TEJIDO DE SUEÑOS
TEJIDO DE SUEÑOS
-Mario Mejía-
Descendía por las escaleras en caracol que conducían al primero de los sótanos y se sintió un tanto ahogada, invadida por un penetrante olor a moho, y por el sombrío confinamiento al que húmedas y rústicas paredes de ladrillo envejecido hacían justicia.
Se encontró en un espacio de unos seis metros cuadrados, develado parcialmente por escurridizos rayos de un sol medroso que se colaban en ese lugar olvidado de la casa. Identificó en una de las esquinas una puerta de madera considerablemente corroída por la humedad latente y por el paso inexorable del tiempo. Caminó hasta ella. Concluyó que debía abrirse paso al segundo sótano, y, movida por una inquieta mezcla de temor y curiosidad, desplazó el frío picaporte metálico cubierto de óxido, asió con firmeza la manija y tiró con fuerza de la pesada puerta. Los roídos goznes emitieron un chirrido fantasmal que gobernó el recinto mientras el eco se desvanecía.
Bajó con sigilo -no sin dificultad, a causa de la oscuridad- por una vieja escalera de madera que no cesó de crujir paso a paso. Allí la atmósfera era aún más densa que en el primero de los sótanos, y la oscuridad mayor, por lo que tan solo advertía siluetas engañosas del entorno, trozos de madera dispuestos de manera desordenada sobre el piso de barro, viejas piezas metálicas, escabrosas paredes, vestigios de una mesa y un par de sillas desvencijadas.
Permaneció enajenada por un lapso indefinido, absorta ante una estampida de lóbregos recuerdos que se vio súbitamente interrumpida por lo que pareció un alarido proveniente de una de las sombrías esquinas. Se espabiló, caminó y se encontró con una abertura en la pared. Con cierto recelo, se aproximó y aventuró su mirada expectante a través del agujero; al otro lado del muro se desplegaba una vasta boscosidad. No muy lejos de ahí, a unos doce metros quizá, vio una construcción vetusta y desprolija, de la cual escapaba, por una ventana rectangular, la luz amarilla y fluctuante que emitía una sospechada lámpara desde el interior de la estancia.
Como autómata, caminó hacia la edificación atravesando una cuadrilla de árboles tan altos que sus copas besaban un cielo negro y nuboso, envuelta en gélidas corrientes de aire que resecaron sus labios.
Un sonido repentino, una suerte de —pssst —captó su atención. No estaba plenamente segura de qué dirección provenía, pero volteó para mirar hacia atrás. Una fulgente luminosidad la tomó por sorpresa, y no era otra cosa que la luz difundida con vacilación por una deslucida lámpara de petróleo; pendía de una frágil viga de madera al interior de la tosca construcción, esa que la cautivó desde el momento en que la distinguió, escrutando a través de la abertura en la pared del segundo sótano.
Se hallaba en el burdo cuarto de baño de la aislada caseta, oculta tras la cortina plástica, amarillosa y vulgar de lo que hacía las veces de ducha. El piso se constituía por un ruinoso baldosín que en alguna época remota debió ser de un color azul claro, pero que ahora lucía mancillado por la mugre, la herrumbre y una desagradable cantidad de manojos de pelo grisáceo. El decrépito lugar y lo desconcertante de su panorama la intimidaron.
Miró por un pequeño orificio de la cortina y vio a su pareja: un hombre moreno de unos cincuenta años, de mediana estatura; estaba de espaldas a ella, mirando hacia la ventana que lindaba con el bosque exterior que ella nunca terminó de cruzar para llegar hasta ahí. Acto seguido, este emitió un —pssst —idéntico al que robó su atención en el bosque, justamente antes de que tuviera lugar su incomprensible “cambio de sitio”.
Unos cuatro segundos después, un nuevo —pssst —se escuchó desde afuera. El sujeto pensó que eso que parecía una respuesta a su llamado era el resultado del estruendoso cántico de grillos y cigarras, así que -parecía un tanto divertido- pronunció un —pssst pssst —que fue correspondido por un nuevo —pssst pssst —desde el exterior. Asustado, pero aún escéptico, profirió un —pssst pssst pssst —que esta vez pareció poner un punto final. Giró sobre sus talones y avanzó cinco pasos para salir del baño. Cuando iba a tirar de la puerta, escuchó nítida y con reciente firmeza un —pssst pssst pssst. Miró nuevamente en dirección a la ventana y notó que afuera había un niño de tal vez tres años de edad mirándolo gravemente con ojos vidriosos. Lucía bastante maltrecho, con el rostro, el cuello y los brazos cubiertos de barro, vistiendo una camiseta y un pantalón andrajosos. Tal visión le reportó un terror indecible, dada su conciencia de ser el único ocupante de la estropeada construcción.
Ella, que estuvo observando todo el suceso escondida tras la cortina, tuvo que cubrirse la boca con una mano para ahogar un grito de pánico y evitar ser descubierta, ya que la presencia del nuevo visitante era aterradora, pesada y densa.
Movida por un impulso inconsciente, se aferró a la pútrida cortina teniendo clínico cuidado de no hacer ruido. Continuó observando lo que sucedía del otro lado y se sorprendió al darse cuenta de que la textura plástica original de la grotesca colgadura cambió drásticamente, comprobando que se trataba ahora de una sedosa tela, y que en sí lo que estaba tocando era una cortina distinta, ubicada en una de las habitaciones del primer piso de la casa principal, es decir, dos niveles por encima del segundo sótano.
Observaba pues tras la cortina de tela. Vio a su compañero durmiendo en una cama. Estaba cubierto de tierra húmeda, y harapiento, como lo estuviera el niño en los instantes previos. El pequeño, en cambio, vestía un traje blanco y la piel de su rostro y brazos sufrían múltiples úlceras que ofrecían a la vista porciones importantes de tejido muerto, que, entretanto, era devorado por una legión de moscas cuyo incisivo zumbido invadía la estancia.
El espantoso infante rasguñaba el pecho del hombre, mientras este trataba de articular algunas palabras, de emitir un grito de auxilio, mas su lengua y músculos adormecidos entorpecían dicho intento, no consiguiendo más que pronunciar pesadamente una sarta de consonantes que denotaban pánico y desesperación.
Este cuadro la aterró, y quiso gritar también, pero se sintió impedida al percatarse de que la cortina, que era su trinchera, se trenzaba alrededor de ella, oprimiéndola con fuerza, acabando por inmovilizarla y ocasionando que, al igual que su pareja, fuera capaz tan solo de concertar una serie de balbuceos suplicantes e ininteligibles.
Una de las gatas de la mujer se encontraba cual fiel vigía en la parte inferior de la cama doble, justamente, en medio y a los pies de la pareja, y advirtió cómo el torbellino de gimoteos terminó por suscitar que ambos se despertaran entre sí.

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