DÍA 58

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-Mario Mejía-


Día 58

Noviembre 1 de 2022, martes.



Primera noche en mi campamento. Dormí bastante bien.

El profe me obsequió una brújula análoga, como señaló, “por si me llegaba a perder en El Darién”. La recibí con mucho cariño, nunca había tenido una.

En una cabaña de madera cercana al lugar donde asenté la carpa vivían Steffany y Karen, dos hermanas procedentes de la ciudad de Cali, en el Valle del Cauca. La primera era alta, delgada, cabello negro lacio, blanca y ojos claros. Su hermana, entrada en carnes, tenía ojos verdes, cabello castaño oscuro y era un poco más baja. Ambas eran actrices de teatro. Desde mi carpa, pude verlas practicando algún tipo de danza en el pórtico de la modesta casa.


Escribí en el quiosco Iracas y soplaba tan fuerte que me pregunté cuánto tiempo mi humilde computadora iba a soportar el invasivo salitre.

Esa mañana, sin falta, nos visitó la adorable Maria Mulata, en busca de algunas migajas.

Al igual que el día anterior, recibimos la visita de dos franceses. Esa vez fueron Charlotte Fricain y Pasan Guillaume, una simpática pareja de novios, quienes compartieron con nosotros un buen rato colgado del café negro y la conversación. Ella era una sensual mujer de veintinueve años, de un rostro hermoso, ojos azules, piel blanca, cabello castaño oscuro largo y liso, un cuerpo de suaves y bien configuradas curvas, bastante extrovertida. Guillaume, por su parte, tenía una edad muy similar, era musculoso, trigueño, cabello corto rubio, estatura promedio, también muy cortés. Mencionaron estar viajando por Colombia desde el mes de julio, empezando por Bogotá. Luego, a mediados de octubre, llegaron al departamento chocoano, moviéndose entre Sapzurro, Triganá y Capurganá. Ambos estudiaban administración de empresas. Charlotte refirió que soñaba montando su propio hostal en Portugal, un país del sur de Europa en la península ibérica, que limita con España.


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Ese día, y el siguiente, no abriría la pizzería, así que permanecí en Iracas escribiendo.

En la tarde recibí una noticia alentadora. Como mencioné en días anteriores, había pocos turistas, por lo que mis ingresos económicos, derivados de mi actividad musical, habían sido un tanto precarios.

Esteban me notificó que cerró negocio con un amplificador que dejé en Medellín, antes de viajar, para la venta. Esa entrada fue para mí algo así como un respiro.

A eso de las 3pm llegó al chiringuito una nueva visitante. Se trataba de Kelly Mora, una amiga de mis anfitriones que, según ellos me contaron, vivía en esas tierras desde hacía varios años. Era una mujer que contaba tal vez cuarenta y cinco años, morena, alta, delgada, pecosa, cabello largo oscuro.

Conversamos los cuatro. Le pregunté el porqué de tener tatuajes de tijeras cubriendo la totalidad de su brazo izquierdo. Repuso que le encantaban las tijeras contempladas desde varios puntos de vista. Afirmó ser amante, además, de Scissorhands —película “Hombre Manos de Tijera”, del director de cine, productor, escritor y dibujante estadounidense Tim Burton—. Habló también sobre la consciencia e importancia de cerrar ciclos y de su profesión de diseñadora de modas como asociaciones pertinentes a mi cuestionamiento.

Trabajó durante un tiempo considerable en un hotel en El Aguacate, actividad que le permitió ahorrar y, con algunas ayudas adicionales, comprar un terreno y construir su casa allí.


Recibí la visita de Ondina. Una vez más, me sorprendió lo bien que nadaba, viéndola entrar en el mar a una distancia de la orilla que, como sucedió en ocasiones anteriores, me generó miedo.

Tomamos algo en la caseta, charlamos por espacio de una hora tal vez, y se despidió para ir a resolver algo en la aldea.


Por primera vez desde que pisé Capurganá, avisté un crucero que había anclado cerca a la Isla Narza. Al advertir la inmensa embarcación, el profe sugirió que muy probablemente provenía de los EE. UU., y que su aparición podría ser sinónimo de la presencia de turistas en la costa durante los días subsiguientes.


