DÍA 28

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-Mario Mejía-


Día 28

Octubre 2 de 2022, domingo.



Fui una vez más a Luna Escondida con el ánimo de escribir. Su tranquilidad era una atractiva invitación a hacerlo. El día era radiante y el fulgor del sol acentuaba el color verde esmeralda del jardín.

Saludé brevemente a Yésica, a la que encontré un poco agobiada por algún asunto de índole financiero del hotel.

Me instalé en el amplio quiosco buscando sombra y me entregué a avanzar en un texto.

Más tarde llegó Michelle. La acompañaba su fiel perrita Rita Mayonesa. Arribó a Capurganá el día anterior. Pasó la noche en La Posada del Gecko, un hotel ubicado a muy poca distancia de Tres Soles, del que, al igual que Luna Escondida, también era dueño el italiano Alberto.

Ese domingo hizo mercado y decidió ir a saludar a su vieja amiga Yésica.

Charlamos los tres y Michelle nos habló un poco más sobre el primer encuentro literario que mencioné antes.

Al día siguiente, Ondina, Isabel y yo haríamos una caminata desde Capurganá hasta Sapzurro, donde, entre otros parajes, planeamos visitar el pozo de agua dulce del que me hablaron Gilma y Dubán unas semanas antes, la tarde en que nos refrescamos en la Cascada La Diana. Pasaríamos la noche en Sapzurro, para en la mañana del martes emprender camino -también a pie- hacia La Miel, primera población panameña, fronteriza con el departamento del Chocó.

Acordé con Michelle nuestro alojamiento en la Gata Negra.

Esta se despidió para retornar al hostal en Sapzurro. Un par de horas más tarde, después de haber adelantado un poco, me despedí de Yésica y me dirigí caminando a Playa Piedra, donde escribí un rato más y me deleité contemplando el cielo despejado de una tarde espléndida, y uno de los más bellos vestidos azules que había visto lucir al mar.

Esa noche tocaría en Tres Soles, así que decidí retornar flaqueando la playa.

Llegué a un punto en el que el mar y una ciénaga que propendía a la zona selvática eran divididos por una delgada franja de piedra y arena. Así había sido en ocasiones anteriores, pero esa tarde usaba jean y botas, así que, evitando mojarme, opté por devolverme para tomar el camino boscoso, dado que la marea subió, formando un canal de cierta profundidad que conectaba el agua dulce con la salada.


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Esa noche musical resultó bastante productiva y divertida para mí, alentado por un número importante de personas que visitaron la pizzería.

Terminado el concierto, fui con Ondina a la playa de arena. Allí la observé realizando un par de sus diestras acrobacias. Luego, tomamos un largo baño de agua salada, acompañados de una luna tímida que desapareció en el momento menos pensado.

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