DÍA 54

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-Mario Mejía-


Día 54

Octubre 28 de 2022, viernes.



La noche anterior, al regreso de la playa, Andrea y Ana se fueron a dormir. Por mi parte, me senté en el quiosco a escribir un rato más.

Al día siguiente salté de la cama poco antes de las 6am y tomé asiento en la mesa situada en el jardín, la misma en la que cenamos y charlamos los tres.

Ver sobrevolar un águila —conocida como Chía Chía, aseguró Andrea— me hizo recordar aquella que avisté en lo de Michelle como un mes antes.

Escribía y bebía café negro preparado por Andrea, y escuché de fondo un trozo de “Tiempo al tiempo”, del argentino Fito Páez:

"[...] Cada día es una oportunidad de salir a la calle y enfrentar al viento. Los sueños, a veces, se hacen realidad: dale tiempo al tiempo”. Lo estaba viviendo. Agradecí a la vida por todo lo que me estaba pasando. 

Me despedí de Andrea, eternamente agradecido por su hospitalidad y excelente compañía, y emprendí camino a pie hacia la parte central de Capurganá.

Me detuve en una porción de mar cuyas azuladas aguas cristalinas parecían acentuar los colores de las piedras yacentes debajo de ellas, como los de la orilla. Me di un chapuzón y me sentí envuelto por un todo verde selva y un azul “oceánico-celeste” digno del mejor de los sueños. Llevé a cabo un ejercicio que había practicado algunas veces anteriormente / Me ubiqué en día y horario / 9am de viernes / ¿Cómo era, antes de salir de Medellín, un momento como ese? / A las 9am comenzaba mi horario laboral / Solía pensar con desánimo: “pasaré más de la mitad de mi día aquí metido, donde no existe el azul del cielo, ni el canto de un pájaro, ni el correr de un arroyo, ni un ave suspendida por corrientes de aire; no existía nada parecido a la libertad / Mi tiempo y mi día no eran míos, eran de mis empleadores / A cambio de ver pasar mis días ajenos a la pasión y a la emoción, o a algo medianamente parecido a mi plenitud, recibía, cada quince días, sin falta, una suma de dinero, pero, ¿era feliz con eso?, ¿debía ser de esa manera? / Muchas veces soñé con tener un empleo que implicara salir de la ciudad, tener contacto con la montaña, con el pasto, lejos de edificios, amasijos de carros, polución y un contacto frecuente con las personas / Aquella mañana me dije que ese sueño parecía realidad / Mi día era mi día / Ese viernes era mío, y en lugar de someterme a un encierro que definitivamente detestaba, era abrazado por la inmensidad salada; mi mirada avanzaba por la línea horizontal que dividía el azul celeste del oceánico, y si giraba ciento ochenta grados, mientras seguía flotando, se desplegaba ante mí una selva espesa que inhalaba y exhalaba cual pulmón de tierra / Vivía mi vida / No tenía asegurado un pago quincenal, pero sí mi tranquilidad, y eso valía más que cualquier cosa / Tenía menos plata en mis bolsillos lo que obtenía tocando música en Tres Soles, pero tenía paz en mi alma / Agradecí al Universo una vez más / A ese momento de mi vida lo llamaba Libertad, Felicidad y Plenitud.


Continué mi camino y me detuve en lo del profe. Cerramos el trato contemplado el día anterior y le pagué una parte de mi primera mensualidad. Así pues, podría armar mi carpa en ese lugar magnificente, hacer uso del servicio de baño y ducha, emplear la cocina —en caso de querer ejercer mi arraigada pasión culinaria, e ingresar en la piscina de agua dulce ubicaba en un balconcito de madera que se conectaba con el quiosco mediante un corto pasillo.

Quiosco, pasillo y balcón estaban enmarcados por barandas de madera pintadas de color azul, blanco y naranja, y el tercero brindaba un majestuoso espectro visual de trescientos sesenta grados.

Llevaría a cabo mis planes tal cual me los planteé. Leería y escribiría durante el día. Poco antes del ocaso, iría a tocar a Tres Soles, y terminadas mis presentaciones, regresaría a Iracas de Belén para descansar en mi carpa.

Llegar a ese acuerdo con la pareja de señores me hizo sentir feliz, y ¿cómo no hacerlo, si iba a vivir en un paraíso?

De inmediato, comprobé que el profe era una de esas personas con las que se podía sostener una conversación interesante y productiva. Detestaba interactuar con personajes que disfrutaban encauzando la plática hacia sus trofeos materialistas de manera incisiva: “compré tal camioneta”; “estoy pagando una casa en”; “me van a pagar tanto”; “este teléfono celular me costó”, y cosas por el estilo.

Me habló de la filosofía Ubuntu, de origen sudafricano, basada en la creencia de que hay un vínculo humano universal que hace que las personas sean capaces de superar retos y adversidades porque están conectados. Apuntó que una de sus premisas fundamentales es “Yo soy porque nosotros somos”.


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Esa noche, después de dos semanas, volví a tocar en la pizzería. 

Concluido mi número, compartí un par de tragos con Fercho, Paula Andrea Correa —la apodaban “la capitana”. Vivía en Capurganá hacía veinticuatro años. La conocí durante mis primeros días en tierras chocoanas—, Yésica administradora del Eco Hotel Luna Escondida, y amiga del grupo—, Mar Mariscal Ocete compañera sentimental de Fercho—, Yesenia una corpulenta morena contratada en Tres Soles para apoyarlos en algunas tareas—, Felipe mano derecha en la cocina de Tres Soles—, Enrique, Marco el italiano del que había oído hablar, y que recién conocí— y Max Bending Rodriguez, un parisino con el que los dueños del hostal-pizzería y los demás tenían, al parecer, alguna historia por contar.

En esa ocasión, Fercho me ofreció hospedarme gratuitamente en su hostal, pero pesó más mi voluntad de pasar una primera noche en el hermoso lugar en el que me radicaría indefinidamente.


Era tal vez la 1am cuando emprendí camino hacia Iracas de Belén. Disfruté como nunca de aquella caminata entre playa, mar, selva, oscuridad, cantos de animales desconocidos, miles de estrellas estampando el cielo, y el cruce de riachuelos cuyo nivel del agua, según comprobaba, subía y bajaba dependiendo del momento del día.

Me repetía que las cosas más valiosas de la vida eran gratis, y que aquello podía traducirse en lo que sentía en ese momento: una paz insondable, una genuina exclusividad y la libre decisión de vivir un día más, o —si así se me antojaba— dejar que el gigante azul me abrazara por toda la eternidad.

Por alguna razón pensé en “Monstruo”, una canción del cantautor bogotano Andrés Correa Ramírez, preguntándome si era uno de los cien tracks elegidos por el profe Villamarín para su precioso libro “Canciones para Astronautas”.

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