DÍA 19

 CORRER TRAS UNA SEGUNDA MADEJA

-Mario Mejía-


Día 19

Septiembre 23 de 2022, viernes.



Se aproximaba el mediodía. Mientras adelantaba tareas del voluntariado, conocí a Isabel Ramos. Pidió una cerveza, se sentó en una de las mesas del mirador de la pizzería y platicamos.

Aclaró con aire orgulloso que era la primera que bebía en veinte días, dado que recién terminaba un tratamiento con antifúngicos.

Nacida en Villavicencio, contaba veintinueve años, era una mujer morena, de constitución delgada, cabello negro y corto, estatura mediana, ojos negros muy expresivos y dueña de una enorme y encantadora sonrisa escoltada por un ejército de cándidos dientes de marfil. 

Me contó que había llegado a Bahía Aguacate la noche anterior, y que estaba alojada en el hostal Doble Vista.

Bióloga botánica de campo egresada de la Universidad de Los Llanos, refirió que antes de llegar a Capurganá, pasó cuarenta días en la Amazonía, puntualmente, en una comunidad de nombre Peña Roja, monitoreando la vegetación existente en una parcela permanente.

Mediante el estudio de las especies arbóreas allí presentes; la medición de alturas y diámetros de los troncos, entre otros sondeos de rigor, investigaba la cantidad de carbono sumido en el bosque.

Los indígenas Nonuya de Villazul habitaban el lugar y velaban por el sostenimiento de la reserva.

La ONG para la que trabajaba tenía proyectado que, obedeciendo a los niveles de carbono percibidos, los miembros del resguardo indígena obtendrían una retribución económica.

Me explicó que para ella era un placer tener la oportunidad de visitar -en un plan investigativo- aquellos lugares donde el turista no podía llegar.

Antes de emprender su viaje a pie para El Aguacate, mencionó la posibilidad de trasladarse a Tres Soles para hospedarse ahí, y un par de horas más tarde me confirmó su decisión de hacerlo a través de un texto.

Convino con Fercho que a partir del día siguiente ocuparía la misma habitación que compartíamos Ondina -la nueva voluntaria- y yo.


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Al final de la tarde, llegó Mar. Había tomado un vuelo charter desde el Aeropuerto Olaya Herrera en la ciudad de Medellín hasta la modesta pista de aterrizaje de Capurganá.

Esa noche cenamos y compartimos unos tequilas con ella. 

Mar tenía unos cincuenta años; de nacionalidad española, de cabello rubio, robusta, de una actitud ladina que parecía revelar un amplio bagaje.

Había viajado a su país cuatro meses atrás por asuntos laborales, y regresó a Capurganá para retomar con su compañero la conduccion de Tres Soles hostal y restaurante.

Esa noche fueron muy pocos los comensales en la pizzería, así que a excepción de un par de canciones que Mar me pidió interpretar exclusivamente para ella, la movida musical fue muy serena.


A eso de las 11:30pm me separé del grupo y decidí drogarme con dos agentes que sabía, por experiencia, serían eficaces: la lejanía y la oscuridad. Avancé hacia Playa Piedra, mas no quise detenerme y me alejé aún más. Me interné en la selva, excitado por el sinnúmero de cánticos de los animales nocturnos.  Llegué a un calvero que me invitaba a la escritura, pero me debatía entre esa pasión y la que constituía seguir explorando aquellos terrenos desconocidos para mí. Fue inevitable, ante semejante espectáculo natural, no decantarme por lo segundo. Me adentré cada vez más en la tiniebla espesa y me regocijé en su abrazo sincero. Me llenaba de paz hallarme en una alejada porción desconocida de la selva chocoana, lejos de la falsedad, de la hipocresía, del abrazo fuerte pero vacío y del automático e insulso apretón de manos. Me hallaba solo y seguro conmigo.

Pensé en una frase anónima: "no temas al enemigo que te ataca, sino al falso amigo que te abraza", y, acto seguido, acudió a mi mente algo que desde hacía un tiempo rondaba en mi cabeza, un concepto que se tejía y cada vez cobraba más fundamento, a saber, la consideración de ciertas empolvadas estatuillas de una obsoleta colección, situadas en una privilegiada estantería que, después de una reevaluación oportuna, buscaría reubicar.

Desde el inicio de mi viaje, comenzando con mi estadía en el hostal La Mariápolis, en Necoclí, y por supuesto, posteriormente en Sapzurro y Capurganá, había tenido el gusto de conocer a personas maravillosas. Es más, podría decir que la mayor parte del tiempo estaba ávido de conocer nuevas gentes y escuchar sus historias. Esa noche, en cambio, lo único que quería era estar y hablar conmigo.

Me resultaba difícil explicar con palabras el placer y la inmensa alegría que aquel entorno me proporcionaba. Me sentía tan vivo y pleno que pensé seriamente que en ese preciso instante podría morir siendo muy feliz.

A eso de las 2am, después de deambular a través de la vegetación durante aproximadamente una hora y media, decidí buscar la salida a la playa con el ánimo de entrar al agua. Quizá veinte minutos más tarde estaba metido en el mar con el agua al cuello, como siempre, cauto y respetuoso frente al elemento en el cual era poco experimentado. Además, no podría negarlo, un tanto intimidado por la penumbra. Relajé cuerpo y mente, consiguiendo flotar boca arriba. Me divertí escuchando bajo y por encima del agua, sumergiendo mis oídos y sacándolos a flote alternativamente. Fijé mi mirada en una luz que destacaba en el cielo. No sabiendo si se trataba de una estrella, o del reflejo de una ya inexistente, pensaba en la irrelevancia de las apariencias y en la absoluta claridad de que en ese instante, en ese lugar, éramos solo el mar, el cielo y yo, pero lo tenía todo.

Inmerso en mis pensamientos, aún flotando, me pregunté cuánto tiempo pudo haber transcurrido, y si tal vez el oleaje me había desplazado. Sumergí los pies para tantear la profundidad y al no tocar fondo, fui víctima del pánico -reitero, era un pésimo nadador-, pero procuré mantener la calma y respirar, y unos minutos después pude pisar tierra firme.

Continué sumergido hasta el cuello, dejándome balancear ligeramente por el agua, y frente a la inmensidad salada me dije que se acercaba el momento de empezar a pensar en lo que quedaría atrás, y en lo que estaba por venir.

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