DÍA 30

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-Mario Mejía-


Día 30

Octubre 4 de 2022, martes.



Desde la madrugada y durante casi toda la mañana del martes hubo tormentas eléctricas y cayó muchísima lluvia. 

Obedeciendo al clima, y con el ánimo de ayudar a Michelle en el cometido de adelantar múltiples tareas -algunas de ellas consecuencias de las fuertes lluvias-, Ondina y yo cancelamos nuestro plan inicial de caminar a La Miel.

Fue para mí un gusto saludar a mis viejos amigos felinos, Marquesa, Perseo y Paco; al igual que a Rita, la tan nombrada perrita, y a la Negra, una gata que habitaba el hostal desde antes de que Michelle se mudara allí.

Las primeras veces que la visité en Sapzurro, conocí a otra gata de color negro, muy viejita, que vivía allí, y que según se contaba, había sido inspiración para el nombre del hostal. Tristemente, la nueva administradora me contó que un día, simplemente, se fue y nunca más se supo ella.


Seguíamos sin luz eléctrica, y en vista de que mi operador móvil no tenía cobertura en Sapzurro, fui caminando a la parte central, al muelle, para tratar de comunicarme. Allí me enteré de que durante las tormentas un rayo cayó en la antena que gestionaba la telefonía móvil, ocasionando un grave daño que dejó incomunicados a los habitantes de Triganá, Sapzurro y Capurganá. 

Por su parte, la ausencia de electricidad también fue consecuencia de un perjuicio provocado por la tempestad.

En esa búsqueda, conocí a Alejandra, una mujer de unos cuarenta años, muy blanca, cabello corto negro, delgada y estatura mediana. Señaló que vivía en San Pacho -jurisdicción del Chocó-, donde subsistía del turismo, como del cultivo de yuca y plátano. Por esos días estaba visitando a una hermana en la bahía. De amables maneras, no pudo ayudarme con el tema de la comunicación, tal como sucedió con otras tantas personas a las que pedí ayuda, pero estaban, de igual manera, perjudicadas. 

Un poco frustrado, regresé a la Gata Negra. 

Pude avistar una bandada de loritos multicolores como la que me saludó unas semanas atrás. Entonaban sus canciones matutinas y vestían sus exóticos y emplumados atuendos.

Pasamos la tarde adelantando tareas y mejoras de esas que el hostal aún contaba por decenas; una de ellas, secar y remover una cantidad de enseres que se precisó reubicar temporalmente mientras caía uno de los torrenciales aguaceros que alcanzó a mojarlos.

Trabajamos arduamente hasta pasadas las 6pm.

A continuación, me dirigí con Ondina, Michelle, Cristian y Edwin a la playa. Las dos primeras y yo entramos al agua, mientras los chicos prefirieron disfrutar de la vista sentados en una banca de madera situada en la playa. 

Unos en el agua, otros en la arena, despedimos al sol y a sus últimos rayos.

Comentamos lo atractivo que era el paisaje de aquella bahía chocoana, semejante a una piscina enorme enmarcada por verdes montañas.

Rodeados por una oscuridad parcial, conversamos sobre tópicos diversos. 

Nos pareció escuchar el rugido de los monos aulladores -también llamados araguatos-, una especie muy presente en ese territorio, a lo que Edwin comentó una experiencia de la que aclaró no se sentía nada orgulloso. Nos contó que, siendo muy joven, salió a cazar monos en Nariño-Antioquia, su pueblo. Ese día mató lo que creyó era un Tití. Cuando le disparó, el animal se puso una mano en el pecho y le mostró su sangre cubriéndola. Aseguró que después de ese suceso, jamás volvió a cazar.


Se restableció el sistema eléctrico y nos desplazamos al muelle en busca de algún medio de comunicación, pero no fue posible obtenerlo.

Un grupo de señoras mayores conversaban sentadas en la entrada de un negocio donde servían cerveza y otras bebidas. Les preguntamos si era posible que nos vendieran internet, pero su respuesta automática fue "está complicado, muchachos, este pueblo está incomunicado desde ayer". En lugar de eso, una de ellas, la más extrovertida, nos consultó si ya habíamos probado "los helados de Chila". Ante una respuesta negativa, replicó que eran deliciosos y que no podíamos irnos de Sapzurro sin antes probarlos.

Nos dijimos que sería una buena idea, así que la señora se puso de pie, se excusó con sus amigas por ausentarse y nos pidió que la siguiéramos a su casa: era Chila.

Mientras caminábamos, expuso que sus helados contaban más de treinta años, al igual que su prestigio. Su fórmula, basada especialmente en leche de coco, les confería un sabor inigualable, apostilló.

Su residencia resultó ser muy cercana a la pequeña iglesia de la pequeña plazoleta central. Era una finquita muy agradable en la que, además de su casita de ensueño, había levantada también una cabaña muy bonita que nos contó podía ser rentada por una módica suma.

Ya en el pórtico de la casa, nos puso al tanto de los sabores entre los que podíamos elegir: caramelo, café, coco, y chocolate. Pensé en lo curioso de que todos empezaran por la letra "c", al igual que "Chila"  -su nombre, abreviación de Cecilia, como señaló que todos la llamaban-, y como la forma que tomó el teléfono móvil de Ondina después de su caída libre desde la cúspide del mirador de madera.

Frente al énfasis que hizo de que el de coco era la predilección desde tiempos inmemoriales, optamos por ese sabor.

Mientras dábamos cuenta de los helados que, en efecto, eran muy buenos, Chila nos contó que desde muy joven ella y su esposo -que había fallecido hacía un tiempo- soñaron con pasar sus últimos años de vida junto al mar, y que después de haber conocido un número importante de zonas costeras, decidieron que era Sapzurro la más encantadora.

Llevaba treinta y dos años radicada en esas tierras; los últimos veintinueve en Sapzurro, y los tres anteriores en Capurganá.

Cuando enviudó, su hermano se fue a vivir con ella, y hasta ese día compartían aquel espacio acogedor.

Relató cómo en 1990 Sapzurro era -usaré textualmente sus palabras- una especie de "Jurassic Park"; una selva indómita en la que se contaban unas pocas casuchas de madera en medio de mar y árboles. No tenían servicio de electricidad, así que cocinaban en leña, y en las noches, sus pocos habitantes usaban mecheros de petróleo como alternativa en términos de iluminación. Expresó que se reunían en un punto en común para cenar y presentar a algún nuevo habitante de la aldea, si era el caso, y en medio de esa comunión fraternal los encargados de la pesca compartían sus langostas, calamares y pescado.


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Bajo el manto negro de la noche, que, a mi parecer, le atribuía un toque aún más mágico a La Gata Negra, ayudamos a Michelle con un par de cosas más.

Finalmente, comimos pan, vegetales y café, y acordamos salir muy temprano al día siguiente en busca de una lancha que nos condujera a Capurganá. Michelle y los dos empleados de Steffano debían ir a recoger materiales de construcción para llevar a cabo unas reformas en el hostal. Ondina y yo, por nuestra parte, teníamos cosas por hacer en Capurganá, entre ellas, establecer comunicación con un primo suyo y una amiga mía que iban a visitarnos desde Medellín.

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