DÍA 34

365

-Mario Mejía-


Día 34

Octubre 8 de 2022, sábado.



Me encaminé con Tífany hacia Bahía El Aguacate. 

Conversamos con Luis, un hombre de unos cuarenta y tantos años que caminaba en la misma dirección que nosotros. Era un moreno de estatura mediana, alto, fornido y ameno semblante.

Vivía en Capurganá. Nos contó que tenía un "moto-carro" que un amigo suyo manejaba mientras él trabajaba sacando del mar material para la construcción. 

Llegando a Plan Parejo, nos topamos con Catalina, una amiga de Fercho, Diego e Iván, a quien había visto en Tres Soles en un par de ocasiones. Se trataba de una mujer atractiva, entrada en carnes, alta, de piel blanca, cabello rojizo y muy simpática.

Refirió que estaba en búsqueda de un terreno en Capurganá. Se estaba hospedando en la propiedad de la familia de Iván, donde Diego estaba instalado también.

Caminamos hasta allá con ella, pues estaba de paso. Además, tenía curiosidad por conocer el espacio, y era una buena oportunidad para saludarlos.

Nos abrió la puerta un jovencito de unos quince años, bien parecido, rubio, de ojos claros, delgado y carácter firme. Se trataba de Río, el hijo de Iván.

De inmediato me sentí seducido por aquel lugar. 

Rodeado de una vasta vegetación, gozaba de una frescura privilegiada. Había una casa espaciosa y agradable. En su segunda planta encontramos a Iván y Diego. Este último se ocupaba de hacerle una especie de mantenimiento a un ventilador de techo. Iván, por su parte, parecía estar más despejado, así que platicamos con él por espacio de escasos diez minutos, y entre otras cosas, nos contó que eventualmente solían alojar huéspedes, y que, de hecho, llevaban a cabo algunas adecuaciones estructurales para optimizar la dinámica hotelera.

Nos despedimos y retomamos camino.

Como una hora más tarde, después de atravesar una que otra planicie, algunas porciones de playa y eventuales terrenos escarpados, llegamos al Aguacate.

Nos acercamos a una playa de arena y agua verde azul con el ánimo de pasar un rato ahí, pero el mar estaba bastante brusco y desde un primer intento me sacudió con cierta hostilidad. Tanto, que más tarde nos enteramos de que el Huracán Julia, con vientos de hasta 120km/h, cruzó el archipiélago colombiano de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, originando una afectación tal en Capurganá y las poblaciones periféricas, que durante todo ese sábado fue suspendido el tránsito de embarcaciones desde y hacia Necoclí y Turbo.

Nos marcharnos de la costa y ascendimos por la montaña, rumbo a un hostal de nombre Doble Vista, donde Tífany esperaba obtener información sobre un voluntariado.

Llegamos a sitio, encontrándonos con una zona espaciosa y prolífica en flora, donde habían tal vez ocho o diez cabañas de madera.

En la parte más alta de la propiedad, se erigía una construcción de dos pisos, mucho mayor, también en madera, que hacía las veces de restaurante y bar. Su segunda planta contaba con un balcón diseñado estratégicamente que ofrecía una vista paradisíaca cuyo espectro visual, de unos doscientos grados de expansión, cubría un contraste monumental de mar y selva.

Allí conocimos a Bárbara y Benjamin, propietarios del lugar.

Ella era de nacionalidad argentina, de unos treinta y ocho años, rostro llamativo, ojos verdes, cabello corto, liso y oscuro, delgada y actitud cálida.

Benjamin era francés, muy alto, cubierto de tatuajes, cabello largo y toscas maneras.

Era la mujer quien se encargaba del tema de los voluntariados, y tras sostener con mi amiga la conversación pertinente, sembró en ella el germen de la inquietud, configurando un acuerdo tentativo que podría materializarse unos meses después.

Regresamos a Capurganá en lancha a eso de las 6pm.

Tenía en mente tocar en la pizzería, pero una llovizna intermitente y molesta me hizo desistir de la idea. En lugar de eso, fuimos por un café al Hostal Hector's House, contiguo a Tres Soles, donde se disponía una zona bar en la que servían bebidas frías y calientes.

Nos encontramos allí con Diana y David, una pareja manizalita con la que cruzamos algunas palabras un par de días antes, mientras cenaban en el negocio de Fercho. 

Diana era robusta, alta, de cabello largo y negro, un tanto reservada. Su esposo tenía aspecto militar, blanco, alto y fornido.

Se sentaron en nuestra mesa y platicamos.

Ofrecieron un breve resumen de su experiencia en tierras chocoanas, reportando una decidida satisfacción.

Narraron la historia de una familia que intentaba cruzar el Tapón del Darién. La hija, una menor de edad, fue arrastrada por un río. A unos kilómetros del lugar del infortunio, hallaron los cadáveres de sus padres que, abatidos por su pérdida, decidieron suicidarse colgándose de un árbol.

Aquella crónica se sumó a aquel contexto visceral tan vigente, y me dije que la franja selvática en cuestión debía encerrar una tétrica atmósfera de dolor y mortandad.

Hablábamos luego de sucesos carentes de una explicación lógica, y fue el turno de Tífany para aportar un relato. Su abuelo materno era dueño de una finca en el municipio de Granada, al oriente de Antioquia, donde solía pasar tiempo con su familia.

En una de esas estadías, a sus siete u ocho años, ella, su mamá y varios primos jugaban a las escondidas en un predio perteneciente a un tío abuelo.

Refirió que se escondió detrás de un arbusto, y al percatarse de que transcurrió un lapso considerable sin ser descubierta, salió de su refugio y fue presa del terror al advertir que todos se habían marchado de allí. Corrió tratando de hallar a los suyos en medio de la oscuridad, mas no tuvo rastro alguno de ellos. Guiada por pura intuición, consiguió llegar a la finca de su abuelo -donde solían alojarse-, luego de correr durante un lapso que no pudo precisar.

Al reclamar a su madre por olvidarla, esta le preguntó de qué hablaba, asegurando que habían estado de vuelta hacía un rato, y que todo el tiempo estuvo con ellos.

Hasta ese día, no tenía claridad alguna al respecto.

Comentarios

Entradas populares de este blog

DÍA 145

DÍA 23

LLAMA LA CONCIENCIA - monólogo