DÍA 9
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-Mario Mejía-
Día 9
Fercho, Iván, Kike, Diego, Paula, Nerea, Amaia, Yésica, Gonzalo, Felipe y yo iríamos rumbo a Narza, una isla inhabitada en la Costa Caribe, relativamente cerca a Capurganá.
Mientras el grupo se completaba, platiqué un poco con Amaia y Nerea, provenientes de País Vasco, una comunidad autónoma en el norte de España.
Amaia era una mujer corpulenta, de piel bronceada, ojos de azul profundo y actitud pasiva.
Nerea, por su parte, era delgada, con un rostro bello y armonioso, ojos claros y sonrisa simpática. Ambas eran rubias.
Hablaron de lo orgullosas que se sentían de su lugar de origen, ensalzando, entre otras cosas, la pureza de su idioma, conocido como "euskera", "vasco" o "vascuence", una lengua ergativa y aglutinante que antecede a las romances.
Luego de resolver algunos pendientes, y estando la tripulación completa, partimos hacia Narza.
Todos viajamos en lancha, excepto Paula y Diego, que nadaron de costa a costa usando aletas y esnórquel.
Paula, de unos cuarenta años, originaria de Medellín, trigueña, estatura promedio, cabello castaño oscuro y largo, se radicó en Capurganá a sus dieciséis, actuando principalmente en el negocio de bares y hospedajes.
Diego, a quien apodaban "Tarzán", contaba veinticuatro años, y era alto, de cabello largo y rubio, piel tostada ligeramente por el sol, ojos verdes, de musculosa contextura, oriundo de Medellín, pero viajaba periódicamente a Capurganá para ayudarle a Fercho en el restaurante, y para disfrutar del mar pescando langostas con arpón y practicando constantes inmersiones.
Arribamos en Narza como al mediodía, un islote despoblado, rocoso y parcialmente acantilado.
Unos treinta minutos después, llegaron Paula y Diego, como señalé, a puro nado.
Entusiasmados, reportaron el avistamiento de diversas especies de peces y arrecifes, y el placentero discurrir entre las aguas claras y tibias de la superficie y temperaturas muy bajas cuando descendían un poco más.
Recolectamos leña seca para preparar el almuerzo.
Pasamos allí unas horas, riendo, intercambiando historias y dando cuenta de un delicioso sancocho.
Cuando ingresamos al mar para embarcar de vuelta, Fercho fue picado por un erizo, produciéndole un intenso dolor en la planta del pie derecho.
Más tarde, ya en Capurganá, Iván se ocupó de retirarle las espinas.
Entretanto, los demás conversábamos, sentados en el mirador de Tres Soles, enajenados por los arreboles escarlata que precedieron a la noche.
Platiqué un poco con Paula. Me contó que vivía en una cabaña situada un poco arriba en la montaña, y que desde allí, donde reinaba un silencio absoluto, escuchaba el eco de la aldea, que imaginaba -uso sus palabras- "como un monstrito escarbando".
De inmediato, evoqué cómo, cuando ascendía a la cumbre de una de las montañas periféricas de la ciudad de Medellín, podía advertir un fenómeno idéntico al que ella describió.
Finalmente, Iván, para el alivio de Fercho, logró su cometido de retirar las púas. Era un hombre moreno, delgado, estatura mediana, de unos treinta y tantos años, poseedor de una muy buena vibra. Había pasado la mayor parte de su vida en Capurganá, donde se desenvolvía avezadamente como cocinero, subsistiendo de ello.
Un rato después, intercambié algunas palabras con Felipe, entrañable amigo y mano derecha de Fercho en la cocina de Tres Soles. Trigueño, alto, de cabello indio, esbelto, de unos cuarenta años, refirió vivir en la aldea hacía doce años, ganándose la vida -al igual que Iván- cocinando.
Entre otras cosas, mencionó cómo en un bar de Capurganá cuyo nombre y ubicación exacta no recordaba, la acústica del lugar era notablemente afectada cuando había un importante número de clientes.
Pensé que quizá, tal como ocurría con las barritas armónicas dispuestas estratégicamente en el interior de la caja de una guitarra después de un riguroso estudio acústico, cuyo propósito físico es obtener el sonido idóneo del instrumento, podía suceder lo mismo si las personas presentes en el bar se ubicaran tácticamente, optimizando la resonancia en el recinto.
Una hora después, Felipe emprendió camino a casa en un kayak, y al igual que él, los demás nos despedimos.

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