DÍA 27
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-Mario Mejía-
Día 27
Octubre 1 de 2022, sábado.
La bióloga y yo acordamos caminar a la reserva natural El Paraíso esa mañana.
Me contó que al extenderle la invitación a Ondina, ella le respondió románticamente: "hoy estarás conmigo en el paraíso", explicando que iría allí a nuestro encuentro horas más tarde, después de atender algunos pendientes.
Unos días antes, un motocarguero le había indicado a Isabel que la reserva que pretendíamos visitar estaba cerrada temporalmente, lo que hizo resonar en mi mente un pedacito de una canción del argentino Fito Páez, "Del 63": "¿qué pasa en la tierra que el cielo cada vez es más chico?"
Con todo, emprendimos camino. Isabel, amante empedernida de la música, reproducía en el altavoz de su teléfono móvil la canción "Gente de mierda", de Chenta Tsai Tseng, músico y activista al que, siendo español de ascendencia china y de muy marcadas facciones asiáticas, sus connacionales le gritaban en la calle "Putochinomaricón", injuria verbal que pasaría a ser su nombre artístico.
Mientras caminábamos, me preguntó si lo que hacía en mi móvil era escribir. A mi respuesta afirmativa, cuestionó si no era más cómodo para mí sentarme al final del día y construir una redacción completa. Le expliqué que así procuraba hacerlo, pero que me resultaba muy útil tomar notas de ideas sueltas durante el día, y, posteriormente, concatenarlas, tejiendo un texto final. De esa manera, evitaba olvidar detalles de los que no quería prescindir.
Habló sobre lo dispersa que suele ser la mente, y de cómo, muchas veces, vamos más allá, responsabilizando a otros de nuestros pendientes con el típico: "no me dejes olvidar de".
Ascendimos quizá durante una hora, atravesando cerca de una docena de arroyos de agua dulce, fría y cristalina. Agradecí la sombra casi permanente que nos brindaba la flora prominente de la zona.
Cerca a la orilla de un riachuelo, nos topamos con una Iriartea deltoidea, de la familia de las palmeras Arecaceae, también llamada "Palma Cachuda o Zancona". Se dice que "camina", dado que su grupo de raíces aéreas, siempre buscando agua, desdeñan los tallos viejos y generan unos nuevos, fenómeno que ocasiona un desplazamiento de aproximadamente un metro por año. Suelen ser tan altas que sobresalen del dosel arbóreo.
Llegamos a la reserva. A excepción de Adela, una señora de unos cincuenta años, de baja estatura, morena, reinaban allí la soledad y el silencio.
Extendió una sábana blanca en un alambre, se aproximó a nosotros, nos saludó y nos indicó que podíamos hacer uso de la piscina natural de agua dulce, y que ella podía, si así lo deseábamos, vendernos cerveza y otras bebidas.
Le dimos las gracias por la información y decidimos ir más allá. Caminamos arroyo arriba; luego, a través del bosque, y alcanzamos un terreno bastante empinado. Nos ayudamos echando mano de una cuerda que colgaba desde un punto más alto, evidentemente dispuesta allí para tal propósito. Sorteamos la pendiente, ascendimos otro tanto y poco después estábamos en el interior del inmenso tronco de un árbol. Tendría siglos e historias qué contar, majestuoso, gigantesco y prístino. Tal vez unos quince metros por encima del piso tenía un agujero a través del cual ingresaban plateados rayos de sol que rasgaban la densa y húmeda tiniebla que dominaba ese asombroso espacio. Los murciélagos volaban allí adentro por montones, algunos, en círculos, aparentemente alterados por la luz invasora que entraba por aquel orificio, otros, introduciéndose bajo la parte interna de sus vastas y musculosas raíces. El interior de aquel gigante era tal, que unas diez o doce personas podían estar ahí de pie sin apilarse estrechamente.
Permanecimos allí por espacio de media hora, aproximadamente, y decidimos volver sobre nuestros pasos.
De vuelta, entramos en la finca de una señora que preparaba y vendía comida. Me sirvió un plato de arroz con pollo, acompañado de dos generosas porciones de yuca cocida.
Isabel, por su parte, optó por tan solo beber una cerveza.
Retomamos el descenso, y al preguntarme mi opinión sobre el almuerzo, apunté que estuvo delicioso, pero me habría hecho muy feliz, en lugar de la yuca, haber contado con dos o tres deliciosas papas, a lo que acotó que la primera es uno de los alimentos más saludables que pudiésemos comer, ya que por ser sus raíces con almidones la parte aprovechable, están totalmente libre de químicos pesticidas.
Le pedí a Isabel que nos detuviéramos en un lugar en el que quería hacer una averiguación. Lo hicimos y hablé con la persona competente, obteniendo información muy alentadora para mí, por lo que, probablemente, sería aquel sitio algo de lo que tendría mucho por hablar a corto y mediano plazo.
Coincidencialmente, muy cerca de allí residía Neyl, a quien había visto alguna vez en Tres Soles. Lo saludé desde el camino. Me devolvió el saludo y nos invitó a pasar. Era un hombre que rondaba los cincuenta, muy delgado, piel blanca, vestía algunas canas, muy apacible.
Nos contó que veinte años atrás decidió abandonar Medellín en busca de una vida más tranquila para él y sus hijos. Los últimos diez los había pasado en Capurganá.
Mientras conversábamos, vi a Ondina, que subía por el camino. La llamé y un par de minutos después estaba sentada con nosotros. Le presenté a Neyl, en quien su nombre tuvo un efecto muy especial, atendiendo a la connotación hídrica que lo revestía.
Era pues Neyl un personaje muy interesante con el que sospeché tendría muchas cosas sobre las qué platicar.
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Esa noche terminó con una nueva presentación musical en Tres Soles, aprovechando la tregua climática. Estuvo bastante bien.

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