DÍA 21

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-Mario Mejía-


Día 21

Septiembre 25 de 2022, domingo.



Recibí una visita imprevista de Michelle. Caminó de Sapzurro a Capurganá, acompañada de su fiel compañera canina, Rita Mayonesa.

Conversamos un rato, y entre palabra y palabra, conoció a Mar y Fercho.

Como al mediodía llegó Yésica a Tres Soles, con quien Michelle, también por azares de la vida, se reencontró después de haber pasado poco más de dos años sin verla.

Entre ambas existía una amistad que databa de mucho tiempo atrás, así que tenían bastante de qué hablar.

Entradas en afable tertulia, y en vista de que entre Michelle y Fercho tuvo lugar una afinidad espontánea, acabaron por almorzar juntos en el hostal.

Por mi parte, me despedí de ellos y emprendí camino a pie con Ondina e Isabel hacia un lugar del que mucho me habían hablado. Se trataba de "La Coquerita", un paraje que contaba una muy interesante historia de la que yo, personalmente, no tenía indicio alguno.

Remberto Toro, procedente de Villa Claret, Chocó, pescaba treinta y dos años atrás, y al ver un cantil situado cerca a Sapzurro, supo que ese sería su hogar.

Construyó una cabaña en dicho acantilado, un lugar donde convergían los recursos que necesitaba para subsistir: tierra para cultivar, mar para la pesca, y lo más esencial, un manantial de agua dulce.

En dicha construcción empleó rocas, madera de ceibas tolúa, palma de iraca -muy utilizada en la fabricación de sombreros y artesanías- y bálsamo.

Era un lugar sombreado bajo el techo natural formado por las palmas a su alrededor.

Con el paso de los años, La Coquerita se convirtió en un destino muy visitado por turistas colombianos y extranjeros, que acudían al sitio para disfrutar de sus pozos de agua fresca y dulce, y de las langostas, pescados y bebidas que Remberto preparaba.

Tiempo después, Sonia, una argentina que había escuchado hablar en un viaje a Capurganá sobre aquel atípico lugar, caminó hasta allí para conocerlo.

Profesora de teatro en Buenos Aires, renunció a su vida citadina al sucumbir ante el encanto de aquel paraíso terrenal en medio de la selva, y claro, del propio Remberto, que se convirtió en su compañero de vida, y con quien tuvo posteriormente un hijo.

En una de las habitaciones del rústico asentamiento, Sonia fabricaba artesanías con alambre, coco, petumo y macramé.

Disfrutamos del lugar alrededor de dos horas, refrescándonos en las piscinas del manantial, charlando, bebiendo café negro y practicando Acro-Yoga con Melina y Diego, con quienes coincidimos allí.

Poco antes de marcharnos, cayó una ligera lluvia, situación que según Melina e Isabel -veterinaria y bióloga, respectivamente-, tendría una interesante repercusión en algunas dinámicas de la fauna propia del territorio que atravesaríamos de vuelta a Capurganá, teoría que se vio respaldada, por ejemplo, por la inusitada aparición de numerosas ranas de la especie Dendrobatidae, puntualmente, la Dendrobates auratus, o rana flecha verde y negra, anfibio cuya presencia era, según nos explicó Melina, bastante común en los bosques de Centroamérica.

Son animales diurnos que, contrariamente a las ranas cuyo mecanismo de defensa es el mimetismo, poseen una coloración llamativa que alerta a sus depredadores sobre su toxicidad.

Por su parte, Isabel, bióloga botánica, señaló la presencia del Bursera simaruba, un árbol comúnmente conocido como indio desnudo, resbala monos y Gringo, en cuyo crecimiento secundario va eliminando su corteza rojiza para engrosar el tronco.

Cuando avistamos la Isla de las Flores, fue Diego quien refirió que la cantidad de fragatas y pelícanos presentes allí anidaban en los árboles durante el segundo semestre del año, época en la que el mar era muy sereno -para mediados de diciembre se tornaba violento, contando con olas tan altas que promovían la práctica del surf- condición que favorecía a los polluelos que estaban aprendiendo a volar, en caso de que cayeran al agua.

Las demás aves marinas como alcatraces y piqueros, por su parte, anidaban en la roca.

Seguimos avanzando y Ondina mencionó cómo la paleta de colores tan característica del mar en la mañana y durante la tarde parecía, con la caída del sol, ausentarse de las aguas para ofrecer, en cambio, un espectáculo celeste.


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Como a las 8pm, ya de vuelta en Tres Soles, llegó Nerea, que viajaría a Bogotá la mañana siguiente.

Pasó con nosotros el resto de la noche, a manera de despedida.

Platiqué con ella un poco más detalladamente y me contó que salió de País Vasco hacía aproximadamente ocho meses.

Graduada en medicina, decidió viajar por un año antes de llevar a cabo su especialización.

Inicialmente, viajó a Chile, pasando un tiempo en su capital, Santiago, y luego, a Valparaíso, una ciudad portuaria de la costa chilena.

Posteriormente, pasó por Cuzco, ciudad que fuera la capital del imperio Inca.

Más adelante, viajó a Bolivia, y señaló tener el gusto de conocer la Isla del Sol, en el Lago Titicaca.

Ulteriormente, regresó a Perú y se quedó un mes más en Cuzco, para pasar luego a Iquitos, corredor de acceso a los albergues en la selva y las villas del norte del Amazonas.

Luego, fue a Leticia, ciudad situada al sur de Colombia en el límite con Brasil y Perú.

Llevaba unos seis meses en territorio colombiano. Hizo un amplio recorrido por la ciudad de Cali, Medellín, el Eje Cafetero, parte de Boyacá -donde estuvo dos semanas como voluntaria-, Bucaramanga, San Gil, Cartagena y Palomino.

Después de tal travesía, estuvo una vez más en la capital antioqueña, y finalmente viajó a Capurganá, donde planeaba permanecer diez días -acabó por quedarse un mes y medio- para luego viajar a Bogotá, Pasto, Chile, Ecuador y continuar con su correría. 

Se le vio nostálgica ante la despedida, y me pidió cantar, acompañado de la guitarra, algunas canciones del cubano Silvio Rodríguez, que parecieron tornarla aún más emotiva.

Fue un agradable compartir en el que se abogó tácitamente por el "hasta pronto" antes que por un adiós definitivo.

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