DÍA 24
365
-Mario Mejía-
Día 24
Septiembre 28 de 2022, miércoles.
Mi presentación musical de la noche anterior en Tres Soles fue satisfactoria.
Terminada, caminé al muelle acompañado -una vez más- de Ondina e Isabel. Nos sentamos en su extremo y compartimos, leyendo en voz alta, algunos escritos propios y no.
Hubo dos que, particularmente, captaron mi atención. Danzaban insistentemente en mi cabeza aquella mañana de miércoles, mientras evacuaba las tareas del voluntariado.
Uno de esos contenidos fue una carta de Henry Miller a una de sus amadas, lectura que Isabel contextualizó eficaz y cómicamente antes de leerla.
Miller fue un novelista estadounidense, cuyo material semiautobiográfico constituyó el grueso de su producción literaria.
Se encargó pues Isabel de tejer un jocoso preludio a su socialización de la carta, narrando que Henry trabajó en oficinas, fábricas y otros empleos ordinarios, situación que le generaba mucho tedio.
Se desplazó a Francia, cosa que deseaba fervorosamente, ya que París era el epicentro del hervidero artístico que suponía Europa por ese entonces.
Habiéndose mudado allí con un capital irrisorio, y no contando con la mejor de las suertes, acabó viviendo en las calles parisinas. En medio de tal precariedad, comprobó que resultaba fácil vivir de los ricos, por lo que se ocupó estratégicamente de cultivar amistades prominentes económicamente hablando.
Mediante maliciosas estratagemas, articuló el hábito de comer cada día en la casa de un amigo distinto.
Llegó a un punto en que sabía, de antemano, qué iba a comer, dependiendo del día que fuera.
Sus acaudalados amigos terminaron por abandonarlo, pues se involucró sexualmente con algunas de sus esposas.
Luego, se vinculó amistosamente con una chica de nombre Anaïs Nin, esposa de un banquero. Ella escribía literatura erótica. Redactaba cuentos a pedido para hombres, a cambio de dinero.
Ella y Henry se la llevaron muy bien y se estableció entre ellos un nexo de "franca amistad sexual".
Cuando esta información llegó a oídos de June -en esa época, segunda esposa de Henry, que se había quedado en EE. UU.-, viajó rápidamente a Europa para averiguar qué pasaba con su marido.
En Francia, June conoció a Anaïs, con quien hubo tal conexión que resultó gestándose un trío amoroso entre la segunda y ambos esposos.
Transcurrido un tiempo, las dos mujeres terminaron tan enamoradas, que decidieron abandonar a Henry.
Luego de exponer esta introducción informativa, nos leyó Isabel la carta en cuestión:
[Carta de despedida de Henry Miller a Anaïs Nin]
-Henry Miller-
"Mi querida Anaïs:
¿Qué son las despedidas sino saludos disfrazados de tristeza? Lo mismo que el deseo y el placer de verte mientras te desnudas y te envuelves en las sábanas. Nunca has sido mía. Nunca pude poseerte y amarte. Nunca me amaste demasiado, ni me admiraste como la niña que toma un lente y se pone a ver cómo marchan las hormigas y cómo, en un esfuerzo incansable y lleno de fatiga, cargan enormes migajas de pan. ¿Qué son aquellas noches lluviosas en medio de la cama de un hotel?, ¿qué el recuerdo de nuestros pasos por la calle, en el teatro o en la sala de conciertos?, ¿qué son los recuerdos de los celos, y de tus amantes, y de June, y de mis aventuras?
Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia, nuestras circunstancias; con aquello que se desbordaba en las paredes, el ruido de la calle y la explosión de tu mirada inquieta de ojos delineados en negro; con la sinceridad de tu cuerpo frágil y tu secreto agresivo e insaciable.
El recuerdo puede ser cruel cuando hayas volado febrilmente a tu próximo destino, a otros brazos que te reciban expectantes y hambrientos. El recuerdo de tu diario rojo, que tirabas en la humedad de la cama, entre tus labios entreabiertos y mis ganas de desearte. Te deseo, te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido, y tal vez, en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez, en medio de mi ciudad, con la gente pasando en medio de las calles, y la sorpresa en tus ojos, y la gran dama con el fuego en la mano derecha.
