DÍA 6
365
-Mario Mejía-
Día 6
Septiembre 10 de 2022, sábado.
Desayuné en el muelle.
Era una mañana de sábado fresca y gris.
Observé a numerosos turistas y migrantes desembarcando de catamaranes que llegaban cada diez o doce minutos.
Debía ir al Dock por algunos efectos que seguían allí desde la presentación del miércoles, y desplazarme a Tres Soles con ellos.
Allí encontré a Ciro, uno de los trabajadores de Becerra, un hombre de escasos cuarenta años, dorado por el sol, una llamativa cresta rubia y actitud despreocupada.
Lo acompañaba Iñaki Yanci -de cuya asistencia al concierto, realmente, no me percaté aquella noche-, que se acercó y me dio una palmadita en la espalda señalando que había disfrutado mucho del toque tres días antes.
Iñaki era oriundo de Pamplona, capital de la provincia de Navarra en el norte de España.
Tras una breve conversación, dejó muy clara su eterna admiración por Paco de Lucía.
Me contó que saldría de Colombia en los próximos días, llevando consigo un recuerdo muy grato del departamento chocoano y de sus gentes.
Me dirigí pues a Tres Soles y decidí que lo mejor era buscar a Fercho en el hostal del mismo nombre, justo en frente.
En el corredor de entrada estaban sentadas dos mujeres jóvenes, huéspedes del hostal.
Me indicaron que Fercho estaba por fuera, pero que estaría pronto de vuelta.
Me senté en el mirador de la pizzería para esperarlo y recibí una llamada.
Dos o tres días antes, me había enterado de que Michelle Zapata, quien fuera mi amiga y compañera unos seis años atrás, había decidido desplazarse desde la montaña hacia el mar.
Radicada en Santa Elena, un corregimiento ubicado a treinta y cinco minutos de Medellín, optó por mudarse a Sapzurro, donde adoptaría la figura de administradora-mayordomo de un hostal.
Me llamó pues en ese momento preguntándome si yo estaba en Capurganá.
Minutos después me encontré con ella y una amiga que la acompañaba desde Turbo, de nombre Vanessa Polo.
Michelle rondaba los cincuenta. Era una mujer de mediana estatura, trigueña, entrada en carnes y en aquella ocasión iba con el cabello muy corto.
Polo -como la llamaban-, por su parte, de estatura muy baja, veintidós años, morena, ojos grandes muy expresivos y unos dreadlocks que pendían desde su cabeza hasta la cadera, vivía en Turbo con su novio y cursaba el sexto semestre de Ecología de Zonas Costeras en la sede que la Universidad de Antioquia tenía en aquel municipio de la subregión de Urabá.
Tomamos asiento en un modesto lugarcito donde comimos fruta fresca, mientras enfatizamos en la coincidencia espacial y temporal de Michelle y yo -Sapzurro está a diez minutos de Capurganá en lancha- con objetivos personales similares.
Me contaron que la noche anterior disfrutaron de una obra de teatro en la universidad, y ambas estuvieron de acuerdo en que la obra, aunque triste y desgarradora, fue bastante buena.
[Érase una vez en Pueblo Bello] -así se llamaba la representación- a grosso modo, giraba en torno a un grupo de paramilitares que fueron enviados a ese pueblo "por cuarenta y dos muertos".
Aleatoriamente, irrumpían en algún lugar, arrebatando la vida de personas que nada tenían que ver con su organización. A continuación, ponían los cadáveres en un camión, y, víctima tras víctima, se acercaban a la fatal cifra que sus superiores les habían encargado.
De forma paralela, se centraba en un personaje, un señor que se desplazó a Pueblo Bello y no hizo allí otra cosa que trabajar dura y honestamente.
Un día, avanzaban por una carretera los paracos en camionetas y el camión con su cargamento mortuorio.
Satisfechos de transportar los cuarenta y dos muertos que debían reunir, advirtieron que a unos pocos kilómetros caminaba en dirección a ellos una persona. Se trataba del honrado trabajador que mencioné.
Riendo jocosamente, y con despiadada naturalidad, bromearon diciendo que ya contaban los cuarenta y dos, pero que ajustar cuarenta y tres sería un buen plus.
Descendieron de los vehículos y lo mataron a sangre fría.
Después de platicar un buen rato y de llegar a algunos acuerdos, acompañé a Michelle y a Polo al muelle para que tomaran la pequeña embarcación que las llevaría a Sapzurro.
Las horas siguientes estuve en función del recital de esa noche, ultimando, entre otros detalles, el repertorio que iba a presentar.
El concierto, enaltecido por el apacible lugar con vista al mar, y por un público nutrido y muy receptivo frente a mi presentación, estuvo más que bien.
Fercho -como dije, dueño del lugar- puso sobre la mesa una propuesta importante.

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