DÍA 15
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-Mario Mejía-
Día 15
Septiembre 19 de 2022, lunes.
Empecé a movilizarme parcialmente en una bicicleta que Fercho puso a mi disposición.
Ciertamente, no existían en Capurganá complejas vías asfaltadas como para pasar horas entregado a hacer largas rutas, pero me resultó muy grato el hecho de poder recrear una actividad que siempre disfruté tanto.
Michelle me contactó pidiéndome que hiciera una averiguación en el aeropuerto -este consistía en una pista de aterrizaje apta solamente para aeronaves pequeñas y medianas, y unas tres o cuatro rústicas casetas-, y fue un buen pretexto para disfrutar de las dos ruedas.
Llegué a la oficina de la empresa Pacífica Travel, pero me enteré de que cerraban por un lapso de tres horas, entre la 1 y las 4pm, y que estaría abierta de vuelta de 4 a 5pm. Lo asumí como una oportunidad de regresar más tarde, pedaleando.
La pista estaba situada al borde de la selva, lo que encontraba muy atractivo pues le confería un matiz atípico y sereno, así que aproveché para hacer un circuito antes de retornar al hostal.
Esa tarde opté por no ir muy lejos para escribir, dado que debía ponerme al día con varios pendientes y precisaba ahorrar un poco de tiempo, así que regresé al aeropuerto a la hora indicada -nuevamente, en bicicleta-, obtuve el dato que mi amiga requería y regresé a Tres Soles para sentarme en el mirador del restaurante y ejercer ahí mi ejercicio literario.
Un par de horas más tarde, Fercho se sentó a mi lado. Me detuve para conversar con él.
Día a día, se configuraba un agradable vínculo con él, y además de sentirme muy agradecido por la oportunidad que me estaba brindando, vislumbraba a una persona noble, interesante y muy humana, lo que suscitó que paulatinamente sintiera una auténtica estima por él.
Poco antes había coordinado con mi amiga Natalia que nos reuniríamos por videollamada.
Conocía a Natalia hacía más de dos décadas, siendo muy jóvenes, y a pesar de que existió una bonita y sincera amistad, no alcanzó a consolidarse una conexión tan fuerte como sucedió tantos años después.
A sus dieciocho, Natalia se fue a vivir a los EE. UU, donde estudió un pregrado en psicología y dos maestrías en psicología experimental con énfasis en psicología social e industrial.
Allí era la directora de un laboratorio encargado de investigar procesos sociales.
No volví a verla hasta comienzos de julio de 2022, y fue tal la empatía del reencuentro que sentí como si no hubiéramos perdido contacto.
Físicamente, cambió un poco. Antaño, era muy delgada y poco atractiva, a diferencia de la versión que encontré tanto tiempo después, una mujer madura, muy guapa, poseedora de una inteligencia brillante y una calidad humana excepcional.
Su palidez era la misma de mi joven amiga, resaltada por su cabello negro, un rostro renovado, muy hermoso, y una encantadora sonrisa que hacía juego con unos vívidos ojos y unas cejas oscuras y tupidas que sonreían, a su vez, armoniosamente.
La contacté y fue una espontánea y agradable conversación entre ella, Fercho y yo.
Desde que inició mi correría, día a día sin excepción, estuvo muy pendiente de mí, de cómo iba fluyendo todo, y me brindó sus palabras de aliento cuando las necesité; sin contar que desde una etapa temprana, cuando empecé apenas a considerar llevar a cabo mi viaje, me apoyó y alentó categóricamente, por lo que sentía por ella un cariño muy especial.
Fue, además, la manera perfecta de tener a menudo noticias de Rebecca y Sarah, sus dos preciosas hijas de tres y cinco años, respectivamente, de las que me enamoré desde el momento en que las conocí, un par de meses antes, y con las que tuve la fortuna de compartir en Tenjo, Cundinamarca -allí residía el padre de Natalia- por unos días, una semana antes de mi salida de Medellín.
Fue muy gratificante platicar esa tarde con dos personas tan importantes, cada una a su manera.
Fercho invitó a cenar esa noche a Yésica, Diego, Gonzalo, Pipe, Fercho, Nerea e Iván, y me propuso darle una mano en la preparación de las pizzas que quiso brindarnos. Mientras me enseñaba algunos trucos en torno a la preparación de la cena, no dejaron de sonar excelentes músicas, y fue un rato muy agradable enmarcado en el menester culinario. Sin embargo, el resultado fue el esperado: seguía sin despertar el cocinero apasionado que pudiese habitar en algún inhóspito rincón de mi ser.
Puestas las pizzas en el horno, me senté una vez más en el mirador, donde tuvo lugar, unos veinte minutos después, una escena que encontré bastante interesante.
Escuché de repente voces que no entendí de dónde procedían. Miraba a mi alrededor sin lograr discernirlo.
A continuación, vi luces provenientes de la orilla, justo en frente de donde yo estaba.
Se trataba de Pipe, Diego y Gonzalo, que, alumbrando con linternas, anclaban el Kayak del primero.
Habían navegado en medio de una absoluta oscuridad desde Plan Parejo, el sector donde vivían.
Establecí un paralelo entre su llegada marítima y el usual panorama en Medellín, donde las personas llegan a sus puntos de encuentro en ruidosos carros y motos. En consecuencia, hallé encantador el arribo taciturno que acababa de presenciar.
Los demás invitados llegaron a pie.
Cenamos y charlamos hasta entrada la medianoche, como siempre, con la presencia sagrada de la música.
Me resultó inevitable pensar en unas líneas de una canción de Fito Páez. Hacían parte de "El cuarto de al lado":
"[...] La vida es la reina madre de la inmensidad, la que agita las fieras, la que acerca los corazones.
La música es la reina madre, y ya no se hable más. ¡Silencio!, que ha llegado ella con sus balas y flores".

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