DÍA 16
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-Mario Mejía-
Día 16
Septiembre 20 de 2022, martes.
Como cada mañana desde que tuvo inicio el voluntariado, lo primero que hice al despertar, a eso de las 6am, fue abrir la puerta del hostal, cruzar el modesto camino que lo separaba de la pizzería y observar el mar que tenía, tal y como evidencié día tras día, una vasta colección de vestidos en diferentes tonos de azul, uno para cada amanecer.
Terminé las labores del intercambio pasadas las 10am, y menos de una hora después llegó Ondina, una nueva voluntaria que había tomado el primer catamarán en Turbo. Viajó por tierra desde el Carmen de Viboral, un municipio del Oriente Antioqueño, hasta la subregión de Urabá. Era una mujer de veintisiete años, de baja estatura, cabello color castaño, ensortijado y muy abundante, ojos verdes achinados y una amplia sonrisa.
Nos contó que hacía poco se había recibido del pregrado de Derecho en la Universidad de Antioquia, y que no teniendo nada que la atara a Medellín, buscando otros aires, decidió viajar a Capurganá por un tiempo indefinido.
Fercho se encargó de mostrarle el lugar mientras le indicaba que sus labores iniciaban al día siguiente, instrucción que se disipó gradualmente entre uno y otro menester.
En Tres Soles vivían algunas mascotas. "Piratica", una bonita gata gris, muy cariñosa, con una cicatriz en uno de sus ojos que afectaba su iris que hacía justicia a su nombre. También dos perritas criollas, Lafi y Paty, esta última diagnosticada por Fercho como un "animal autista". Ambas eran negras, de tamaño mediano y la viva representación de la ternura meneando la cola.
Salimos todos del hostal, excepto Piratica -independiente por naturaleza-, para darle un paseo a las dos perras.
Fercho nos condujo por una ruta nueva -al menos para mí-, bordeando la selva espesa y esmeraldada, y desembocamos en una demarcación donde la arena clara y fina, en sinergia con aguas muy cristalinas, invitaban a detenerse a respirar, escuchar y observar.
Pasamos en ese punto escasa media hora y fuimos de vuelta al hostal, donde Ondina y yo brindamos apoyo en la preparación de pollo asado aderezado con hierbas y papas cocidas.
Mi disposición culinaria no sufrió ninguna alteración, pero fue un ameno compartir.
Esa tarde almorzamos con Yésica, Nerea e Iván. Luego, pasamos con ellos el resto de la tarde, conversando y escuchando música.
Entretanto, yo procuraba -sin éxito- adelantar mis escritos.
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La noche se abrió paso, acompañada de una fuerte lluvia que frustró la apertura del restaurante y mi velada musical de ese día.
No obstante, algunos clientes compraron cerca de una decena de pizzas para llevar, situación que, sumada a la imprevista llegada de un par de huéspedes, representó un buen final del día para el negocio.

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