DÍA 32

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-Mario Mejía-


Día 32

Octubre 6 de 2022, jueves.




A las 5am recibí una llamada de mi amiga. Viajó por tierra desde Medellín a Necoclí. Refirió sentirse asustada, sin un lugar al cual acudir mientras llegaban las 8am, hora en la que salía la primera embarcación hacia Capurganá.

Alguien le dijo que fuera cauta, argumentando que  "estaban robando mucho". Dicha alerta verbal, sumada a la oscuridad y al hecho de hallarse rodeada por un numeroso grupo de migrantes haitianos, venezolanos y ecuatorianos, la inquietó un poco. 

Le sugerí buscar un hotel, cafetería, o algún lugar al que pudiera ingresar y estar más segura. Como treinta minutos más tarde, me notificó que así fue, ubicando al fin un sitio donde comería algo y esperaría el momento de abordar. Como a las 10am debía desembarcar en Capurganá. 

Fui al muelle en busca de un café. Me senté y miré con detenimiento un video que Natalia me había enviado un par de días antes, pero no había recibido con éxito, debido a los daños de orden eléctrico y de telecomunicaciones que mencioné anteriormente. En él pude ver a Sarah y a Rebecca, sus hijas. Bailaban en un salón. Sonaba de fondo "Cactus", de Gustavo Cerati. Rebecca, dos años menor que la primera, de alma indómita y bárbaras maneras, se movía desprolijamente mientras reía. Sarah, por su parte, estaba entregada a una danza ingrávida, elaborada, muy conciente y estéticamente equilibrada. 

Ambas, a su manera, me enamoraban día a día. Pensé en el vínculo tan fuerte y genuino que se creó entre esas dos niñas preciosas y yo desde una primera instancia, como en aquel que sufrió una mística renovación, hablando de su madre.

Un par de horas más tarde, encontré en el muelle a mi amiga Tífany, una mujer de treinta y un años, baja estatura, piel trigueña y cabello castaño. Lucía unos lentes oscuros que llamaron mi atención, y una sonrisa que, sin necesidad de palabras, decía algo del tipo "qué bueno verte otra vez". 

Nos pusimos al día con la recepción de su equipaje y nos dirigimos a Tres Soles para realizar su check in.

Por esas fechas, ejercía su profesión como trabajadora social en el marco de la docencia y la investigación, y ocuparía parte de su tiempo en la costa caribe dictando clases y conduciendo reuniones virtualmente.

Me entregó un regalo muy simbólico.

Me contó que el 17 de marzo de 2022, tuvo la inmensa fortuna de asistir a un concierto de la banda mexicana Caifanes, que tuvo lugar en la Plaza de Toros La Macarena, en la ciudad de Medellín.

En algún momento del concierto, Saúl Hernández -su vocalista- hizo una pausa para leer un fragmento del libro "Canciones para astronautas", de Álvaro González Villamarín -más conocido como "El Profe"-, director de Radiónika, una emisora de la radio nacional colombiana, y amigo de Saúl.

Explicó al público que compartiría en ese momento uno de los cien poemas que escribió El Profe en una etapa muy difícil de su vida. 

Basado en la banda sonora de esa época adversa, tomó cien canciones de artistas e instituciones como Massive Attack, Izal, Pearl Jam, Björk, Fiona Apple, Love of Lesbian, Blur, PJ Harvey, Pink Floyd, Fito Páez, Death Cab for Cutie, Gustavo Cerati, Sigur Rós, Luis Alberto Spinetta, Alice in Chains, The Cure, entre otras auténticas joyas de la corona, y plasmó una centena de textos en los que compartió sus perspectivas y la interpretación que tenía de cada uno de los tracks.

Una de las canciones incluidas en el libro era "Viento", de Caifanes, situación que contextualizó la lectura en mención por parte del ancestral Saúl:


"TÚ.

( Viento / CAIFANES )

TIEMPO, DETENTE EN MUCHOS AÑOS.


Un suspiro atorado en mi respiración.

Mi invisibilidad se ha perdido.

Imagino tus defectos, me gustan.

Cierro los ojos, alcanzo tu olor.

Te escucho, tu voz es canción.

Te vuelvo a escuchar, amo cómo piensas.

Me abrazas, he encontrado mi hogar.

Vamos a envejecer juntos.

Te invoqué. De tanto soñarte, apareciste".


