DÍA 18
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-Mario Mejía-
Día 18
Septiembre 22 de 2022, jueves.
El ritmo en Tres Soles aumentaba de forma paulatina por el ingreso de nuevos huéspedes, como por la expectativa frente a la llegada, un día después, de Mar, la compañera de Fercho.
Terminadas las tareas del hostal, decidí buscar un lugar para escribir en dirección contraria a la que había avanzado los días anteriores. Siempre me había dirigido por la playa en sentido hacia Sapzurro, así que ese día caminé con orientación hacia Bahía Aguacate.
Terminé en Playa Piedra, un lugar del que Yésica me había hablado a grandes rasgos, en el que la vasta presencia de rocas de varios tamaños hacían justicia a su nombre.
Era una zona muy agradable que me hizo pensar, en contraste con las que visité antes, que las playas de arena estaban sobrevaloradas, considerando cómo se termina impregnado de ella al salir del agua.
Aquella playa, además de ofrecer una vista espléndida y de limitar con la preciosa y verde selva, me permitió tomar un par de refrescantes chapuzones y regresar al sitio que elegí para escribir sin un solo grano de arena adherido a mí.
Detuve mi escritura para explorar el terreno que tenía detrás.
Avancé por un arco que se abría paso entre la espesa vegetación, conduciéndome por un sendero, que, tal como sucedió la tarde en que visité la Cascada La Diana -en Sapzurro-, se oscureció parcialmente como consecuencia de la densa flora que restaba rayos de sol.
Me adentré quizá medio kilómetro, recorriendo la trocha cubierta de hojas y legiones de hormigas podadoras -arrieras- que cargaban las hojas que posteriormente triturarían en sus nidos para procesar el hongo que constituye su alimento.
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Unas horas después, de vuelta en el hostal, intercambié algunas palabras con Laura, Omar y Yesenia, una prima de la prominente morena a quien esta se topara por pura casualidad aquella tarde en algún estruendoso lugar céntrico. La tercera, oriunda de Turbo, era una mujer muy corpulenta, de piel oscura, cabello crespo y dientes blanco marfil. Se había radicado en Capurganá un par de meses atrás.
Planteaba un contrapunto interesante entre la tenue salinidad de las aguas de Turbo y Necoclí -como señalé antes, notablemente alteradas por la desembocadura del Atrato- y el transparente pero muy salado mar del Golfo del Darién. Afirmaba que jamás equipararía el "agua dulce" en aquellas jurisdicciones antioqueñas con el cóctel salínico tan presente en la costa chocoana, según ella, amortiguado por su transparencia azulada.
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Una vez más, toqué algo de música en la pizzería, comprobando nítidamente que dicha pasión tomaba cierta distancia frente a mi cada vez más arraigada proclividad por la escritura.
Finalizando la noche, conforme a la proximidad de Paty que saludaba con la cola, la acaricié.
Muy cerca estaba Nerea, que se inclinó también para acicalarla.
Le pregunté qué pensaba sobre el pronóstico arrojado por Fercho sobre la perrita. La observó y luego me miró con sus ojos azules tan profundos y claros que acentuaban su negra y enorme pupila dilatada por la oscuridad, aduciendo que hallaba en ella, en efecto, cierta particularidad, una lentitud no muy propia de los perros.
Convenimos que era un animalito diferente, pero sin duda noble y adorable.

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