DÍA 61
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-Mario Mejía-
Día 61
Noviembre 4 de 2022, viernes.
A pesar de la constante lluvia, mi primera noche en mi nuevo cubil fue exitosa.
Mientras desayunaba, el profe mencionó a una amiga de la infancia, Clara Eugenia Lemos Ruiz. Se refirió a ella como fuente de inspiración de Andrés Caicedo, un escritor, cuentista y guionista vallecaucano bastante aclamado en Colombia. Me contó que en ese entonces —2022— Clara estaba escribiendo un libro titulado "Los caminos de Andrés Caicedo".
Gloria, por su parte, relató algo particular. Algunas de sus prendas y accesorios no habían sido comprados por ella: el mar se los había regalado. De hecho, ese día usaba unas sandalias y una gorra, en perfectas condiciones, que el océano llevó hasta la playa Belén. Lo mismo sucedió con un perfume completamente sellado al que aludió, entre otros enseres en excelente estado.
Hallaba especial comprobar, día a día, que se trataba de una pareja genuinamente enamorada. La manera en que se hablaban, cómo se miraban y se preocupaban mutuamente, daban fe de ello.
A propósito, me pareció curioso que el profe mencionara algo que, precisamente, me estaba pasando por esos días. Aseguró que podían transcurrir tranquilamente diez, doce, quince días sin mirarse a un espejo, y que era su compañera la que, al advertir que lucía muy descuidado, lo afeitaba, le cortaba el pelo, y si la ocasión lo ameritaba, lo perfumaba.
“Eso la hace feliz, y es lindo hacer feliz a alguien más, y tratándose de Gloria, es aún más noble ese propósito. Si existe una persona leal, honrosa y diáfana, esa es ella”, agregó emotivamente.
En mi caso, ese asunto del espejo cobraba vigencia desde que comenzó mi estadía en la distante Finca Iracas.
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Recibí un mensaje de mi amigo Esteban Arroyave con respecto a la tabla de apotegmas que Natalia me había compartido, y sobre la cual, en mi escrito de dos días antes, había planteado algunas consideraciones. Me habló sobre el séptimo aforismo:
A pesar de estar separados, estamos juntos en esto.
“Es determinante, sobretodo la forma en que influenciamos a los demás, a pesar de la distancia”, me escribió.
Su comentario me hizo pensar en la Filosofía sudafricana Ubuntu —que mencioné, a grandes rasgos, en textos previos—.
Esteban introdujo en la conversación a Jacobo Grinberg Zylberbaum, un neurofisiólogo y psicólogo mexicano. Aludió a su tesis: “Todos somos Todo”.
Tiempo atrás —no lo recordaba, mas el tema propuesto por mi amigo demandó tal memoria— leí algo sobre la Teoría Sintérgica de Grinberg —Esteban se refirió a ella como La Lattice—, la cual proponía que existe un continuo espacio de energía y que los seres humanos solo pueden percibir una parte de él. Glosando a Esteban, mencionó que cada célula actúa individualmente y puede vivir por sí sola. En sinergia con otras células, componen un organismo más grande, y aunque la célula ignore que hace parte de un sistema mucho más complejo, cumple sus funciones y es parte primordial en un todo.
Transmití a mi amigo mi percepción:
Hallaba curioso e interesante que, sin importar la cultura, la porción geográfica, las creencias, costumbres y la construcción histórica y cultural de un pueblo, se expusieran conceptos —en algunos casos, muy similares— en torno a un mismo asunto. Me atreví a asociarlo con un espinoso tema, la existencia de una deidad. Mi opinión personal era que ninguna religión tiene una última palabra, ya sea oriental u occidental. Cada una tiene sus más arraigados fundamentos y percepciones que, aunque en ocasiones antónimas, al fin y al cabo, orbitan en muchos casos en torno al mismo núcleo: el concepto de deidad. Por esa razón no me declaraba ateo, pues a mi modo de ver existe un Dios, un Todo, una Energía, que ni yo, ni Esteban, ni una religión, ni el más iluminado de los científicos, teólogos o filósofos, por más longeva que fuera su vida —y si era el caso, su titánica y concienzuda investigación— podría dimensionar o comprender; una Fuerza Superior inexpugnable, inabarcable e incomprensible para nuestro humano y limitado entendimiento.
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Esa noche mi presentación musical resultó bastante productiva. El público fue nutrido y muy receptivo. Los comensales de una mesa en especial cantaron y aplaudieron mis interpretaciones, me brindaron cerveza y pidieron “música a la carta” que con gusto les serví. Se trataba de una afable familia vallecaucana, residente en Medellín. Oscar, un señor de tal vez setenta años, sonreía maliciosamente coronado por la nieve de los años; era delgado, estatura promedio y piel trigueña. Diana, una de sus hijas, tendría unos treinta y siete años, delgada, ojos claros, cabello a los hombros color castaño. A Sonia, hermana de Diana, le calculé veintiséis. Era una mujer blanca, muy guapa, tenía un cabello muy largo negro, lacio y sedoso, voluptuosa y llamativa. Por último, Esneider, primo de las dos hermanas, era un hombre que rondaba los cuarenta, moreno, cabello corto oscuro y actitud maliciosa. Oscar e hijas vivían en la capital paisa, y Esneider —también oriundo del Valle del Cauca— estaba radicado en la ciudad de Pereira, una región montañosa cafetera en el oeste del territorio colombiano.
Intercambiamos números y redes sociales, dado que exhibieron —especialmente Sonia— su interés por leer lmis textos.

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