DÍA 29

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-Mario Mejía-


Día 29

Octubre 3 de 2022, lunes.



Empecé a habituarme al saludo de Piratica, la gata de Fercho. Cada mañana me esperaba en el pasillo del hostal, y cuando salía de la habitación, me maullaba y levantaba la manito en un gesto encantador. Sucedía algo parecido con Lafi y Paty, las dos perritas del hostal, con las que me encariñaba cada día más.


Isabel decidió dejar su excursión a La Miel para el martes, así que Ondina y yo nos encaminamos. A excepción de Mikaella, una alemana que hacía el recorrido en sentido contrario, y un par de personas más, no nos topamos con nadie más en el trayecto. Este constaba de dos mitades, una ascendente y otra descendente. Mientras cubrimos la primera, Ondina, presa del calor, se dio un breve chapuzón en un arroyo.

Poco antes de llegar a la cima -básicamente, lo que hacíamos era subir y bajar una montaña- llegamos a un puesto de control bastante informal. Se trataba de una construcción de madera en la que una pareja de señores cobraba cierta suma de dinero por atravesar el sendero, además de vender refrescos y otras chucherías. Tomamos dos deliciosos vasos de jugo de carambolo con hielo y proseguimos.

Nos encontramos con dos módulos de escalones de madera, que sorteamos contando ciento veintiuno en la primera sección, y ciento noventa y nueve en la segunda.

Cubrimos la primera mitad del trayecto. En la cumbre se erigía un mirador -también construido en madera- que calculamos contaba unos treinta metros de altura. Subimos sus cincuenta y cinco escalones. Desde su punto más alto, que consistía en una base de cinco por cinco metros tal vez, disfrutamos extasiados de una vista imponente y privilegiada, cuyo espectro visual abarcaba desde Cabo Tiburón hasta Capurganá y estaba coronada por un mar abierto que se extendía hacia la inmensidad.

Personalmente, a pesar de haber estado allí poco más de un año y medio atrás, semejante espectáculo no podía menos que causarme un indecible asombro.

Después de deleitar la vista un rato, Ondina sugirió que practicáramos algunas posturas de Acro-Yoga, con lo que estuve de acuerdo.

Estábamos configurando el "Vuelo del pájaro", y de repente, su dispositivo móvil -que habíamos dispuesto en una de las barandillas del balcón para capturar un video- cayó en picada y fue a parar cuatro pisos abajo, a la base del mirador.

Bajé corriendo los escalones, y para mi sorpresa, hallé el celular cara arriba. Pude ver que su pantalla seguía encendida, y que la toma del video no fue suspendida por el tremendo impacto contra el piso. El teléfono sufrió una ligera curvatura, adquiriendo la forma de una letra "c" muy abierta, mas su display no sufrió fisura alguna.

Empezamos a descender por la montaña. Había un tercer módulo que contaba doscientos veinticuatro escalones que recorrimos con cierta premura.

Unos veinticinco minutos después, llegamos a Sapzurro.

Caminamos a la Cascada La Diana, que a causa del invierno estaba notablemente engrandecida. Disfrutamos de sus aguas hasta poco antes del anochecer.

Atravesamos la pequeña porción selvática que separaba la cascada de la costa y avanzamos por la playa en dirección al muelle con el fin de comprar los víveres necesarios para la cena y el desayuno.

Avanzamos por los estrechos y austeros corredores de la pequeña población y divisé a lo lejos, en el puerto, la silueta de una mujer esbelta que parecía esperar algo o a alguien. Lucía un sombrero vinotinto, un vestido corto azul con corazones estampados, zapatos azules de goma y una mochila arhuaca atravesada diagonalmente, apoyada en uno de sus hombros.

Un perrito de pelaje claro y desordenado que la acompañaba, corrió hacia nosotros y nos saludó emocionado, mientras agitaba la cola. Era Rita Mayonesa, que confirmó mis sospechas sobre la identidad de aquella mujer.

Saludamos a Michelle. Nos puso al tanto de que el suministro eléctrico -como era habitual allí- había sido interrumpido a eso de las 5pm.

Nos indicó que debía resolver algo en la plazoleta y podía tardar, así que pactamos llegar a la Gata Negra y esperarla allí.

Un rato después, llegamos a nuestro destino, envuelto en la tienebla absoluta a razón del corte de energía. Le enseñé el lugar a Ondina, que quedó fascinada.

Después de ducharnos y ponernos ropa seca, preparamos algo de comer, animados por el infaltable y dadivoso canto de la noche.


Como a las 8:30pm llegó Michelle, acompañada de Edwin y Cristian, los dos encargados de llevar a cabo los trabajos de restauración estructural del hostal, que habían sido contratados, inclusive antes de que ella llegara a Sapzurro, por el propietario de nombre Steffano, otro italiano del que me había hablado muy a grandes rasgos.


Finalizando la noche, Ondina, Michelle y yo tuvimos una experiencia de Mambeo y Rapé -tabaco molido-, acompañada por el toque de un tambor ceremonial cuyas tonadas representaban los latidos del corazón -en ese caso- de nuestra anfitriona.

Personalmente, consistió en un espacio inicial de quietud y reflexión, que aproximadamente una hora después dio paso a un sueño profundo.


Un par de horas después de haberme dormido, me desperté sobresaltado. Tuve un extraño sueño en el que me veía recorriendo los boscosos alrededores del hostal. Súbitamente, a cada paso que daba, la hierba empezó a crecer desaforadamente, entorpeciendo mi andar y haciendo que perdiera cualquier noción de ubicación posible, dado que alcanzó una altura de casi tres metros. Al sentirme sofocado por la vegetación cada vez más invasiva, perdido y abrumado por una suerte de afán aparentemente infundado, comencé a gritar el nombre de Ondina que, instalada en una de las habitaciones, esperaba me respondiera para escuchar su voz y obtener así alguna pista sobre adónde debía avanzar.

Lo último que supe fue que mi dicción, deformada por mis músculos vocales adormecidos, articuló un gemido abstracto que la despertó.

El cansancio se encargó de que pocos minutos después cayera nuevamente dormido.

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