DÍA 7
365
-Mario Mejía-
Día 7
Septiembre 11 de 2022, domingo.
Me levanté muy temprano para tomar una lancha a Sapzurro.
El día anterior acordé con Michelle que me desplazaría allí para apoyarla con el tema de la mudanza.
Mientras esperaba en el muelle el momento de abordar, recreaba en mi mente una conversación que sostenían, la noche anterior en Tres Soles, dos personas.
Eran dos hombres que calculé treintones, uno rubio, cabello largo, y el segundo, muy moreno y pelo enmarañado.
Comentaban que por esas fechas resultaba satisfactoria la pesca de calamar, por las grandes cantidades que se aproximaban a esa zona costera.
Logré entender que se usaba un anzuelo especial al que le adherían tiras de papel aluminio que emitían destellos que engañaban al calamar, que frente a tal ilusión óptica, los asimilaba como el brillo de las plateadas sardinas.
Como una hora después, desembarqué en Sapzurro.
Me sorprendió la gran cantidad de cosas que llevó Michelle consigo desde Santa Elena, aún dispuestas desordenadamente en el austero puerto.
Michelle, Polo, Edwin -de unos veintisiete años, cabello rubio y actitud graciosa-, Cristian -de tal vez veinticuatro, alto, moreno y delgado-, Dubán -escuálido, estatura promedio y semblante bobalicón- y yo pasamos el resto de la mañana, y durante toda la tarde, entregados a la ardua labor de trasladar su copioso trasteo desde el muelle hasta el hostal, situado en una zona boscosa, ascendiendo por la montaña.
Se trataba de un espacio muy amplio, repleto de vegetación, con tres edificaciones levantadas en madera. Una, la más grande, de dos pisos, consistía en las habitaciones de huéspedes y un amplio balcón en el segundo piso, y una espaciosa sala de estar, un comedor y un baño en la primera planta. La segunda, de menor tamaño, conformada por una cocina de generosas proporciones también; y una tercera -la más pequeña-, una cabaña con un recibidor frontal, también hecho en madera.
Me encantó que fuera un lugar tan tranquilo, lejos de avenidas, vehículos, polución y muchedumbres, en el que el único sonido detectado naturalmente era el del viento moviendo las ramas de árboles y palmeras, y el incesante canto de prolíficas especies de pájaros, reptiles e insectos.
Michelle manifestó su enfado por la cantidad de cosas que acabaron por quebrarse, al parecer, en el barco que hizo el cruce desde Turbo hasta Sapzurro.
Entre los artículos averiados, llamaron mi atención unas estatuillas cerámicas de Buda.
Pensaba en cómo, independientemente de que existiera o no una categórica correspondencia entre algunas personas y tal o cual religión, doctrina o corriente de pensamiento, cada vez era más común la presencia de imágenes provenientes de diversas culturas en la cotidianidad, en el marco de lo que podría denominarse -como me indicaba en conversaciones previas Natalia, una buena amiga radicada en el exterior- "Cultural Appropiation".
Al modo de ver de Natalia, "la mayoría de las personas que dicen ser afines al budismo, no lo son en realidad. Afirmaba que se trata de una simbología que es usada más bien para demostrar y hacerse creer a uno mismo que eso es en lo que se cree".
-Mario Mejía-
Día 7
Septiembre 11 de 2022, domingo.
Me levanté muy temprano para tomar una lancha a Sapzurro.
El día anterior acordé con Michelle que me desplazaría allí para apoyarla con el tema de la mudanza.
Mientras esperaba en el muelle el momento de abordar, recreaba en mi mente una conversación que sostenían, la noche anterior en Tres Soles, dos personas.
Eran dos hombres que calculé treintones, uno rubio, cabello largo, y el segundo, muy moreno y pelo enmarañado.
Comentaban que por esas fechas resultaba satisfactoria la pesca de calamar, por las grandes cantidades que se aproximaban a esa zona costera.
Logré entender que se usaba un anzuelo especial al que le adherían tiras de papel aluminio que emitían destellos que engañaban al calamar, que frente a tal ilusión óptica, los asimilaba como el brillo de las plateadas sardinas.
Como una hora después, desembarqué en Sapzurro.
Me sorprendió la gran cantidad de cosas que llevó Michelle consigo desde Santa Elena, aún dispuestas desordenadamente en el austero puerto.
Michelle, Polo, Edwin -de unos veintisiete años, cabello rubio y actitud graciosa-, Cristian -de tal vez veinticuatro, alto, moreno y delgado-, Dubán -escuálido, estatura promedio y semblante bobalicón- y yo pasamos el resto de la mañana, y durante toda la tarde, entregados a la ardua labor de trasladar su copioso trasteo desde el muelle hasta el hostal, situado en una zona boscosa, ascendiendo por la montaña.
Se trataba de un espacio muy amplio, repleto de vegetación, con tres edificaciones levantadas en madera. Una, la más grande, de dos pisos, consistía en las habitaciones de huéspedes y un amplio balcón en el segundo piso, y una espaciosa sala de estar, un comedor y un baño en la primera planta. La segunda, de menor tamaño, conformada por una cocina de generosas proporciones también; y una tercera -la más pequeña-, una cabaña con un recibidor frontal, también hecho en madera.
