DÍA 47
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-Mario Mejía-
Día 47
Octubre 21 de 2022, viernes.
Finalmente, concluyó mi reconstrucción dental.
Se sintió bien sonreír sin preocuparme por cubrir mi boca con una mano, evitando exhibir el abrupto desgaste que había ocasionado un bruxismo severo —hábito involuntario de apretar o rechinar los dientes— a lo largo de los años.
Quizá dos días antes, el especialista hizo una impresión de mis dientes superiores en una especie de yeso o arcilla, con el fin de construir una placa dental anti-bruxismo que debía usar en las noches —mientras dormía era cuando bruxaba con mayor brusquedad, generando un desgaste gradual— para contrarrestar tal condición. Ese día me proporcionó el artilugio dental.
Se podía decir que, como fue en un tiempo atrás, tuve unos dientes medianamente presentables.
Como mencioné antes, ese fue uno de los principales móviles de mi regreso temporal a Medellín. Precisaba también definir el envío de mi bicicleta a Capurganá, lo que implicaba resolver el asunto del embalaje y la consecución de materiales para el mismo. Poco antes del mediodía, logré concertar con Dave, un antiguo compañero laboral, que lo visitaría al día siguiente en su lugar de trabajo. Allí me haría entrega de un empaque de dimensiones considerables.
Previamente, había acordado con Aura que almorzaríamos en su apartamento, así que una vez terminé un par de pendientes, me desplacé hasta allí.
Disfruté saludar de nuevo a Annia y Kiara, sus dos gatas. La primera, macisa, de pelaje gris y ojos amarillos, era extrovertida, juguetona y traicionera, enterrando sus uñas súbitamente tras lo que podrían considerarse comuniones amorosas acompañadas de mimos y caricias.
Kiara, delgada y alargada, en cambio, era un animalito sumamente reservado, pero tierno desde lejos.
Entre otros talentos, Aura diseñaba y fabricaba velas en cera de soja, macetas en cemento —con plantas o velas, según pedido—, posavasos y mandalas pintados en madera, cuya belleza y pulcritud coronaba con una técnica que practicaba con disciplina desde mucho tiempo atrás, a saber, el puntillismo.
En un momento de su vida, decidió no ejercer más como abogada, y hasta esa fecha podía decir con orgullo que se ganaba la vida permitiéndose un fluir natural y feliz, bienaventuradamente exento de la amarga opresión que el cumplimiento de interminables horarios supone, y vertebrado por una previa proyección del hacer con sus pasiones, como por la posterior materialización de la misma, que, aunque con serias dificultades al principio, consiguió estabilizarse y proveerla de lo necesario y más.
Aura era avezada y apasionada en materia culinaria, así que, apelando a mi aversión por el tema, pactamos que ella se encargaría de cocinar, y después de haber dado cuenta del almuerzo, yo lavaría la loza y practicaría la limpieza y orden general a la cocina.
Disfrutamos de su exquisita preparación, platicamos caudalosamente y admiré numerosas y encantadoras producciones manuales que había elaborado después de nuestra ruptura, y que, sumadas a las que yo ya conocía, conferían a su casa una atmósfera permeada de un indecible encanto y mucha tranquilidad.
Al día siguiente, me acompañaría al sector de El Poblado, donde trabajaba Dave, para recoger el cartón que usaría en el embalaje de la bicicleta, y para ocuparme de otros asuntos que debía zanjar antes de viajar nuevamente al Chocó.

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