DÍA 26
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-Mario Mejía-
Día 26
Septiembre 30 de 2022, viernes.
La noche anterior tuvo lugar en Gata Negra -el hostal del que Michelle estaba a cargo- un primer encuentro literario del que algo me había comentado.
Cuando vivía en Santa Elena, dirigía un colectivo llamado "Bazar Cultural la Rueka", que bajo la figura de mercado solidario, promovía movimientos culturales e integraba la comunidad selenita, mediante la expresión circense, musical, culinaria y artesanal.
Existía en común entre los emprendedores que participaban del bazar una filosofía eco-amigable y eco-protectora, que invitaba a la conciencia ambiental y a la salud mental .
En una primera etapa de la jornada, daban pie a lo que llamaban un "compartir de saberes", mediante el cual socializaban sus propuestas individuales. A continuación, pasaban a una segunda, que no era otra cosa que el despliegue de sus expresiones culturales.
Uno de los objetivos de Michelle era dar continuidad al bazar en Sapzurro, y era algo que yo, a decir verdad, le aplaudía.
Me contó que a pesar de la ola invernal, aquella primera sesión fue satisfactoria, propiciando la participación de algunos nuevos amigos y vecinos suyos con los que, además de la velada cultural, podría gestarse con el tiempo una sinergia generalizada de la que probablemente todos saldrían beneficiados.
Me extendió la invitación a nuevas sesiones y me entusiasmó la idea.
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Aquella mañana me dirigí al lugar encantador del que hablé antes, aquella demarcación llana, alfombrada por un fresco y verde césped, en cuyos rocosos bordes un perenne colisionar de las olas orquestaba una pieza musical blanca y espumosa que parecía mover mis dedos y potenciar mi creatividad al momento de escribir.
Después de pasar un rato sentado, apoyado en el tronco de una palmera, me puse de pie para descansar un poco de aquella posición. Continué con mi redacción y entretanto, inconscientemente, di algunos pasos, y comprobé que caminar descalzo sobre la tupida grama, mientras escribía -lo hacía en un bloc de notas de mi móvil-, me generaba un profundo bienestar.
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Supe que hacía un par de días había llegado Johana de San Blas, y decidí caminar hasta su casa para saludarla y entregarle algo.
Al llegar a su propiedad, ubicada a una cuadra de la pista de aterrizaje, me encontré con que no estaba, mas fue para mí un gusto saludar a Checho, a quien no veía hacía días.
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Mar, Fercho y yo, almorzamos un sabroso plato cordobés que probé por primera vez esa tarde, y que ella preparó, Salmorejo, consistente en un majado de tomate, migas de pan, aceite de oliva y ajo.
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Más tarde, atendiendo a una petición especial, mi amiga Natalia, que estaba en Queens -distrito de Nueva York en Long Island- presenciando la puesta en escena de una banda estadounidense de indie rock de todo mi gusto, Death Cab for Cutie, me concedió el placer de disfrutar virtualmente, recién salido del horno, un segmento de una de mis canciones favoritas del grupo.
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En la noche, Ondina e Isabel hicieron una férvida narración de su experiencia buceando. Llamó particularmente mi atención un asunto de orden preventivo en el que su instructor hizo mucho hincapié, y que ellas me replicaron. Cuando se lleva a cabo una inmersión, se está afectado notablemente por la presión atmosférica que varía a medida que el buzo alcanza mayor profundidad. Una parte del porcentaje de nitrógeno presente en el oxígeno contenido en los tanques que lleva sujetos a su espalda, es acumulado por el cuerpo del practicante durante un lapso hasta de más de veinticuatro horas, tornando su cuerpo como una gaseosa. Por consiguiente, es prudente que este no realice ejercicio físico, ni ejecute actividades que impliquen cambios de altura por lo menos un día después de la inmersión, dado que el movimiento podría ocasionar que el gas presente en el cuerpo se convierta en burbujas, obstruyendo la circulación y produciendo una embolia.
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Esa noche, una vez más, la lluvia no me permitió hacer música en vivo.

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