DÍA 11
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-Mario Mejía-
Día 11
Septiembre 15 de 2022, jueves.
La mañana me dio el mejor de los saludos.
Salí al balcón de madera del segundo piso y prácticamente al instante pude ver una bandada de cotorras sobrevolando el terreno. Cada pájaro vestía al menos cinco o seis vívidos colores.
Permanecí un rato más observando el empíreo entorno, y divisé, posada en lo alto de un árbol, lo que parecía ser una especie de águila pescadora. Su solemne presencia me demandó un profundo respeto.
Otro pájaro, un Zanate -posteriormente supe que lo tomaban por pariente del cuervo, sin serlo en realidad- ornamentaba la mañana con su oscuro plumaje cuyos visos azulados regocijaban mis retinas. Dicho estímulo reverberaba en mi cerebro, exhortándome a digerir el privilegio de estar viviendo tan magnificentes experiencias.
Di los buenos días a Michelle, cruzamos algunas palabras y me encaminé al muelle en miras de abordar una chalupa para viajar a Capurganá. Allí debía tramitar algunos asuntos y ultimar los preparativos para presentar algo de música en la noche en la pizzería.
Mientras navegábamos, conversé un poco con el lanchero, de nombre Andrés, un lugareño de escasos treinta años, torrado por el sol, delgado, que refirió ser dueño de la barca y ganarse la vida con ella durante los últimos cuatro años.
De vuelta en Capurganá, me enteré que allí, al igual que en Sapzurro, se habían quedado sin energía eléctrica desde la noche anterior, y que aún no se había restablecido el servicio, situación que me hizo considerar la posibilidad de que mi toque donde Fercho se cancelara, por lo que decidí dirigirme justamente allí para hablar con él al respecto.
Llegué al hostal Tres Soles y me puso al tanto de que contaba con una planta Diesel, así que lo del concierto era un hecho.
Nos sentamos en el pórtico y charlamos un rato. Indicó que el viernes de la semana siguiente llegaría a Capurganá su esposa Mar, que se encontraba en España -su país natal- hacía unos meses atendiendo asuntos laborales.
Me había hablado de Mar un par de veces, y al igual que esa tarde de jueves, me pareció advertir un brillo especial en sus ojos mientras se refería a ella con profunda admiración y respeto.
Aquella conversación en torno a Mar, al igual que otras percepciones que tuve de Fercho en días anteriores, me instaron a forjar una idea un poco más clara de él. Al principio, se advertía como una persona dura, un tanto desdeñosa y de fatuas maneras, pero en el fondo, bajo ese cascarón hostil, parecía esconder un ser un tanto más amable y dócil que -yo estaba especulando- procuraba mantener eclipsado.
Señaló que con Mar de vuelta, ella se encargaría plenamente del hostal, y él, a su vez, del restaurante.
A continuación, dispuse todo para el concierto, que concluido tres horas más tarde resultó ser bastante satisfactorio, tanto para mí como para los comensales.
Cené una exquisita Focaccia -una suerte de pan tostado cubierto con hierbas, queso y otros ingredientes- que Fercho me brindó. El artífice del delicioso plato fue Felipe, su mano derecha en la cocina.
Platiqué con el segundo un momento, y me contó que tuvo varios restaurantes tipo parrilla en Bogotá, pero que fue en territorio chocoano donde aprendió a cocinar comida italiana siendo pupilo de Marco, un personaje de tal nacionalidad del que había escuchado hablar a grandes rasgos en reiteradas ocasiones, pero del que presentía iba a obtener luego información más detallada, considerando la relevante incidencia que tenía en el marco culinario de la región.

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