Me encantó que fuera un lugar tan tranquilo, lejos de avenidas, vehículos, polución y muchedumbres, en el que el único sonido detectado naturalmente era el del viento moviendo las ramas de árboles y palmeras, y el incesante canto de prolíficas especies de pájaros, reptiles e insectos.
Michelle manifestó su enfado por la cantidad de cosas que acabaron por quebrarse, al parecer, en el barco que hizo el cruce desde Turbo hasta Sapzurro.
Entre los artículos averiados, llamaron mi atención unas estatuillas cerámicas de Buda.
Pensaba en cómo, independientemente de que existiera o no una categórica correspondencia entre algunas personas y tal o cual religión, doctrina o corriente de pensamiento, cada vez era más común la presencia de imágenes provenientes de diversas culturas en la cotidianidad, en el marco de lo que podría denominarse -como me indicaba en conversaciones previas Natalia, una buena amiga radicada en el exterior- "Cultural Appropiation".
Al modo de ver de Natalia, "la mayoría de las personas que dicen ser afines al budismo, no lo son en realidad. Afirmaba que se trata de una simbología que es usada más bien para demostrar y hacerse creer a uno mismo que eso es en lo que se cree".
Opinaba también -en eso estaba de acuerdo- que la práctica del budismo en la cultura occidental es en extremo complicada, moviéndonos como lo hacemos en una sociedad ultra capitalista y consumista.
Considerando uno de los pilares del budismo, el desapego, se me antojó asimilar la numerosa cantidad de cosas que movíamos sin cesar como su antítesis, y visualicé en mi cabeza a un caracol llevando adonde quiera que vaya, a cuestas, su pesada casa.
Un rato después hablaba con Polo sobre el mismo asunto.
Establecida en una zona rural de Turbo, declaraba que "llevando aquel rudo estilo de vida se había dado cuenta de lo innecesario que resultaban ser muchísimas cosas que terminábamos por normalizar y catalogar como imprescindibles".
Concluimos la mudanza a eso de las 6:30pm.
Descansamos un rato, reunimos fuerzas y caminamos hasta una bonita playa donde la serenidad y transparencia del mar nos invitó a disfrutar de él. Sin duda, aceptamos su noble invitación.
Más tarde, Dubán nos habló de un hostal muy bonito, con una vista imponente, y aseguró ser amigo de la administradora.
Nos sugirió ir al lugar para tomar algo y disfrutar del agradable espacio.
Ascendimos por la montaña a través de un caminito con vegetación muy espesa a izquierda y derecha, bajo una incipiente noche llena de estrellas y escuchando el inhóspito y placentero canto de insectos, ranas y aves.
Llegamos al lugar, Hostel Casa Mola. Nos sentamos en un deck, con el mar de fondo, y reconocí que lo había visitado en un viaje previo mediante una chica bogotana que conocí en "El hostal del chileno" -también en Sapzurro- hacía un año y medio aproximadamente, y que pintó un mural justamente ahí.
De igual forma, al ver a Chloe, la chica a cargo del hospedaje, una mujer rubia, muy delgada, de rostro hermoso, ojos verdes y nacionalidad francesa, supe que también coincidimos donde el chileno.
Pasamos ahí un resto de noche agradable, entre la buena música, unas cuantas cervezas y muy buena conversación.
Considerando uno de los pilares del budismo, el desapego, se me antojó asimilar la numerosa cantidad de cosas que movíamos sin cesar como su antítesis, y visualicé en mi cabeza a un caracol llevando adonde quiera que vaya, a cuestas, su pesada casa.
Un rato después hablaba con Polo sobre el mismo asunto.
Establecida en una zona rural de Turbo, declaraba que "llevando aquel rudo estilo de vida se había dado cuenta de lo innecesario que resultaban ser muchísimas cosas que terminábamos por normalizar y catalogar como imprescindibles".
Concluimos la mudanza a eso de las 6:30pm.
Descansamos un rato, reunimos fuerzas y caminamos hasta una bonita playa donde la serenidad y transparencia del mar nos invitó a disfrutar de él. Sin duda, aceptamos su noble invitación.
Más tarde, Dubán nos habló de un hostal muy bonito, con una vista imponente, y aseguró ser amigo de la administradora.
Nos sugirió ir al lugar para tomar algo y disfrutar del agradable espacio.
Ascendimos por la montaña a través de un caminito con vegetación muy espesa a izquierda y derecha, bajo una incipiente noche llena de estrellas y escuchando el inhóspito y placentero canto de insectos, ranas y aves.
Llegamos al lugar, Hostel Casa Mola. Nos sentamos en un deck, con el mar de fondo, y reconocí que lo había visitado en un viaje previo mediante una chica bogotana que conocí en "El hostal del chileno" -también en Sapzurro- hacía un año y medio aproximadamente, y que pintó un mural justamente ahí.
De igual forma, al ver a Chloe, la chica a cargo del hospedaje, una mujer rubia, muy delgada, de rostro hermoso, ojos verdes y nacionalidad francesa, supe que también coincidimos donde el chileno.
Pasamos ahí un resto de noche agradable, entre la buena música, unas cuantas cervezas y muy buena conversación.

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