Concluida la declamación de Saúl, Tífany decretó que obtendría ese libro a como diera lugar.

El 19 de abril de ese mismo año, un amigo con el que había hablado de él, se lo regaló de cumpleaños. 

Señaló que desde que leyó el prólogo -escrito por Mario Mendoza, un escritor colombiano al que, personalmente, disfrutaba mucho leer-, quedó encantada con aquel presente. Añadió que tras hacer una revisión más exhaustiva, pensó -traigo a colación sus palabras- "este libro es Mario Mejía", dado que las bandas relacionadas se contaban entre mis más grandes amores, y eran, además, canciones que ella y yo habíamos compartido acompañados por la cerveza y la tertulia. Por otra parte, el hecho de que Mendoza escribiera el prólogo, según aclaró, fue también algo que sembró en ella cierta inquietud por vincularme con esa producción literaria.

Cuando Tífany decidió que iría a Capurganá a visitarme, se dijo que yo tenía que tener ese libro, así que compró otro ejemplar y, en efecto, lo puso en mis manos.

En la primera página del libro, a puño y letra, mi amiga escribió su dedicatoria personal:


"Que la música siempre sea refugio, acogida y ese lugar siempre sagrado.

Que tus días sean acompañados por cada una de las canciones que aquí se anteponen, o que sugiere El Profe. 

Que la banda sonora de tu vida no te deje a solas nunca.

Gracias por ser canción y posibilidad.

Gracias por tu alma libre y entrañable".


-Tífany - Capurganá, 6 de octubre de 2022.


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Esa tarde me vi por videollamada con un viejo amigo, Juan Esteban, que estaba radicado en el exterior, y con quien poco contacto había mantenido recientemente. Había salido de Colombia hacía cuatro años, guitarra en mano, con el fin de abrir nuevos caminos. Lo llevó a cabo recorriendo algunos países del sur con su música -que admiré desde siempre-, con su hacer y con su ser, yendo a parar, finalmente, al país del bossa y el samba. Durante su travesía, conoció en Argentina a quien posteriormente se convirtió en su compañera y la madre de su hija, con las que se instaló en el estado de Paraná, al sur del Brasil.

Fue una comunión muy grata y sentida para mí, dado que en el pasado fuimos amigos entrañables, compinches en la canción, el vino, la tertulia, en el andar y en el vivir.

Nos pusimos al tanto de nuestras realidades y tuve el honor de que me enseñara algo muy especial. Juan se dedicó a investigar, escuchar e interiorizar ritmos colombianos como el pasillo, el torbellino, el vallenato, etc., y desarrolló un trabajo de composición muy interesante. Años atrás, compró una guitarra acústica de siete cuerdas de nylon, y se embarcó en su ejecución. La cuerda adicional en mención consistía en un bajo que afinaba en B (si), pero que, según me contó, eventualmente bajaba hasta A (la), o subía a C (do) para interpretar piezas muy puntuales. Aquel instrumento suponía un reto interesante, pues la conducción melódica de los bajos adoptaba dinámicas diferentes a las tradicionales -que recaen en las típicas cuerdas cuarta, quinta y sexta, afinadas normalmente en D (re), A (la) y E (mi), respectivamente-, y confería al sonido un cuerpo y una contundencia equiparables con la dificultad que implicaba tocarlo.

Trabajaba en la grabación de un álbum, producto de aquella exhaustiva y concienzuda búsqueda. 

Tomó su guitarra y en un gesto humilde y muy especial interpretó cuatro o cinco canciones que harían parte de su producción discográfica, y que -tal y como se lo expresé a él- hallé preciosas y muy bien logradas. Siempre atribuí muchísimo valor al asunto melódico, y aquellas piezas estaban cargadas de un magno contenido en torno a ese concepto. Sus melodías me sedujeron y ejercieron sobre mí un encanto tal que mis oídos reclamaban escuchar más y de nuevo.

Di a mi amigo mis más sinceras felicitaciones, nos deseamos lo mejor y nos despedimos, por ese día.

El océano devoró al sol y dispuse mis cosas para el concierto de esa noche en la pizzería.

Toqué largo y tendido, alentado por un nutrido público, y por Tífany, que de gustos musicales bastante similares a los míos, cantó la mayor parte del repertorio, brindando desde su mesa.

Cuando terminé de tocar, caminamos hasta la playa de arena y disfrutamos por un rato de aguas muy claras y un baño de estrellas.

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