DÍA 35

365

-Mario Mejía-


Día 35

Octubre 9 de 2022, domingo.



Tífany me pidió que le mostrara un lugar especial. 

Caminamos hasta el refugio de Sonia y Remberto, La Coquerita.

Desplazarse a ese paraje garantizaba un deleite visual, pudiéndose divisar playas, islotes yermos, paisajes selváticos, acantilados y una fauna prolífica, acariciados los oídos por el vaivén del mar, por sus olas rompiendo contra la roca y por el cantar de pájaros e insectos.

Llegamos a destino y quedó fascinada desde el primer instante, contemplando sus pozas de agua fresca y dulce, la cabaña construida por la pareja y el imponente paisaje que podía apreciarse desde los decks de madera allí construidos.

Sumergirse en las piscinas constituía una apacible recompensa después de haber caminado durante casi una hora.

Comimos y bebimos café y chicha de tomate de árbol, que preparó una joven de unos diecinueve años, esbelta y trigueña, por instrucción de Sonia.

Me dispuse a escribir, sentado en una de las plataformas, y entretanto, mi amiga disfrutó al máximo el lugar y practicó algo de yoga.

Algo llamó la atención de Tífany. Era uno de los letreros en madera que se hallaban dispuestos en varios lugares del albergue. Aquel consistía en un tabloncito pintado con un fondo vinotinto y un párrafo escrito en color blanco, con muy buena caligrafía. Decía:


"Invisibilizar el trabajo femenino es una de las herramientas del patriarcado.

En este espacio hay una mujer que pinta, diseña, construye, realiza mosaicos, conexiones eléctricas, cría hijos, administra, guisa, cose, teje, etc.

Esto que ves a tu alrededor no es solamente la obra de UN HOMBRE, aquí también hay UNA MUJER".


De inmediato, lo asoció con algo. En una de las paredes de la cabaña se exhibía una publicación de un periódico en la que se narraba cómo llegó Remberto a ese lugar; cómo lo descubrió; los motivos que lo hicieron tomar la decisión de radicarse allí y un breve resumen de lo que pasó en adelante durante más de dos décadas.

Tífany adujo, a grosso modo, que a duras penas se hacía mención de Sonia, y eso porque tiempo después se convirtió en la compañera de vida de Remberto y tuvo dos hijos con él. 

El texto contenido en el letrero, claramente, denotaba cómo la prensa -y finalmente, la sociedad- atribuía todo el mérito de aquella atípica historia a la figura masculina, relegando el roll de Sonia, que fue, sin duda alguna, igualmente relevante.

Mi amiga llamó la atención de la mujer. Esta era de nacionalidad argentina, tenía unos mal contados cincuenta años, alta, blanca, lucía algunas canas, ojos claros y actitud muy seria.

La saludamos nuevamente. Tífany le preguntó si ella fue quien pintó y colgó el letrero, a lo que aportó una respuesta afirmativa. 

Apuntó que ya no vivía de lleno en la Coquerita. Se mudó a Capurganá y todos los días iba y venía entre la aldea y el refugio.

Explicó que anteriormente, en las temporadas bajas, en vista de que llegaban muy pocos turistas, permanecía allí y dedicaba parte de su tiempo a hacer artesanías, leer y escribir. Luego, las cosas cambiaron, y sin importar que no fuera temporada alta, empezaron a llegar visitantes todos los días. Hubo un período en el que tuvieron un flujo de trabajo tan alto, que se agotó demasiado, e inclusive, se enfermó. En ese momento decidió desplazarse al pueblo.

Tífany le manifestó su duda en torno al proceso de desprendimiento cuando decidió dejar su vida en Argentina y migrar a Colombia. Su punto de vista al respecto era diáfano. Expuso que para ella ese tema dependía del momento de la vida. En su caso, cuando cumplió veintiún años, se dedicó a viajar por un tiempo. Regresó a su país, terminó un profesorado que estaba haciendo allí, y emprendió una nueva aventura. Llegó a Colombia a los veinticuatro años. Fue puntual al agregar que no tenía una idea muy clara sobre lo que quería hacer con su vida, pero sí tenía la certeza plena de que no quería vivir más en Buenos Aires, y en general, no le interesaba saber nada de la vida citadina, buscando, en cambio, un devenir alejado y sosegado. 

Tiempo después, como narré en fechas previas, conoció a Remberto, se enamoraron y decidieron convivir en el refugio. 

Fue más tarde cuando se hizo cuestionamientos del tipo "¿por qué decidí aislarme de todo?". Empezó a echar de menos la movida cultural que tenía lugar en otras partes, y en consecuencia, a sentir que se estaba perdiendo de algo.

En el año 2020, por decirlo de alguna manera, sus dudas se aclararon, y reafirmó lo acertado de su decisión, valorando nuevamente el estilo de vida que llevaba.

Nos contó que sus amigas, que siguieron una senda corriente, tuvieron logros académicos importantes, premios y reconocimiento. Ella, por su parte, asumió un proceso muy distinto, dado que en su punto de giro ella no estaba dispuesta a fluir de esa manera, ni a hacer maestrías ni doctorados. En lugar de eso, atendiendo al llamado de sus intereses reales, se dedicó a sembrar, a dibujar, a hacer artesanías, entre otros ejercicios de su gusto.

Finalmente, relató que Cantil, el primer hijo que tuvo con Remberto -que nació en un bote, en medio del océano- tenía para ese entonces veinticuatro años y una vida en Capurganá.

Después nació Alegría, su segunda hija, sobre cuya edad no tenía claridad. También vivía en la aldea.

A las 5pm nos despedimos y caminamos de vuelta a Tres Soles, donde después de dos días sin tocar, tuvo lugar nuevamente un caluroso recital que contó con la presencia de un público nutrido y receptivo.

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