DÍA 36
365
-Mario Mejía-
Día 36
Octubre 10 de 2022, lunes.
Por esas fechas me sucedía algo curioso. Me despertaba a las 3 ó 4am, y abrazado por la oscuridad, desorientado, no recordaba dónde estaba. Esa madrugada, me pareció yacer boca arriba sobre uno de los decks de la Coquerita, lugar que visité el día anterior. Aletargado, pensé que quizá me había quedado dormido ahí, y ni Sonia, ni Remberto, se habían percatado de mi presencia.
En esa ocasión, como me había ocurrido en las anteriores, tras un lapso corto y ya despierto, las ideas se acomodaban en mi cabeza y constataba mi realidad y mi ubicación.
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Me reía solo al recordar una cómica historia que me contó Felipe la noche anterior. Relató que tiempo atrás -ya estaba instalado en Capurganá- era la comidilla del pueblo, escuchando a la gente cuchichear a su paso.
Resulta que tenía una novia que no brillaba precisamente por virtudes como la lealtad y la fidelidad. Al parecer, todos en la aldea, excepto él, sabían que hacía tiempo ella lo estaba engañando con otro tipo.
Un día alguien le pidió prestada a Felipe su bicicleta. Era el gatillero de un grupo criminal, encargado en ese entonces de asesinar a aquellos que dicha organización le ordenaba. El personaje en boga conservó la bicicleta durante una semana, y se paseaba por todos y cada rincón del pueblo, a la vista de sus habitantes.
Finalmente, le devolvió el artefacto a Felipe, que de ahí en más advirtió que aquella molesta situación en la que la gente murmuraba a sus espaldas, tuvo fin.
Posteriormente, se enteró de que los chismosos le rendían pleitesía, y que andaban diciendo cosas como "es mejor no molestar ni hablar mal de Pipe, acaso ¿no han visto que está andando en la bicicleta del matón del pueblo, y que lo más seguro es que son amigos?".
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A eso del mediodía estaba sentado con Tífany en el mirador Tres Soles. Ella hacía trabajo virtual y yo me hallaba entregado a una escritura apasionada.
Un rato después, llegaron Diego e Iván y se sentaron a unos metros de nosotros.
El primero nos contó un anécdota peculiar.
Felipe tenía dos gallos finos -gallos "de pelea"-, uno viejo y uno joven, padre e hijo. El mayor era "mono" -así se expresó Diego- y su descendiente, rojo. Indicó que la mañana anterior estaba limpiando los ventiladores del primer piso de la cabaña de Iván y su familia. De repente, vio que otro gallo -el de la casa de Iván, un gallo común- pasó corriendo. Huía despavorido del gallo mono de Felipe, el padre, que invadió la propiedad, y, malhumorado, quería causarle un perjuicio evidente al ave local. Fercho, que se había unido al grupo hacía unos minutos, sugirió que el gallo amarillo estaba en un mal día, con lo que estuvimos de acuerdo. Diego corrió tras ellos y vio que el fugitivo, el criollo, se enredó en un alambre al tratar de escapar por un agujero. El agresor aprovechó esa oportunidad, se le echó encima y lo atacó con rudeza haciendo uso de su arsenal de garras y pico afilado, dejándolo gravemente herido y cubierto de sangre. Diego tomó en sus manos a la pobre víctima moribunda, y entretanto, el atacante huyó corriendo. Nery, la madre de Iván, trató de darle captura, pero el encarnizado bípedo era raudo y escurridizo. Presa de la ira y la frustración por no haber podido finiquitar su acto homicida, regresó a la cabaña de Felipe, donde dio muerte al juvenil gallo rojo, que no era otro que su propio hijo.
Cuando Diego terminó de hablar, no pudimos menos que reír y convenir jocosamente que no había para aquel relato un nombre más acertado que "la historia del gallo sicario".
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Esa tarde fui caminando donde Jaravid, un hippie que tenía una propiedad camino al Cielo y al Paraíso, las reservas naturales que referí anteriormente. Era un hombre que contaba tal vez cinco décadas, delgado, estatura promedio, cabello blanco muy corto y una barba larga y canosa que pendía hasta su pecho. Las dos veces que lo vi -aquel día y en mi visita previa- estaba descalzo, sin camiseta, vistiendo tan solo una modesta pantaloneta, situación que dejaba a la vista numerosos tatuajes de gran tamaño que se extendían por todo su cuerpo.
Unas semanas antes, pactamos que me rentaría una zona verde en la que planeaba acampar por unos meses. No obstante, esa tarde me puso al tanto de que un viejo amigo suyo llegó desde Medellín y estaba ocupando ese espacio.
Me despedí y de regreso decidí visitar a Neil, un vecino de Jaravid -y amigo de Fercho-, con quien tuve la oportunidad de conversar también la primera vez que hablé con el hippie en cuestión. Preparó café negro que compartimos con Esteban, un joven que estaba sentado con él a la mesa en el momento en que yo llegué. Era un hombre de 27 años, blanco, enérgico, fornido y de semblante malicioso. Lucía un pintoresco corte de cabello. Relató que seis meses atrás decidió dejar Medellín y viajó a Capurganá con su esposa, que según me contó, daría a luz en las semanas próximas. Esteban trabajaba como guía de migrantes, y señaló mantener cierta estabilidad económica obteniendo generosos ingresos que recibía en dólares por parte de aquellas infortunadas personas. Explicó que se adentraba con ellos en el Darién, llevando a cabo una travesía de cinco días. Los dejaba en un punto específico, donde pasaban a recibir orientación por parte de otro guía, así que retornaba a Capurganá cerrando un ciclo y dando inicio a uno nuevo al ser contratado por otro grupo de peregrinos. Luego, le conté a Neil sobre mi plan fallido de campamento. Me propuso asentar mi tienda de campaña a cierta distancia de su cabaña, sugerencia que me quedó dando vueltas en la cabeza por tratarse de un territorio rural muy tranquilo, silencioso, aislado de muchedumbres y dinámicas agitadas, rodeado de árboles y muy cercano a los diez o doce cruces de agua fría y dulce que atravesé con Isabel el día que visitamos El Paraíso. Era, sin duda, un lugar idóneo y libre de distractores para escribir durante el día, antes de tocar en Tres Soles, en las horas de la noche.
Agradecí a Neil por su gentil ofrecimiento y acordamos vernos pronto.

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