DÍA 3
365
-Mario Mejía-
Día 3
Septiembre 7 de 2022, miércoles.
Transcurría el tercer día de mi viaje. Pasadas las dos de la mañana, persistía la tempestad, enfurecida a tal punto que la lluvia caía, según mis exiguas claridades geométricas, con unos treinta grados de inclinación, vertiéndose generosamente en el interior del balcón y en los corredorcitos situados debajo de este.
La naturaleza, iracunda y agitada como estaba, parecía, de alguna extraña manera, aguijonear mi mente inquieta y compleja, recriminándome por motivos que debía -quizá- sondear y tramitar durante mi travesía.
Me sentía exhausto en demasía, pero no lograba conciliar el sueño.
A las siete treinta de la mañana debía presentarme en el puerto para partir hacia Capurganá, por lo que era una idea prudente dejar todo listo para el viaje, pero estaba muy cansado para empacar, y demasiado ansioso y expectante para dormir.
Así pues, permanecí al menos una hora más de frente al vendaval, a una distancia precisa de las barandas que permitía que una que otra gota de agua acariciara mi rostro.
Al fin fui al dormitorio y reproduje en mi móvil, a un nivel de volumen "arrullador", una lista aleatoria de Trip Hop hasta caer finalmente dormido.
Tipo 8:40am, a bordo de la lancha, tal si cabalgara un manso palafrén, avanzaba rauda, sorteando las olas calmas propias del invierno.
Sentados a mi derecha, Doris y Juan Carlos, un matrimonio de veinte años que había viajado en moto hasta Necoclí, propiciaron con su actitud bonachona el discurrir de una fluida conversación de tres vías.
Doris, morena y delgada, vestía unas cuatro décadas, usaba gorra. Esbozaba una inmutable y astuta sonrisa que, combinada apropiadamente con su aire extrovertido, difería, a mi modo de ver, de su esposo, que, aunque sonreía prolíficamente, no reportaba -y fue algo que inferí basado en la mayoría de sus comentarios- precisamente una astucia decidida, y me resultó, en cambio, un tanto corto de entendederas.
Señalaron vivir en un pueblo antioqueño de nombre Pueblo Rico.
Dueños orgullosos de su finca allí ubicada, sembraban y comercializaban café, un estandarte tan colombiano que, triste y paradójicamente, se exportaba a precio de huevo -tal y como sucedía con innumerables recursos que abundan en territorio colombiano-, y en el exterior, previamente procesado, se le era conferido un exponencial valor agregado, siendo mucho mejor vendido.
Me contaron que producían, además, huevos, cebolla, tomate y otras hortalizas.
Doris me preguntó si sabía por qué no era nada recomendable guardar los huevos en el refrigerador.
Respondí que no sabía, y argumentó, con actitud altiva, que "las bajas temperaturas afectaban la membrana que se adhiere al interior de la cáscara, haciéndola porosa y permitiendo el ingreso de bacterias nocivas".
Navegábamos pues en pleno Golfo de Urabá. La embarcación accedió al departamento de Chocó por el municipio de Acandí -fronterizo con Panamá-, sorteando su sereno mar de un tono verde como postre de limón.
Allí, una media docena de tripulantes hizo trasbordo a una barcaza más pequeña que los llevaría a tierra firme.
Concluida tal maniobra, partimos de nuevo, y poco menos de media hora después, arribamos en Capurganá.
Esperé cerca del muelle a Checho, quien me ayudaría con el nutrido equipaje y me llevaría a la casa de su madre, Johana.
La conocí casi un año y medio atrás, finalizando un viaje de unos diez días por Sapzurro, Bahía Aguacate y lo que yo llamaba la "parte central" de Capurganá.
Pasé la última noche de esa travesía en La Bohemia, su hostal, donde tuvimos algunas interesantes conversaciones y se configuró un afable vínculo.
Mantuvimos contacto y puedo decir que ella, radicada en Capurganá hacía nueve o diez años, y su importante bagaje, tuvieron una importante y circunstancial incidencia en la toma de mi decisión de viajar.
Después de descargar mis maletas y descansar un poco en casa de mi amiga, caminé nuevamente hasta el muelle, bordeando la pista de aterrizaje de la aldea, atravesando la cancha y cruzando los pasillos previos al mismo.
Me senté pues a esperar a Johana, que estaba, por cuestiones de trabajo, de tour por San Blas, un archipiélago situado en jurisdicción de Panamá, compuesto por trescientos sesenta y cinco islas, de las cuales aproximadamente ochenta están habitadas.
No tardó mucho en llegar. Nos saludamos brevemente, dado que debía ponerse al día con migración y un par de asuntos más.
Entretanto, decidí escribir, consignando mis ideas en el bloc de notas de mi teléfono móvil.
Me percaté de que la batería agonizaba, y entre el agitado ir y venir de Johana resolviendo sus pendientes, le pedí me indicara un lugar donde me permitieran cargar el dispositivo.
Atendí su instrucción y acudí a un bar-restaurante aledaño al muelle, The Dock.
Respaldado por el oportuno tomacorriente, retomé la escritura.
Johana apareció en la puerta, entró al establecimiento, me saludó con premura y avanzó por un pasillo tras la barra.
Momentos después, se acercó a mí, acompañada de Jorge Becerra, propietario del lugar, a quien me presentó.
Después de una corta pero sustanciosa conversación con él, estaba acordada mi primera presentación musical en Capurganá, que tendría lugar allí mismo, dos horas después.
El hecho de que surgiera tal oportunidad, habiendo desembarcado hacía apenas unas horas, fue, como el ensayo de Bullerengue en La Mariápolis, en Necoclí, la manera perfecta de interpretar a La Providencia decretando para mí una buena fortuna.
Fui rápidamente a la casa de Johana en miras de un fugaz acicalamiento, y por supuesto, de recoger allí mi guitarra y demás efectos.
Coordiné con el encargado de un Tuk Tuk para facilitar mi desplazamiento.
A pesar de llegar con suficiente antelación a un acuerdo con el personaje en cuestión, se retrasó en su llegada, cosa que me molestó sobremanera, dado que siempre repudié llegar tarde, y siendo proclive a estar en el sitio convenido cinco o diez minutos antes de la hora pactada, pretendía lo mismo aquella noche, con el ánimo de contar con un pequeño lapso para instalar y llevar a cabo una ligera prueba de sonido antes de dar inicio al modesto recital.
Luego, Doralicia Moulie, una huésped en casa de Johana, de nacionalidad francesa, rubia, esbelta, muy blanca, explicó con su mal español que "ese era el ritmo del costeño caribeño promedio".
A pesar de la prisa, el concierto resultó más bien de lo que realmente esperaba, y, posteriormente, obtuve comentarios bastante alentadores por parte de los miembros de la audiencia, un grupo de turistas extranjeros, como también de Becerra.
Acto seguido, una mujer de procedencia cubana, según deduje por su acento, nos deleitó con un show de malabares que, potenciado por el roll antagónico del fuego en su número, resultó ser excitante.
Terminada la velada en The Dock, me desplacé a pie, con el océano latiendo a nuestra izquierda, acompañado de Johana, Checho y el grupo de turistas, a Macondo, un bar que hallé bastante divertido, considerando su generoso balcón con vista al mar cubierto de luna, sus particulares columpios colgando en la barra haciendo las veces de sillas, y la oportunidad de comprobar, tras un cómico escrutinio, la carencia de fluidez y sabrosura de los foráneos a la hora de bailar ritmos latinos.

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