DÍA 4
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-Mario Mejía-
Día 4
Septiembre 8 de 2022, jueves.
Eran las 9am. De pie frente a un mar cristalino, pensé en lo mucho que me gustaba la deliciosa convergencia de la selva y la playa. Me vino a la mente un pedacito de la canción Beautiful, de Gustavo Cerati, con la que de inmediato me sentí muy identificado, "nunca tan alto caí".
Me pasó lo mismo con un segmento de una de Estados Alterados que no cesaba de orbitar en mi cabeza desde el primer día de mi viaje, recién llegado a Necoclí, "no hay pecado que me salve de este paraíso", y que minuto tras minuto se reafirmaba.
Entré en el agua por un rato, presa como estaba del calor, y agradecí al Universo una vez más el océano que me acogía, y mi facultad innata de absorber la vida, viviéndolo con vehemencia.
Pasé por The Dock -el lugar donde me presenté la noche anterior- por mi guitarra y otro par de cosas que me permitieron dejar allí guardadas.
A continuación, caminé a la casa de Johana -con quien, por cierto, había tenido poca oportunidad de hablar, debido a su trabajo con el grupo de turistas- con el fin de preparar algo para almorzar.
Ahí encontré a Checho, su hijo.
Era un joven de quince años de edad, trigueño, delgado, de estatura media, cabello oscuro y ligeramente largo, con un rostro muy parecido al de su mamá.
Me pareció un muchacho admirable, demasiado centrado e independiente para su edad, de inteligente mirada y portador de una buena disposición que brillaba por su autenticidad y espontaneidad.
Cocinaba excelentemente bien. Le pregunté cómo y dónde aprendió a desenvolverse tan bien en el arte de cocinar, y me explicó que lo hacía desde los ochos años.
Comimos juntos y conversamos agradablemente.
Más tarde, decidí hacer una caminata bordeando la costa, en busca de uno de tantos lugares espléndidos tan característicos en Capurganá, en el cual sentarme a escribir.
Avancé inmerso en el seductor canto de las olas y divisé, a unos treinta metros, una demarcación que reverdecía encantadora.
De inmediato, decidí que esa sería mi sede, apreté el paso y llegué a una zona muy plana, cubierta de un césped muy fino y esmeraldado que tapizaba el sitio.
Me senté, recostado contra el tronco de una de las palmeras. Detrás, la espesa selva chocoana; al frente, una porción importante de una grama que pareciera haber sido reciente y curiosamente podada, y luego, el hermoso mar de un deleitable color aguamarina.
Me ocupé de la escritura y constituyó un inmenso placer el sentir la fresca brisa marina y disfrutar del perpetuo concierto de las olas.
Se acercaron a mí dos jóvenes artesanos e intercambiamos saludos. Se trataba de Julián Jaimes y Sebastián Chitiva, provenientes de la ciudad de Bogotá.
El primero era muy delgado, bastante alto, moreno y de su cabeza pendían unas rastas largas y enmarañadas.
Sebastián, por su parte, era un poco más bajo, blanco, de cabello corto, un tanto fornido.
Me contaron que habían llegado a Capurganá hacía pocos días, y que se quedarían un par más antes de viajar a Panamá.
Finalmente, me obsequiaron una de las manillas que, entre otras cosas, fabricaban, y se despidieron sonriendo.
Escribí hasta el momento del anaranjado ocaso de la tarde, momento en que, de repente, los voraces mosquitos se encargaron de desterrarme de ahí.
De vuelta al muelle, observé con asco, tiradas sobre el pasto, una cajetilla vacía de cigarrillos y una botella plástica, y me pregunté por enésima vez -con asco- qué diablos tenían muchas personas en la cabeza.
Me senté en el balcón del muelle y continué escribiendo.
Como una hora después supe que Johana y su grupo estaban en Tres Soles, un lugar de comida italiana.
Caminé hasta el restaurante y comprobé que se trataba de un lugar encantador al lado de la playa.
Di un breve saludo a Johana y los vacacionistas y, acto seguido, me saludó un hombre de unos cuarenta años, alto, blanco, de pelo muy corto.
Me presenté y él hizo lo mismo. Me contó que todo el mundo lo conocía como Fercho, que vivió la mayor parte de su vida en la ciudad de Medellín, puntualmente en El Poblado, y que era el dueño del restaurante, al igual que de un hostal ubicado justo en frente.
Hablamos en torno a la música. Indicó lo mucho que le gustaban las bandas de rock españolas, y fue insistente en recomendarme una de nombre "Extremoduro", de la cual yo había escuchado tan solo unas cuantas canciones.
De nuestra amena conversación musical surgió para mí una segunda presentación que llevaría a cabo el día sábado.
Esa noche sentí una especie de prevención y reserva al pensar en irme a dormir, agobiado por lo que concebí como un incipiente trastorno de sueño.

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