DÍA 10

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-Mario Mejía-



Día 10
Septiembre 14 de 2022, miércoles.



Llovía a cántaros. Al parecer, así fue durante toda la noche, y al amanecer.

Previo acuerdo con Michelle, viajaría nuevamente a Sapzurro para ayudarle en el hostal.

A primera hora esperaba en el muelle la salida de la lancha. Estando ahí, recibí una noticia importante por parte de ella.

El ocho de septiembre, es decir, dos días antes de su cruce marítimo entre Turbo y Capurganá, uno de sus gatos, Perseo -quien fue mi amoroso y fiel compañero unos años atrás-, se extravió.

Siempre fue indisciplinado y pendenciero, mas su afectuoso y divertido modo de ser lo compensaba.

Me notificó que el gato había aparecido, y que Polo, ya en Turbo, se encargó de gestionar su envío en un huacal desde su distrito de residencia hasta exactamente el desembarcadero en Capurganá en el cual yo preparaba mi salida.

Me dije que no pudo ser más oportuna la coincidencia de mi salida hacia Sapzurro y la llegada de Perseo desde Turbo.

Un rato después, me entregaron al recién aparecido, y luego de revisar rápidamente su estado, pude partir con él.

Para mi fortuna, la lluvia amainó.

Llegué a La Gata Negra, donde me encontré a Gilma y Dubán, que brindaban apoyo a Michelle en tareas diversas.

Adelantamos varios pendientes y más tarde Michelle nos convidó a tomar Mambe, explicándonos cómo en la cultura arhuaca se constituye como un ritual de transición entre la adolescencia y la adultez de los hombres. Constaba de dos partes, el Ambil o energía masculina, que consistía en una pasta muy oscura y de sabor amargo resultante de la cocción de las hojas de tabaco, mezcladas posteriormente con sales vegetales alcalinas. Representa el pensamiento. Por otra parte, estaba el Jaio, más suave al gusto, que representa la energía femenina, consistente en coca molida, que simboliza la acción. Conjugadas, erigen la palabra.

Cada quien intencionó su toma y vivió la experiencia a su manera. Por mi parte, fue un episodio de relajación física, mucha claridad mental y una especial conexión con el verde entorno que nos acogía.

Poco antes del ocaso, una bandada de monos de la especie Tití Cabeciblanco atravesó la zona verde del hostal, emitiendo su sonido característico y saltando de árbol en árbol con una agilidad increíble, agitando notablemente a Rita Mayonesa -la perrita de Michelle- y a Shakti, otra perra muy bonita que vivía en Casa Mola e iba a visitar el lugar frecuentemente.

Trabajamos hasta que anocheció, dado que el suministro de electricidad fue interrumpido por el resto de la noche.

Después de cenar, nos instalamos en el segundo piso, en el balcón, donde interpretamos algunas canciones acompañados de una guitarra, y platicamos en torno a diferentes tópicos. Uno de ellos, que captó mi atención esa mañana mientras iba en la lancha, fue recrear la historia contada por uno de los tripulantes, un señor de unos sesenta años que narró cómo en el año 1967 una embarcación con siete novicias que iban a Sapzurro para llevar a cabo una misión naufragó en Cabo Tiburón -aproximadamente a cuarenta y cinco minutos a pie del puerto de Sapzurro-, siendo toda la tripulación devorada por los tiburones.


Cuando el cansancio me venció, fui a una de las habitaciones para tratar de dormir.

Cuando sufrí la primera picadura del "Jején", pensé en lo difícil que me resultaba adecuarme al hecho de que los mosquitos en la zona eran tan voraces, y que no era un asunto de momentos, sino de prácticamente todo el día.

Mientras buscaba conciliar el sueño y era devorado por ellos, me decía que no les bastaba con picarme mil veces durante el día, así que a la hora de dormir volaban muy cerca de mi oído, permitiéndome escuchar su molesto zumbido que en ese momento no era para mí otra cosa que una advertencia:  "te vamos a comer vivo".

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