DÍA 8

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-Mario Mejía-


Día 8

Septiembre 12 de 2022, lunes.



Muy temprano estaba de pie, disfrutando de los cantos matinales de los pájaros y de la verde vista.

Michelle, Polo y los demás se desplazaron a Capurganá. La primera debía hacer mercado y comprar algunas cosas más, y Polo, por su parte, tomaría una embarcación que la llevaría de vuelta a su casa y a su vida en Turbo.

Aproveché su ausencia para estar conmigo y escribir.

Mientras lo hacía, me regocijé por encontrarme en tan mágico lugar, y no hablaba solo del hostal al pie de la selva, sino de Sapzurro en general, de Capurganá, de cada personaje hallado, de cada historia contada, de cada ola, de cada alba y de cada crepúsculo.

Entendí que cada inhalación y cada exhalación constituían un inmenso regalo, de cara a un privilegiado respirar hondo, azul y verde.


Al día siguiente, navegaría con Fercho y sus amigos a Narza, una pequeña isla inhabitada en la Costa Caribe, así que decidí, en vista de que Michelle y los otros tardaban en regresar, ir al muelle en busca de una lancha que me trasportaría a Capurganá, dado que de allá tendría lugar la salida hacia la isla en mención.

Me encontré a Wilber, a quien conocí el sábado anterior. 

Era un hombre cincuentón, moreno, alto y fornido, que, según parecía, se encargaba de gestionar los recorridos de los botes que se desplazaban entre Acandí, Capurganá, Sapzurro y Bahía Aguacate.

Me indicó que solo saldría una más a las 4pm. Eran como las 2pm, así que caminé por la playa, bordeando un mar que ofrecía a mi vista un degradé de azules y verdes que en pocos lugares había visto.

Me topé con Dubán, uno de los muchachos que nos ayudó el día anterior cargando los enseres de Michelle desde el puerto hasta el hostal. Poseía una curiosa sonrisa que no recuerdo haber visto huir de su semblante en ningún momento.

Lo acompañaba Gilma, una samaria de unos veinticinco años, de piel oscura y fina, cabello corto y dientes de una blancura envidiable.

Nos internamos en la selva. Como mencioné, eran pasadas las 2pm, pero era tal la espesura que parecía anochecer.

Avanzamos entre hierba, troncos y piedras, y, finalmente, llegamos al destino propuesto por ellos, la Cascada La Diana, un oasis de agua dulce en medio de la salada inmensidad. Disfrutamos de sus aguas frías y cristalinas, y acordamos, en días posteriores, ir cascada arriba para sumergirnos en un pozo más extenso y profundo que ellos mencionaron.

Me contó Gilma que hacía unos años viajó desde Santa Marta a Bogotá, donde pasó unas semanas para luego viajar hasta Capurganá, propiamente a Bahía Aguacate. Luego, partió a Sapzurro, donde llevaba casi un mes. Dentro de nueve o diez días viajaría a la capital antioqueña para quedarse indefinidamente.

Dubán, por su parte, señaló ser de Medellín. Allí trabajaba en una empresa de aseo que prestaba outsourcing de servicios, pero renunció, en mayor parte, por los extensos horarios y un mal pago.

Desde que llegó a Chocó, había obtenido algo de dinero ayudando a descargar barcos, y brindando apoyo en algunos hostales.

Me despedí -solo por ese día- de ese pequeño paraíso en medio de la selva, así como de Gilma y Dubán.

Emprendí camino de nuevo al desembarcadero en busca de mi lancha.

Al pasar por el Hostal del Chileno -donde me hospedé unos días en febrero de 2021- distinguí a Isa Giraldo, la chica que me dio a fumar su picadillo de lavanda y eucalipto, en La Mariápolis. Ubicada en una mesa de madera trabajaba, desde un ordenador, en una de sus ilustraciones.

Me contó que había llegado a Sapzurro esa misma tarde, y que pasaría allí el resto de la semana.

Me preguntó cómo iba mi viaje, se lo conté brevemente y continué mi camino.


En el trayecto hasta Capurganá, aparte de los imponentes paisajes selváticos y marítimos, no hubo novedades.

Un rato después, me hallaba sentado en el mirador de Tres Soles, acompañado de Fercho y Héctor Palacio. El segundo era el padre de Diego Palacio, quien fue en un pasado no muy lejano uno de mis profesores de música.

Héctor era un señor de unos sesenta años, un tanto voluminoso y alto. Vestía algunas canas, muy serio.

Él y sus hijos eran propietarios de un hotel en Capurganá y otro en el municipio de Bahía Solano, al noroccidente de la Costa Pacífica Colombiana.

Me indicó que Diego estaba por esas fechas a cargo del segundo.

Un par de días antes, a través de Diego, me enteré de que su padre vivía en Capurganá, y de que, de hecho, era quien rentaba a Fercho el predio donde se hallaban el hostal y el restaurante.

Conversamos los tres y compartimos un par de cervezas con el inmenso mar justo en frente.

Más tarde, Fercho preparó una deliciosa pizza con mucho queso, vegetales y deliciosas aceitunas verdes, y nos invitó a cenar.

Acordé con él el sitio y hora de salida para Narza al día siguiente.

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