DÍA 33

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-Mario Mejía-


Día 33

Octubre 7 de 2022, viernes.



Me sentía ansioso y mi amiga lo notó. Mencionó que tal condición obedecía a que mi mente estaba yendo más rápido de lo que realmente sucedía en la realidad.

Me dije que tal vez tenía sentido, debido a la incertidumbre y a cierta vulnerabilidad frente a a algunos asuntos.

Aquel tema trajo consigo un recuerdo doloroso, a saber, la muerte de Fidel, un perrito que Tífany adoptó en el año 2020, y que, siendo aún un cachorro, trepó a una ventana de su apartamento en Medellín y saltó al vacío desde un noveno piso.

Para su sorpresa, sobrevivió a semejante impacto, pero aproximadamente una hora después falleció en una clínica veterinaria.

Esa mañana, me habló de lo vulnerable que se sintió con esa pérdida.

Conocí a Fidel e interactué bastante con él, por lo que cabe anotar que el infortunado suceso fue doloroso y triste también para mí.


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La tarde transcurrió entre tratar de escribir y buscar con mi amiga un lugar en el cual pudiera establecer conexión para llevar a cabo una de las entrevistas virtuales que hacían parte de la investigación que estaba realizando. Conseguimos que en un hotel le compartieran la red a cambio de dinero.

Terminada su reunión, le pedí me acompañara a casa de Johana. Decidí recoger las pocas cosas que tenía guardadas allí, pensando en los planes que había estado tejiendo, y que quería poner en marcha en las próximas semanas. Mi amiga no estaba en casa. Había partido para un nuevo tour por San Blas, y unos días después viajaría a Cuba, donde pasaría un tiempo. Checho tampoco estaba. Asumí que se encontraba cuidando la casa de su amiga, de camino a la Bahía Aguacate.

Encontramos a Fernando -el inquilino de Joahana-, a quien dimos un saludo rápido. Lo puse al tanto del motivo de mi visita, recogí mis libros -todos los tenía allí desde mi primer día en Capurganá, y como señalé antes, no había tenido un respiro para acercarme a ellos, leyendo últimamente solamente textos cortos y circunstanciales- y, con la ayuda de Tífany, los llevé a Tres Soles.


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Después de tocar dos canciones, decidí desconectar y dar por terminada la sesión musical de esa noche.

Pensé en tres clases de público, y debo admitirlo, ese día me sentía bastante intolerante frente a los allí presentes.

Algunas veces, asistían grupos proclives a los géneros musicales que presentaba, y era por ende el escenario más favorable y divertido.

En ocasiones, se trataba de personas que, aunque yo percibía poco conocedoras en materia musical, irradiaban una actitud afable, se mostraban bastante interesadas por la música en vivo, y hasta se dejaban llevar, aplaudiendo y meneando la cabeza.

Esa noche ocuparon las mesas entre quince y veinte entes que, indiferentes y sumergidos en sus teléfonos móviles, anularon en mí cualquier chispa posible que brillara en pro de seguir tocando.

Me senté con Tífany en el mirador de la pizzería, de frente a un mar sobre el que pendulaba una luna fulgurante que parecía derramarse sobre el agua, trazando un sendero rizado que atravesaba la franja oceánica dejando tras de sí un halo plateado.

Unos minutos después, Enrique, un hombre de unos cincuenta años, alto y la cabeza lisa, amigo de los propietarios de Tres Soles, se sumó a nuestro avistamiento marítimo.

Relató que tenía en mente viajar a Estados Unidos y trabajar allí por un tiempo para ahorrar algo de dinero.

Explicó que en Capurganá resultaba difícil consolidar un equipo de trabajo estable, situación que tenía, de hecho, bastante sentido, considerando que un día lo pagaban entre sesenta y setenta mil pesos, y muchos optaban por cargar las maletas de migrantes que los contrataban por tres o cuatro horas por llevarlas hasta un punto determinado, actividad que les reportaba hasta cien dólares por cada trayecto, y que, además, les ofrecía la posibilidad de contar con más tiempo para invertir en otros asuntos.


Pasé el final de la noche con Tífany, Fercho y Felipe, charlando, compartiendo un par de cervezas y escuchando la buena música que los cuatro teníamos en común.

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