Mi querida Anaïs, mi pəˈtēt, mi jolie, infanta inquieta de sal nocturna. Te extraño cuando huyes de madrugada, y te extraño cuando camino y me tomo un café en la calle; te extraño cuando June se acerca cariñosa y cuando paso por los grandes aparadores. Te extraño casi a todas horas, cuando escribo; cuando te pienso; cuando escucho las campanas que me anuncian que ya son las tres; cuando me acuerdo de las horas interminables entre humo y whisky; cuando tengo una comida que dura toda la tarde; también, cuando me despido de ti cada día a la misma hora; cuando ceno en aquel lugar donde nos dio el aire y cuando escucho la radio.
Adiós, Anaïs, adiós. Ya nos encontraremos en otras vidas, y en otras vidas podré poseerte y quedarme contigo para siempre. Ya te veré en medio de la nieve y entre libros y vino. Adiós".
El segundo escrito que me generó bastante inquietud, fue "El Suicidio de Opus", contenido que casi dos décadas atrás había reclamado igualmente mi atención, haciendo parte de la primera sección de "Magnolia", una película del director Paul Thomas Anderson.
Se trataba de unos párrafos muy interesantes:
[El Suicidio de Opus]
-autor desconocido-
"El veintitrés de marzo de 1994 el médico forense examinó el cuerpo de Ronald Opus, y concluyó que murió de una herida de bala en la cabeza. El señor Opus había saltado desde lo alto de un edificio de diez pisos con la intención de suicidarse. Dejó una nota antes de lanzarse al vacío, en la que indicaba sus razones. Durante la caída, mientras pasaba el noveno piso, su vida se vio interrumpida por un disparo de escopeta que pasó a través de una ventana y lo mató instantáneamente.
Ni el que disparó, ni el suicida, eran conscientes de que una red de seguridad había sido instalada apenas en el piso ocho, con el fin de proteger a unos trabajadores de construcción. Por lo tanto, Ronald Opus no habría completado su suicidio; no al menos de la forma en que lo planeó.
Por lo general -continuó el doctor Mills-, una persona que pretende suicidarse y tiene éxito, a pesar de que el mecanismo podría no ser lo que tenía pensado, todavía se considera suicidio.
Que el señor Opus hubiera recibido un disparo camino a un suicidio que probablemente no tendría éxito, hizo que el médico forense dictaminara un homicidio.
La habitación del noveno piso, desde donde se disparó la escopeta, había sido ocupada por un hombre mayor y su esposa. Mientras mantenían una fuerte discusión, él la amenazó con la escopeta. El hombre estaba tan disgustado que cuando apretó el gatillo, un montón de balines atravesó la ventana y se alojó en la cabeza del señor Opus.
Cuando uno tiene la intención de matar al sujeto A, y accidentalmente mata a un sujeto B, uno es responsable por la muerte del sujeto B. Cuando el anciano fue acusado de homicidio, él y su esposa no titubearon. Ambos dijeron que pensaban que la escopeta estaba descargada, y que era una vieja costumbre del viejo amenazar a su esposa con su escopeta desprovista de municiones.
No tenía la intención de matarla, por lo tanto, la muerte del señor Opus parecía ser un accidente, es decir, el arma había sido cargada accidentalmente.
La investigación posterior reveló, según versiones de un testigo, que el hijo de la pareja había sido visto cargando la escopeta unas semanas antes del fatal accidente. Supuestamente, la anciana había retirado el apoyo financiero a su hijo, y este, sabiendo de la propensión del viejo a apuntarle a su madre, cargó el arma con la esperanza de que, en efecto, la matara: el asesinato del señor Opus ahora era responsabilidad del hijo.
Y aquí viene el toque exquisito. Investigaciones posteriores revelaron que el hijo era, de hecho, Ronald Opus. Se había deprimido tanto por el intento de asesinato de su madre, que esto lo llevó a lanzarse del piso diez el 23 de marzo, sin tener la menor idea de que iba a ser asesinado por un disparo que atravesaba una ventana en el piso nueve.
El hijo se había asesinado a sí mismo, por lo tanto, el forense cerró el caso como suicidio".
