DÍA 43
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-Mario Mejía-
Día 43
Octubre 17 de 2022, lunes.
Unos dos meses antes, habría experimentado un arraigado tedio y una repulsión natural al pensar que iba a pasar más de la mitad de mi día cumpliendo un horario, confinado en un espacio que, paulatinamente, hallaba menos tolerable. Miraba atrás y me veía como un siervo domesticado, operando en modo estúpido-automático, invirtiendo la mayor parte de mi energía y de mi tiempo en pro de enriquecer cada vez más a los acaudalados propietarios de una entidad dadora de empleo, a cambio de recurrentes muestras de reproche y desagradecimiento, y unas muy pocas —por no decir nulas— orientadas a un mínimo reconocimiento. Esa dinámica resignada me costaba muchísimo trabajo, y claro, de ahí su nombre.
Curiosamente, por esas fechas llegaban a mí caudales de información de índoles distintas, confirmándome que estaba transitando un camino quizá fragoso, hostil y a veces doloroso, pero conectado categóricamente con mi ser y con mi potencial, y atendiendo —además— a un llamado que hacía eco en mi interior desde mucho tiempo atrás. Hablo de libros, máximas, material que la gente me compartía, canciones, entre otros.
Preceptos como —solo por mencionar un ejemplo— “La manera en que una persona toma las riendas de su destino es más importante que el destino mismo" —del erudito prusiano Wilhelm Von Humboldt— se presentaban ante mí, espontáneos e imperativos.
Después de desayunar algo, escuché un podcast que Tífany me había compartido pocos días antes, acompañado del siguiente mensaje: “Gonzalito ya se había hastiado mucho antes que tú. Escúchalo, o léelo”.
Era un contenido de audio de Gonzalo Arango, un escritor, dramaturgo y periodista colombiano, nacido en Andes —un municipio del suroeste antioqueño— en 1931; y paradójicamente —no pude concebirlo de otra forma— fallecido en un accidente automovilístico en 1976, en el municipio cundinamarqués de Gachancipá.
El podcast contenía una interesante lectura en voz alta —por parte del mismísimo Gonzalo— de uno de sus textos, titulado “Medellín, a solas contigo”.
Mi atención y mi famélico interés pendularon, particularmente, sobre algunos pasajes:
“[... ] La visión de la ciudad es espléndida desde esta altura. Puede pensarse en un paisaje ideal para místicos, pero aquí viven los industriales antioqueños”.
“[...] ¡Oh, mi amada Medellín, ciudad que amo, en la que he sufrido, en la que tanto muero! Mi pensamiento se hizo trágico entre tus altas montañas, en la penumbra casta de tus parques, en tu loco afán de dinero. Pero amo tus cielos claros y azules como ojos de gringa”.
“[...] Te confieso que no me gustaba tu filosofía de la acción, y elegí para mí la poesía. Este era el precio de mi orgullo y de mi desprendimiento”.
“[...] Hui de tu belleza y de tus glorias para conquistar las mías, en vista de que no parecías orgullosa de mis alabanzas, y me despreciabas como a un bastardo porque no hacía lo de todos: rezar el rosario, casarme, trabajar como un negro y después morir”.
“[...] No todo es Hacer, Medellín. También No-Hacer es creador, pues no solo de hacer vive el hombre. Dijo Lawrence: 'Prefiero la falta de pan a la falta de vida'. Pero tu fanatismo laborioso no te da tiempo para asimilar otras filosofías de la vida. No has tenido tiempo de aprender a vivir, solo sabes trabajar y morir. Te digo por esto que casi no sabes nada, mi querida. Ni siquiera eres consciente de tus maravillas. Te enloquece el Poder sin la Gloria. A veces le coqueteas al Espíritu, pero pesas demasiado con tu materialismo para permitirte una grandeza que no es elevada, que no es del alma”.
Como a mis diecisiete, mientras cursaba el bachillerato, había leído algunos apartes de Gonzalo, pero escaparon desapercibidos —al igual que muchos otros contenidos de múltiples procedencias— franqueando la minúscula ranura de una puerta custodiada por lo que sea, excepto por el filtro riguroso que conceden la vasta experiencia y un criterio amplio y madurado.
Aquel día, en cambio, cada una de esas palabras resonaba en mí cual papiro de decretos encauzados a desenmarañar mis dos madejas.

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