DÍA 13
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-Mario Mejía-
Día 13
Septiembre 17 de 2022, sábado.
Pasé la noche en el Hostal Tres Soles.
Un par de días antes acordé con Fercho llevar a cabo un voluntariado a cambio de mi hospedaje y una parte de la alimentación.
Ocupé cuatro horas en ello, y al concluir, Fercho me propuso algo.
Cabe anotar que una de las cosas que no me apasionaban en lo más mínimo -por lo menos hasta ese momento-, y que poco o nada me interesaba en la vida, era cocinar.
No obstante, acepté y me enseñó a preparar arroz con coco y cherna apanada -el pescado pesaba entre diez y doce kilos, y estaba muy fresco-, que acompañamos con ensalada, limón y salsa tártara.
El plato quedó delicioso, pero no es que haya hecho aflorar en mí un repentino y frenético deseo de hacer reiterativa esa comunión culinaria.
Almorzamos con Yésica, quien estuvo acompañándonos en Narza cuatro días atrás. Era una mujer blanca, de cabello negro y largo, ojos color miel, de unos cuarenta y tantos años, la piel llena de tatuajes y actitud agradable.
El calor era abrasador.
Recordé una vez más al caracol cargando su pesada casa. Fue la primera alegoría en la que pensé cuando reflexioné sobre el asunto del desapego, concepto que de uno u otro modo orbitaba en torno a un núcleo, mi adiós indefinido a la ciudad de Medellín; a mi familia y a mi Moon, mi amada gata, que hacía parte indiscutible de ella; a las calles atestadas de gente; al ruido, al humo; a las toneladas de cemento devorándolo todo; a sus teatros, sus parques, sus bibliotecas; a Las Torres de Bomboná y al Trueque, sitios de obligado paso de camino a casa donde solía ser bastante común encontrar amigos y conocidos recurrentemente; al confort de un espacio inamovible; a mi adorada bicicleta y las inusitadas aventuras que me concedió, entre muchas otras cosas inherentes a mi vida citadina, que, dicho sea de paso, me hacía sentir profundamente inquieto y abrumado.
Inmerso en esos pensamientos y en mi odisea chocoana, sonó en mi cabeza un pedacito de [Wanderlust], de mi amadísima islandesa Björk.
Más que una canción, fue siempre uno de los himnos de mi vida.
Visualicé en mi mente un rollo de papel blanco en el que podía leer con claridad su letra:
"Me voy de este puerto, dando una despedida a lo urbano. Sus habitantes parecen demasiado interesados en Dios. No puedo digerir su moral.
He perdido mi origen y no quiero volver a encontrarlo.
Ya sea, navegando en las leyes de la naturaleza, sostenido por las patas del océano. Wanderlust, implacable anhelo.
Pela las capas hasta llegar al núcleo.
¿Me imaginaba que sería así?, ¿era algo como esto lo que deseaba?, o ¿querré más?
La lujuria por el confort sofoca el alma. Inquietud implacable, me libera.
Me siento en casa cada vez que lo desconocido me rodea, recibo su abrazo a bordo de mi casa flotante.
Wanderlust, de isla en isla, unidos en movimiento. ¡Maravilloso!, estoy unido a ti.
Pasión por los viajes, tierra de los viajes. ¿Puedes encontrar un patrón?, ¿puedes?".
En vista de que se trataba de un desapego en términos generales -de personas, cosas, hábitos, espacios, etc-, y siendo por esos días lentamente aniquilado por el sol, decidí que sería bastante práctico despedirme también de mi pelo largo que llevaba casi dos años creciendo, lapso suficiente para aferrarme a su calurosa presencia.
Un barbero conocido de Fercho, tijeras en mano, se encargó de hacer efectiva tal despedida.
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En la noche toqué una vez más en Tres Soles.
Eddie, un ecuatoriano de unos treinta años, moreno, delgado y muy simpático, me pidió le permitiera acompañarme con su voz en una canción que, curiosamente, tenía mucha correspondencia con lo que yo estaba viviendo. Se trataba de "Copenhague", del grupo español Vetusta Morla.
Cantó bastante bien.
La velada fue, al igual que en las ocasiones anteriores, agradable y productiva.
Al final de la noche, platiqué un poco con Diego, quien cruzó nadando, como narré antes, desde Capurganá hasta el islote Narza.
Llevaba numerosos tatuajes en varias partes del cuerpo.
Uno en especial llamó mi atención. Era un pájaro de una especie desconocida en su antebrazo derecho, situación que encontré un poco particular, dado que toda su extremidad superior diestra estaba llena, exclusivamente, de tatuajes de múltiples animales marinos.
Me contó que hacía poco más de un año se dedicó a viajar durante siete meses.
En Estados Unidos, su segundo destino -el primero fue Capurganá-, conoció a quien se convirtiera en un gran amigo, Ronni. Aquel era tatuador. Cuando se acercaba la fecha en la que Diego abandonaría los EE. UU. para viajar a Europa, le pidió a Ronni un obsequio muy especial, que lo tatuara. Y no solo eso, sino que eligiera el diseño y la parte de su cuerpo en la que plasmaría para siempre una imagen que iba a inmortalizar el recuerdo de su amigo.
Ronni era oriundo de Minas Gerais, uno de los veintiséis estados del Amazonas que, junto con el distrito federal, forman la República federativa del Brasil.
Decidió tatuar en el antebrazo derecho de Diego, rodeado de especies marinas, un pájaro semillero, metaforizando la idéntica situación de Ronni, que, sintiéndose parte genuina de la selva, por ese entonces residía en Miami, perdido -como el ave- en la inmensidad del mar.

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