Este texto removió nuevamente una irresolución arraigada en mí desde mucho tiempo atrás: el asunto de las casualidades; de las improbabilidades; de la multiplicidad de escenarios posibles frente a la toma de una decisión; de un "sí" o un "no"; de algo que se hizo o se dejó de hacer; de lo que se dijo o no; de tomar el sendero A o B; de abordar el tren o dejarlo ir.
Desde que tenía memoria, hallé fascinante pensar en los muchos panoramas que descartamos al momento de tomar decisiones, como en sus posibles consecuencias. Por ejemplo, si aún estando en Medellín, hubiera movido un par de fichas de una manera distinta a como lo hice, seguramente habría permanecido allí, suprimiendo las mil y una experiencias que mi viaje me permitía vivir.
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Resueltas las ocupaciones en Tres Soles, me dirigí a la playa de arena con Ondina. Ella, avezada en el tema, quería nadar. Solía ingresar en el mar a una distancia de la orilla tal, que, sinceramente, me generaba pánico.
Por mi parte, me instalaría en una zona rocosa contigua al agua, en la que disfrutaba muchísimo escribir mientras contemplaba, entre párrafo y párrafo, el apasionante contraste de mar y selva.
A un par de cuadras del muelle, en plena entrada del centro de salud de la villa costera, nos quedamos absortos al ver a una mujer de unos treinta años -al parecer una lugareña- que desconsolada lloraba y emitía gritos de dolor. Nos enteramos de que su hijo se había ahogado recientemente. Fue desgarrador.
Un rato después, sentado en una roca de mi predilección, escribía.
Empezó a llover -como había pasado los últimos dos o tres días-, y al haber perdido de vista a mi amiga, caminé solo para resguardarme del agua.
Llegué a la porción de playa donde solían ubicarse los bañistas. Aleatoriamente, elegí uno de los hoteles de la zona para huir de la lluvia. Entré, me ubiqué en un gran quiosco, me senté, pedí algo de tomar y retomé la escritura.
Coincidencialmente, se encontraba Ondina sentada sobre un tronco que había justo frente a la puerta del hotel.
Minutos después, le hice un llamado y tomó asiento conmigo.
Era un lugar espacioso, compuesto por un quiosco enorme de laterales abiertos, muy bonito, que hacía las veces de comedor. Bajo ese mismo techo de madera y paja, había un bar con una amplia barra. De cara al océano, habían dos piscinas al lado derecho del quiosco, una infantil y la de adultos, mucho más grande y profunda. Estaba dispuesta en esa zona húmeda una mesa con manteles de color blanco y rojo, y en la pared detrás de ella, un racimo de globos blancos y anaranjados, rematado por un letrerito de cumpleaños en la parte superior.
Al fondo, se encontraba la zona de alojamiento, una construcción de dos o tres pisos que contenía un importante número de habitaciones.
Era una escena solitaria y crepuscular de la que hacíamos parte tan solo una pareja que bebía cerveza a cántaros en la barra del bar; una chica morena que estaba a cargo del sitio; Ondina y yo.
En fechas anteriores, hice mención de Laura y Omar, la pareja que se hospedó en Tres Soles un par de días. También relacioné a Yesenia, la robusta mujer morena -prima de Laura- con la que sostuve la breve conversación en torno a la salinidad y la coloración de los mares de Capurganá, Necoclí y Turbo.
Una nueva casualidad se presentó: resultó ser Yesenia quien nos atendió y preparó café negro, mientras Ondina leía un libro digital y yo redactaba uno de mis textos.
Reportó sentirse cómoda y contenta con su experiencia en Capurganá, al igual que con su empleo en el hotel en cuestión.
Le pregunté por la festiva parafernalia y nos contó que estuvieron celebrando en la zona de las piscinas, unas horas antes, el cumpleaños de un chico.
La fiesta tuvo un trágico desenlace con el ahogamiento de un niño de ocho años que, a pesar de la advertencia de su hermana mayor de que no ingresara en la alberca de los adultos, hizo caso omiso de ella.
Aún con vida, lo trasladaron al centro de salud del pueblo, pero fue demasiado tarde y allí falleció.
Su madre era la misma mujer con la que Ondina y yo nos topamos más temprano, devastada por la muerte de su hijo.

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