DÍA 25

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-Mario Mejía-


Día 25

Septiembre 29 de 2022, jueves.



Esa mañana el característico verde azul dio paso a un gris túrbido, acompañado de troncos y grandes manojos de hojas secas que sospeché llegaban desde el Atrato.

Advertir ese cambio, y el río en sí, me recordaron a Yesenia, y en consecuencia, al lastimoso suceso del día anterior.

Pensé en cómo iniciaba para mí un día sereno y colmado de expectativa, y, en contraste con eso, me pregunté qué sería de la madre del niño muerto. ¿Qué fue de su primera noche sin su hijo?; ¿se diría que hubo mil cosas que quiso decirle y no pudo?; ¿se imaginaría acaso que el pequeño moriría a una edad tan temprana, o por el contrario, soñaba con verlo graduarse de una universidad prestigiosa, o siendo quizá en un futuro un aclamado futbolista profesional?; ¿cuáles fueron las últimas palabras que le dijo, y las que él le expresó a ella?; ¿cuándo fue la última vez que le manifestó al pequeño que lo amaba, o nunca lo hizo?; ¿qué sentiría en el momento en que entrara en su cuarto y viera su cama vacía, sus juguetes, su ropa y el cuaderno donde un día la dibujó y le dijo: "mami, esta eres tú"?

Probablemente, un par de días después, esa mujer caminaría por la calle con semblante sombrío y ganas de nada, con la mirada perdida, la mente nublada, y alguien la miraría y pensaría "le falta actitud".

¿Cuánto tiempo podría pasar para que recordara a su hijo y pronunciara su nombre sin que su voz y su alma se quebraran?

Como ella, muchas otras madres, padres, hermanos y amigos enfrentaban una nefasta realidad. ¿Cuántos migrantes vivían una situación semejante, viendo a sus hijos, hermanos y parejas muriendo de inanición en el lodo, siendo víctimas de la peste febril, de la deshidratación, arrastrados por un río, o asesinados en manos de violadores y asaltantes en el corredor selvático del Darién?

Esas y muchas otras consideraciones con respecto a diversos asuntos rondaban mi mente inquieta, ocasionándome insomnio y pésimos ciclos de sueño, condición que terminé por considerar el motivo de mi notoria pérdida de peso, dado que estaba comiendo realmente bien.


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Esa tarde recibí un mensaje de Michelle.

En ocasiones anteriores le había expresado cuán frustrado me sentía por verme atrasado en la redacción de mis escritos; por no haber podido, durante las últimas semanas, dedicar el tiempo que tenía estimado a leer algunos libros que me interesaban, y por no haber podido tampoco destinar un espacio para adelantar un par de asuntos en lo concerniente a mi dinámica musical en Tres Soles.

A grosso modo, me sugirió manejar la calma y no dejarme agobiar por la premura, señalando que tanto yo como ella habíamos llegado a aquellos parajes lejanos hacía escasamente un mes, y que, ciertamente, el ritmo en aquellas costas chocoanas era muy distinto al que estábamos habituados en la ciudad.

Pensé que no era nada fácil asumir el giro radical que dimos a nuestras vidas en términos personales, laborales, geográficos, culturales, económicos y sociales, y estuve de acuerdo con ella en que la adversidad era un común denominador en los planes de cada uno, pero que, a su vez, constituía la piedra angular de un natural y paulatino fortalecimiento y adaptación para ambos.

Con respecto a mi proceso literario, tenía básicamente un día de retraso, culminando en las horas de la noche, o en la madrugada, los textos que aspiraba a tener listos veinticuatro horas antes. Sobre esto, me ofreció una opinión interesante, argumentando que encontraba un riguroso ejercicio mental el hecho de que estuviera "viviendo dos veces", una, en el momento en que mis vivencias ocurrían en tiempo real; la segunda, a la hora de revivir, un día después, todas esas experiencias que estaba escribiendo. Adujo, además -fue algo de lo que me sentí orgulloso- que habiendo leído mis textos de varios años atrás, le parecía que tal vez dicho ejercicio de remembranza había mejorado mi narrativa notablemente, de tal forma que disfrutaba leer mis escritos día a día, mejorados por el tiempo y la experiencia.

Agradecí sus palabras.


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Fui una vez más a Playa Piedra. Cada vez era más común tomar allí un baño que redujera mi temperatura corporal -al menos por un rato- y retomar camino, como ya he señalado, sin arena en todos lados.


Decidí aceptar la invitación que me hizo Yésica previamente.

Estaba a cargo de Luna Escondida, un eco hotel cerca de la playa en boga, propiedad de un italiano de nombre Alberto, del que -al igual que pasaba con Marco, su compatriota- había escuchado hablar ya bastante.

Ella me habló de la tranquilidad de aquel lugar, agregando que, considerándolo muy propicio para mi quehacer diario, podía ir allí a escribir cuando así lo quisiera.

Me dirigí al lugar, dejando el mar y la playa atrás. Entré por el arco vegetal que referí hace unos días y atravesé gustosamente un tramo de selva y arroyos cristalinos.

En efecto, se trataba de un lugar agradable y natural en el que reverdecía el césped de un jardín muy acogedor con algunas rústicas sillas y mesas de madera. Observé algunas cabañas que, por su apariencia exterior, anunciaban ser bastante confortables.

Una estructura de mayor tamaño comprendía la cocina, un comedor y, en el segundo piso, una amplia habitación en la que, según me indicó mi anfitriona, dormían las personas que allí trabajaban.

Por último, contiguo a la cocina, había un quiosco de amplias dimensiones en el que convergían los huéspedes a la hora del desayuno, el almuerzo y la cena.

Gabriel, un hombre de unos cuarenta años, esbelto, alto y moreno, oriundo de la ciudad de Medellín, me saludó. Me comentó que me había visto tocar un par de veces en Tres Soles, añadiendo que le gustaba mi propuesta musical.

Me preguntó si quería cenar. Asentí. Me brindó su preparación nocturna, que presentó como Causa a la Limeña, un plato típico peruano que contenía puré de papa criolla, pollo picante y aguacate, arroz con limonaria, un salteado de verduras Thai con berenjenas y un puente de queso parmesano.

Describiría aquella experiencia gastronómica como un auténtico espectáculo sensitivo para mi humilde paladar.

Aquella noche, la cada vez más frecuente lluvia se encargó de cancelar mi concierto en la pizzería de Mar y Fercho.

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