo, atendiendo a la hora un tanto avanzada de la noche, y evitando alterar el sueño de los huéspedes, optamos por dar un descanso a la guitarra y a la interpretación apasionada de esas canciones que nos movían fibras importantes.
Platicamos largo y tendido. Supe que practicaba Ultimate profesionalmente -un deporte de equipo sin contacto, autoarbitrado, que se desarrolla con un disco volador-, habiendo participado en varios torneos mundiales.
Me habló del canto "godpiado" -tal cual lo escribió en mi bloc de notas-; de su experiencia en La Mariápolis, estableciendo un interesante paralelo con los hostales que conoció en otros países, y de otras cosas más.
Disertamos sobre el tema interminable de las inminentes repercusiones que conlleva hacer o no hacer, decir o dejar de hacerlo, virar a derecha o izquierda, entre muchos otros tópicos que se encargaron de consumir, minuto a minuto, una maravillosa noche que hizo las veces de mi despedida de ese lugar tan especial, y de Necoclí.
Una tormenta, previamente presagiada por incontables relámpagos y fuertes vientos, constituyó el cierre de la velada.
La tempestad fue cada vez más indómita. Agua arriba, agua abajo, me sentía pequeño e insignificante ante una misma masa hídrica envuelta por la tiniebla intermitentemente disipada por los frecuentes destellos.

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