Sostuve una conversación “técnica” con mi amiga Natalia, en la que, por alguna pequeña malinterpretación por parte de uno de los dos, tratamos el asunto de cómo una palabra inadecuada, un concepto ambiguo o una traducción imprecisa, puede arruinar un ejercicio interpretativo certero. Tal disertación me hizo pensar en una sentencia del filósofo, matemático, lingüista y lógico austríaco Ludwig Wittgenstein:

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

Veintidós años antes cursé algunos semestres de Filosofía, y recordé que una asignatura llamada Lógica Simbólica, desarrollada a partir de la obra de Wittgenstein, hacía parte del pensum del primer nivel del pregrado.

A partir de una convención de símbolos, era posible determinar si una premisa carecía de veracidad, por lo que el uso incorrecto de un solo signo podía ocasionar, como lo haría un más o un menos en una operación matemática, un error concluyente. 

Por esas fechas, Natalia y su familia asistían —a propósito de Halloween— al Día de los Muertos, una tradición mexicana celebrada los uno y dos de noviembre en la que se honra la memoria de los difuntos, en San Antonio, condado de Socorro, en el estado de Nuevo México.

Natalia capturó, en una ruta circular de nombre Riverwalk, una fotografía en la que se podía ver una especie de tabla de aforismos. 

La compartió conmigo:


1. Comienza con la premisa de que todo existe.

2. Estamos apareciendo en medio de las historias de las demás.

3. Habla menos, escucha más.

4. Es complicado. Cosas grandes como la existencia, o la constante redefinición de la existencia, tienden a ser complicadas, y eso está bien.

5. No es solo el producto, también el proceso.

6. La incomodidad es parte del aprendizaje.

7. A pesar de estar separados, estamos juntos en esto.


Pensé que el primer axioma en la tabla haría que más de un gran pensador se revuelque en su tumba. Lo comenté con Natalia, y puso sobre la mesa la antítesis de aquella primera sentencia, a lo que repuse que, dependiendo del autor o corriente de pensamiento, más que “existir” o “no existir”, el meollo del asunto obedecía también, por llamarlo de algún modo, a una línea de tiempo. 

Se me ocurrió citar a Heráclito de Éfeso, un filósofo griego presocrático nativo de Éfeso —una antigua ciudad de la región central del Egeo de Turquía, cerca de la Selçuk contemporánea—, ciudad de Jonia, en la costa occidental del Asia Menor. Su tesis esencial, “Todo fluye, somos y no somos”, fundamentada en el concepto del cambio incesante, explicaba que el mundo experimenta un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa.

En torno a la tesis de Heráclito, y orientando la conversación hacia asuntos más coloquiales, bromeé recreando un ejemplo que aludía a una experiencia que ella y yo vivimos unos meses antes durante su última visita en Colombia, a lo que respondió con improvisada jocosidad: “Rebecca se tapa la cara y dice: mami, si no me ves, no existo”, lo que, a su vez, me hizo pensar en otros pensadores y en otras tesis.

Al final de la noche, un hermano de mi difunto padre, mi tío Fabio Mejia, me llamó por video. Estaba en la finca de mi abuelo paterno, en Frontino, un municipio localizado en la subregión occidente del departamento de Antioquia.

Había visitado ese lugar encantador en numerosas ocasiones, siempre acompañado de mi papá, por lo que observar los espacios que mi tío capturó con su móvil despertó en mí mucha nostalgia. Me dije que era muy probable que el día que regresara allí, por supuesto, sin la grata compañía que fue una constante en mis visitas del pasado, iba a tener tiempo suficiente para hablar con muchos fantasmas.

Terminé esa noche asaltado por la tristeza, pensando mucho en mi padre, mientras miraba en mi teléfono un sinnúmero de fotos que tomé de los álbumes familiares que había estado escudriñando casi una semana antes en casa de mi madre, en Medellín. 

Antes de meterme a dormir a mi carpa, fui sorprendido por dos estrellas fugaces surcando el cielo, las dos primeras que vi desde que emprendí mi travesía.

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