DÍA 14

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-Mario Mejía-

Día 14
Septiembre 18 de 2022, domingo.



Suponía para mí un inmenso placer el hecho de que Fercho tuviera bastante afinidad musical conmigo, y que, al igual que yo, disfrutara de escuchar buena música la mayor parte del tiempo.
Resultaba muy común mientras permanecía en el hostal, ya fuera adelantando las tareas del voluntariado, escribiendo, o charlando con él o algún visitante, escuchar sonando de fondo canciones de Joy Division, The Cure, Stereophonics, Pearl Jam, Pink Floyd, The Smiths, Stone Temple Pilots, Rush, Violent Femmes, Alice in Chains, Los Rodríguez, Joaquín Sabina, Gustavo Cerati, Enrique Bunbury, y por supuesto, el grupo español de sus amores, Extremoduro, entre muchas otras.

Concluí el voluntariado poco antes del mediodía y decidí buscar un buen lugar para sentarme a escribir.
Caminé unos cuarenta minutos por la playa, dejando atrás algunos pequeños grupos de turistas, en su mayoría, provenientes de Europa y Centro y Norteamérica.
Hallé una zona rocosa en la que el pie de la selva, el sonido de las olas estrellándose contra las piedras, las aves flotando sobre corrientes de aire, algunos cangrejos que esquivos entraban y salían de sus guaridas, una que otra ardilla, un vasto mar verde azul que se desplegaba ante mí, y yo, fuimos una misma unidad.
Pasé allí cerca de tres horas, después de las cuales decidí volver sobre mis pasos para realizar un par de pequeños ajustes en casa de mi amiga Johana, que había partido hacía un par de días hacia el archipiélago de San Blas.
De camino, me encontré con Edwin, el oficial encargado de llevar a cabo las reparaciones locativas en el hostal en Sapzurro donde Michelle estaba a cargo. Narró cómo la noche anterior fue vehemente en el cometido de beber cerveza en un billar en Sapzurro. Aquella tarde dominical tomaba otras tantas, en miras de lo que llamó un "desenguayabe efectivo".
Tras una conversación sucinta, me despedí, procurando llegar a casa de mi amiga antes de que tocara tierra una tormenta que se anunciaba con truenos y un fuerte viento.
La tempestad me alcanzó a escasas dos cuadras, pero agradecí, sintiéndome bastante acalorado, sus gordas y frías gotas de agua aclimatándome.
No había nadie en casa, así que supuse que Checho estaba cerca de Bahía Aguacate, donde cuidaba la cabaña de una amiga suya, que, según me contó unos días antes, estaba de viaje en Cali.
Recordé que ese día estaba de cumpleaños Giovanni Echeverri, un primo al que adoraba y al que siempre consideré el hermano que nunca tuve.
Contaba cuarenta y tres años, uno más que yo.
Después de llevar una vida citadina, decidió un día -calculo que tendría treinta y tantos años- comprar una tierra en el Municipio de San Carlos, puntualmente, en una vereda de nombre Santa Rita, en la parte alta de la montaña.
San Carlos es llamado "la costa antioqueña de agua dulce", atendiendo a su abundante resurso hídrico y a sus suntuosos paisajes.
Se radicó allí definitivamente con su compañera Érica -a quien conociera poco tiempo después de abandonar la ciudad-, y con Martín y Tomás, los dos lindos y taimados hijos que tuvo con ella.
Lo llamé para felicitarlo, pero fue en vano, al parecer, a razón de la pésima -casi nula- recepción en la finca donde residía.
Resolví un par de cosas donde mi amiga y me fui caminando a Tres Soles.
Me detuve para comprar algo en una panadería cercana a la cancha principal y me topé con Fernando, un hombre de unos cuarenta años de edad, moreno, de cabeza glabra y estatura media que tenía rentada una habitación en casa de Johana.
Era instructor de buceo, así que en uno de nuestros primeros encuentros -pocas veces coincidíamos- le expresé mi interés de certificarme en tal disciplina a mediano plazo, a lo que se mostró muy colaborativo.
Fernando tocaba la guitarra también -no lo hacía nada mal-, y en alguna ocasión previa compartimos un buen momento intercambiando repertorio y hablando de músicas de mutuo interés.
Comimos algo, platicamos un rato y me dirigí al hostal de Fercho para escribir un poco más y , finalmente, descansar.

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