DÍA 12
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-Mario Mejía-
Día 12
Septiembre 16 de 2022, viernes.
Michelle me contó que el águila majestuosa estuvo merodeando de nuevo por el hostal, y que agradecía por tan grata visita.
Quise estar de acuerdo con ella, pero estaba por pensar que tal vez el ave divisaba desde las copas de los árboles a Rita Mayonesa -su perrita- con el ánimo de tomarla como su suculento desayuno.
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Era mi décimo segundo día en el Chocó.
Evoqué los días previos a mi salida desde Medellín, y la ansiedad y la incertidumbre que el viaje me generaba.
En ese punto, tras hacer un balance de esos primeros días en la costa Caribe; considerando las personas que se habían cruzado en mi camino; los excepcionales lugares que hasta ese momento había visitado; las oportunidades que se iban presentando en términos musicales, entre otras dádivas, me decía que fue una buena decisión, y que merecía mucho la pena haberme lanzado al abismo -como escuché decir unos pocos días antes a cierto personaje en un video aleatorio-, comprobando que, como esperaba, el Universo me tendió una red.
A eso de las 7pm daba inicio a un nuevo concierto en Tres Soles.
Como unos treinta minutos después de haber comenzado, empezó a llover copiosamente, viéndome en la obligación de resguardar mi guitarra, amplificador, micrófono y demás efectos.
Tomé asiento en el pórtico del hostal mientras la lluvia amainaba. Una pareja que todo el tiempo estuvo muy atenta a mi presentación, cantando una a una las canciones, se acercó a mí. Se trataba de Mariana, una mujer a la que le calculé unos cuarenta y un años de edad, trigueña, que lucía un corte de cabello que encontré sofisticado, muy corto, y un semblante afable. John, su novio, tendría unos tres años menos que ella, era cordial en demasía y sonreía también. Habían viajado desde Medellín esa misma tarde para pasar el fin de semana en Capurganá.
Me preguntaron de dónde era, qué hacía en la aldea y hace cuánto estaba en ella. Les resumí mi correría y me ofrecieron palabras bastante alentadoras.
Seguía lloviendo y empecé a tocar mi guitarra. Mariana y John comentaron jocosamente que siempre habían querido un "concierto privado", así que les compartí un listado de canciones en físico, invitándolos a que eligieran cuáles les gustaría que interpretara a la vieja usanza, sin amplificación, a razón del fuerte aguacero. Me devolvieron las hojas, separando aquellas que contenían los temas que querían escuchar, y resultó que los tres teníamos bastante afinidad musical. Bromeamos sobre el nombre que podríamos atribuir a esa dinámica y estuvimos de acuerdo en que "música a la carta" estaría bien.
Compartí con ellos algunas de las canciones que solicitaron, y un rato después, en vista de que escampó, nos trasladamos de nuevo al mirador del restaurante y reconecté mi guitarra y demás aparejos.
Toqué unas dos horas más para la pareja en cuestión -que disfrutó cantando y aplaudiendo hasta el último momento-, y para los grupos de personas que llegaron para cenar, escuchar algo de música en vivo, y que, posteriormente, se marchaban para ser sucedidos por otros.
Redondeando, fue una noche maravillosa.
La lluvia cesó por completo y se redujo a una función de constantes destellos que brillaron tras de mí, iluminando el cielo y el océano simultáneamente, mientras disfrutaba nota a nota, al igual que los asistentes, de la música que estuve interpretando.
Un rato después acudieron a mi mente diez versos, a propósito de la especial velada.
Los escribí:
PRIMERA DÉCIMA A MI SEGUNDA MADEJA
Mar, relámpagos aquí,
a mi espalda, mientras toco.
Declaro, y no me equivoco:
como nunca antes fluí.
De repente, me advertí
verde y azul respirando,
con ambas manos tocando
el cielo, la paz, las cuerdas.
Me dije: "Mario, ¿te acuerdas
que algo así andabas buscando?"

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